La expiación de Jesucristo viene a ser el centro del Evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios pero no para el mundo. No puede ser una buena noticia para los réprobos en cuanto a fe, al saber que Dios se olvidó de ellos. Pero para los elegidos del Padre existe la buena nueva de salvación, Cristo murió por nuestros pescados, el justo por los injustos, por lo cual se dijo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).
En la ley de Dios está nuestra delicia, ya que ella se muestra como el Ayo que nos envió a Cristo. La ley nos condena pero por su condenación huimos hacia los brazos de Jesús, el autor y consumador de la fe. Ciertamente, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Abraham creyó y su fe le fue contada por justicia, al igual que nosotros y que cualquiera que haya de creer. Claro está, muchos de los que dicen creer conservan su apariencia de piedad pero niegan su eficacia. No puede ser de otra manera, ya que en ese aparentar el pietismo se han olvidado de la esencia del Evangelio.
La expiación de Jesucristo vino a ser su gran obra en la cruz, la cual consumó en su totalidad. No se le puede agregar ni siquiera un porcentaje mínimo ya que no se admite ninguna obra. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4:4). La gracia y las obras son excluyentes como camino hacia el Padre. Al examinar la expiación de Jesucristo aprendemos que fue un trabajo referido en exclusiva a todo su pueblo (Mateo 1:21), habiendo dejado por fuera al mundo no amado (Juan 17:9). Es en este punto donde la gente revira, dando vueltas sobre el aguijón que piensan patear.
El puño del no redimido se levanta contra el Creador y lo acusa de injusticia. Como hicieron los viejos israelitas que decían que pagaban el pecado de sus padres, como si ellos fuesen muy justos. Así mismo, los enemigos de Dios se exaltan cuando leen en las Escrituras todos los textos que hablan del amor exclusivo de Dios por su pueblo. De hecho, son múltiples las interpretaciones de sus exégetas en torno al odio mostrado por el Creador hacia Esaú. A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí (odié), cita de Romanos 9:13.
Muchos de sus desvaríos circulan en el ámbito filológico, al decir que el verbo odiar en ese caso específico significa amar menos. Otros hablan de dos pueblos o naciones, pero nunca de personas particulares. Poco a poco van quitando la dureza del texto hasta convertirlo en palabras blandas que llevan su veneno. Los falsos creyentes (los que tienen apariencia de piedad y niegan su eficacia) regurgitan la palabra predestinación. Ellos aseguran que Dios predestinó basado en las buenas obras de los elegidos, en sus corazones que tenían algo de bueno. ¿Qué de bueno vería Dios en mí para elegirme? -dicen algunos de los fieles seguidores de la expiación general o universal.
El profeta Isaías expuso que por el conocimiento del siervo justo justificaría a muchos; Jesucristo enseñó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido seríamos enviados al Hijo. Agregó que ninguno puede venir a él si el Padre no lo envía. Pero dijo igualmente que todo lo que el Padre le daba vendría a él y el que a él viene no será echado fuera. En estas breves líneas de las Escrituras se nota que la voluntad del Padre consiste en redimir a su pueblo de sus pecados, por lo cual envió a Cristo en el tiempo apostólico para realizar el trabajo de la expiación.
Insistimos en la comprensión de la expiación eficaz hecha por Jesucristo. Sería ineficaz si la hubiese hecho en una forma potencial y generalizada, por todo el mundo sin excepción, dado que muchos caminan hacia el infierno de eterna condenación. Su sangre se vería pisoteada si hubiese sido derramada en vano por los réprobos en cuanto a fe. Los que se hubiesen salvado en ese sistema de expiación general o universal tendrían de qué gloriarse, de su buena obra de aceptar el sacrificio del Señor. Ellos tendrían su salario como deuda, no como gracia.
La expiación de Jesucristo está cimentada en la ley de Dios, como un anuncio para su pueblo. Dice la Escritura: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Si Cristo hubiese muerto por toda la humanidad, sin excepción, hubiese pagado por toda la iniquidad de todo el mundo, sin excepción. De esa manera uno podría ver que todo el mundo iría a Dios, tarde o temprano, por el ministerio del Espíritu Santo sobre los elegidos del Padre.
Asimismo, habría que concluir que bajo ese sistema de la expiación general o universal toda la humanidad sería predestinada para salvación, por lo cual ya no existiría condenación para nadie. En ese absurdo teológico viven millones de auto-llamados creyentes cristianos, bajo el pretexto de que les resulta una teología más amable y menos condenatoria para el Creador, a quien ya no habría que acusar de injusticia alguna. La Escritura desmiente ese sistema diabólico, como bien se demuestra del modelo expuesto en la crucifixión. Uno solo de los ladrones fue escogidos para redención, el otro se burló del Señor hasta en su último momento. Entonces, ¿murió Jesús por ese otro ladrón?
¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8; 17:8). ¿Por qué no se escribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero desde esa época? Vemos que aquellos nombres de los redimidos estuvieron escritos desde que Adán fue formado del barro (en la fundación del mundo). ¿Será que Dios vio alguna obra buena en los escogidos para motivarse a escogerlos? En ninguna manera, ya que fue escrito que Dios declaró que no había justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Asimismo se dijo que nuestras justicias eran como trapos de mujer inmunda, y se añadió que Dios odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal.
Eso irrita a los que proponen la teología de las obras sumadas a la gracia. Sin embargo, eso dice la Escritura de principio a fin. ¿Cómo puede Dios no imputarnos iniquidad? Porque Él es un Dios justo que justifica al impío, no basado en la obra de los muertos en delitos y pecados sino en su justicia, la cual es Cristo. Cristo, justicia de Dios, nuestra pascua, vino a redimir a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).
Jesús dijo que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de su Padre. Esa voluntad consiste en que creamos en el Hijo y en su obra expiatoria, la única justicia posible para escapar de la condenación venidera. Pero como esa labor resulta imposible para los hombres, para Dios resulta posible. Jesús agradeció al Padre por haber escondido estos tesoros del evangelio de los poderosos y entendidos, pero agradeció por abrir esos tesoros a los pobres y a los niños. Es decir, a aquellos incapaces de alegar obra propia ante el Dios soberano. Solamente por el conocimiento del siervo justo seremos justificados. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).
Mucha gente ha oído de otro Jesús, de uno que expió a todo el mundo, sin excepción, pero que deja que que obre para que su salario se le cuente como deuda. Ese Jesús es un timador, una imitación del Hijo de Dios, alguien forjado en el pozo del abismo y dado al mundo para su perdición. Son los falsos maestros y los teólogos del engaño los que promulgan la enseñanza cargada de estupor, para los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira.
César Paredes
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