RECHAZAR EL PECADO

RECHAZAR EL PECADO

La Biblia habla contra el pecado, así como contra aquellos que no toman en cuenta a Dios. Dice la Escritura que Dios los entrega a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen. De esa manera se atestan de injusticia, de fornicación, perversidad y avaricia, de toda maldad. La gente se llena de envidia, contiende y engaña hasta llegar al homicidio. Pero existen también dentro de este enunciado de malignidad los que murmuran de todo y de todos, los que odian a Dios. Ni qué decir de la soberbia de los altivos, los cuales se la pasan inventando males y se tornan desobedientes a los padres o personas mayores. Esta gente se colma de deslealtad, pierde el afecto natural y se torna implacable sin un ápice de misericordia (Romanos 1).

Si alguien tiene duda puede asistir a una reunión de políticos de cualquier país, o tal vez que visite una cárcel de no importa cuál nación. Pero también puede darse cuenta de estos males cuando mira la televisión o ve en el cine el mensaje que le envían bajo el pretexto del entretenimiento. La tierra sigue llenándose de violencia, pareciéndose cada vez más a la vieja Sodoma, a la época de Noé cuando construía el arca. David escribió un canto a Jehová en el que prometía andar en la integridad de su corazón. Decía que no iba a poner delante de sus ojos cosa injusta, que aborrecía la obra de los que se desvían, que iba a procurar que ninguno de ellos se acercara a él (Salmos 101).

Existen los que solapadamente infaman a su prójimo; están los que trabajan en contra de la dignidad de una persona y la procuran difamar en forma oculta. Muestran su sonrisa amable pero por detrás preparan su daga. En especial aquellos altaneros y de corazón vanidoso. Empero los que ejercitan su lengua contra su prójimo, Dios los destruirá porque Él conoce los corazones de las personas. La lengua mentirosa será siempre un boomerang que regresará para golpear a quien lo lanza. El hombre de pecado relatado como profecía en las Escrituras, se levantará contra todo lo que se llame Dios, como un pequeño cuerno de poder y de prepotencia. Ese es el modelo de los jactanciosos, su inspirador y su héroe, al que sin conocerlo aguardan porque el corazón se ha equiparado al del adversario Satanás.

Si el creyente huye de Babilonia, ¿para qué hacerla presente? Huyamos de las pasiones vergonzosas, pero pongamos límite a los medios que nos invaden. Me refiero a los audiovisuales, a aquellos mecanismos de entretenimiento que procuran traernos al hogar el espectáculo de lascivia, violencia e ignominia. ¿Eso agrada a Dios? Eso más bien nos ocasiona tropiezo, nos vuelve adictos y dependientes de la promiscuidad de otros. Eso equivale a sentarse en la mesa con los inicuos. Peor aún resulta el espectáculo en la iglesia, en pro de la pedagogía eclesiástica. Lo que trae es caos y pestilencia, con la imitación de los modelos del mundo, bajo el ánimo de predicar la palabra de Dios adaptada no al verbo sino a las actividades de representación.

Jehová le envió su ley a Israel por medio de Moisés, se la escribió y no le hizo un show. La gente tuvo que aprender a leer para poder escribirla y comprenderla mejor, así que se esforzaron para crecer intelectualmente. A nosotros nos toca algo parecido, no la liviandad del entretenimiento sino la austeridad del estudio de la palabra.

Los deseos de los ojos apuntan a la vanagloria de la vida, así que no nos inflamemos al mirar el fino espectáculo del mundo. David fue un artista de la poesía, pudo reconocer en cada canto al Dios Creador, al Señor Omnipotente que lo condujo en cada uno de sus pasos. Su canto no se infatuó cantando las bondades del hombre, sino elogiando la benevolencia de quien es el Hacedor de todo. El arte podemos cultivarlo, sin que nos desborde el ataque de altivez que suele poseer a los engreídos. Alejémonos de la vanidad, como nos hemos propuesto desde el momento en que hemos dado el paso al frente de nuestro bautismo. Hemos renunciado a la vida pomposa, a la obra de vanidad, al diablo mismo. ¿Vamos a recrearnos con las historias de villanos, con los ritos de los paganos, con los incestos o violaciones que nos traen los escenarios de películas y dramas? Eso equivale a invocar los ídolos de los que deambulan muertos en delitos y pecados.

!Cuánta médula existe en la doctrina de Cristo! De gran importancia resulta examinar las Escrituras, donde creemos que está la vida eterna. Asimismo, permanecer en la forma doctrinal enseñada por los apóstoles conviene al alma. Esa actividad implica un esfuerzo intelectual, un desarrollo verbal que se da con el entrenamiento del estudio de las Escrituras. Hemos de pensar en todo lo bueno, en lo que sea digno de alabanza, si existe virtud alguna en eso debemos pensar. Si habituamos a nuestro intelecto a ocuparse de los asuntos de la fe cristiana, evitaremos la corrupción del alma.

El alma no se limpia con mística o misticismo, no se cura con actitudes religiosas, porque al alma la mueve el intelecto y necesita que la lógica la embargue. Jesús es el Logos eterno e inmutable, suficiente inteligencia existe en su mente y al parecer dice la Biblia que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). No hemos de ser participantes con los incrédulos en sus supersticiones, en sus creencias idolátricas; tampoco hemos de vivir en forma contraria a como exige el evangelio de Cristo.

El creyente no ha de hacer provisión para la carne, ni hemos de conformarnos a este mundo. El acto de redimir bien el tiempo supone el acto de abstenerse de cualquier actitud de maldad. El espíritu cristiano repudia las profanas prácticas que dañan nuestra relación con Dios. La vida en la sabiduría del Señor nos exige alejarnos de las malas influencias mundanales, si es que en verdad somos guiados por el Espíritu de Dios. La templanza del creyente lo hace caminar por el sendero de la esperanza, no bajo el viejo espíritu de esclavitud de las pasiones de vergüenza.

Vivamos conforme al fruto del Espíritu, en toda bondad y verdad, demostrando lo que agrada al Señor. No tengamos comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino reprobémoslas (Efesios 5:11). Dios le dice al impío que él no tiene que tomar su palabra en su boca (Salmos 50: 16). Los que caminan bajo la profesión de la fe cristiana, pero andan conforme al espíritu del mundo, son reprendidos para que no tomen la palabra de Dios como pretexto. Los viejos fariseos y escribas lo supieron de la boca de Jesús, también lo comprendieron por las palabras de Juan el Bautista. Quisieron huir del infierno venidero pero fueron acechados para que continuaran en su desvarío.

El malo es reprendido para que no tome la palabra de Dios como si le perteneciera por derecho, ya que él aborrece la corrección y echa a sus espaldas la palabra del Señor (Salmos 50:17). El malo corre tras el ladrón y tiene parte con el adúltero, mete su boca en el mal y con su lengua compone engaño. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás… El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios (Salmos 50: 14-15, 23).

César Paredes

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