LA VERDAD ES MÁS SIMPLE QUE LA HEREJÍA

Los que afirman que la condenación no procede de Dios, sino que es obra de cada réprobo en cuanto a fe, demuestran ignorancia suprema del Evangelio. Están acostumbrados a repetir domingo a domingo, mes a mes, año tras año, por causa de los muchos siglos de herencia herética, que Dios amó a Jacob pero que Esaú se condenó a sí mismo. La razón de esa condenación se debe a la venta de su primogenitura, a sus fornicaciones, al desamor por su hermano Jacob. Suena bien, ya que algo de obras habrá que sacar aunque sea de los reprobados, para que Dios quede exculpado de cualquier animosidad en contra de su justicia.

El apóstol Pablo no lo pensó de igual manera, por una razón muy sencilla: la verdad resulta más simple que la herejía. Pablo señaló que los gemelos no habían aún nacido, ni hecho bien o mal alguno, pero Dios los escogió a cada uno con destino opuesto. De su aseveración se desprende que no vio el Señor obra alguna en ninguno de los gemelos, que no miró su futuro como quien consulta una bola de cristal, para descubrir algo que no sabía. Tampoco se puede desprender de lo dicho por Pablo que Dios sabía todas las cosas y supo que Esaú lo iba a despreciar; no, eso no es lo que el texto de Romanos 9 dice. Lo que realmente afirma ese texto es una gran verdad.

Esa verdad por ser simple ha sido desestimada, a cambio de pretender validar una herejía que se muestra compleja. Más difícil de entender resultó la herejía que la verdad, pero es lo más apetecido por el corazón irredento. Por supuesto, eso lo pregonan los del otro evangelio bajo la bandera de que Dios no puede odiar y mucho menos condenar sin mirar en las obras de los hombres.

La condenación no vendrá de Dios, anuncian los defensores de Esaú como víctima. La condenación sale por causa del alma del reprobado, nunca por pretensión del Altísimo que desea que todos sean salvos. Para esto se reporta un texto fuera de contexto, como si Pedro hubiese dicho algo distinto a lo que el Espíritu le inspiró. Dios hace la luz y crea las tinieblas, ha hecho aún al malo para el día malo (Isaías 45:7; Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

Desde la eternidad Dios lo pensó y lo ideó, para que su pueblo no se vaya al desvarío. Con solidez lo anunció por medio de sus mensajeros, ya que se dispuso darle la gloria a su Hijo como Redentor de un pueblo que le preparó. Estos miembros de ese pueblo son los hijos que Dios le dio, su recompensa, el fruto de su aflicción. Son personas definidas con nombres propios, escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

Por esa razón Pablo anuncia varias veces como tema central de su evangelio que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de la voluntad de Dios (no por obras, para que nadie se gloríe). Dios bendijo a los elegidos y no existe otra bendición mejor que haber sido escogido para salvación. Esto les parece injusto a los defensores de Esaú, los que todavía levantan su puño contra el cielo para reclamar la injusticia que se supone exigir algo a quien no puede darlo. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Entonces, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Una sola respuesta da la Escritura, considerándola suficiente para el que tenga oídos para oír: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? La olla de barro no puede altercar contra el Alfarero para reclamarle sobre la razón de hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

Sin embargo, pese a lo escrito en la palabra de Dios, todo ser humano se computa como responsable ante el Creador. Ninguno puede excusarse en la decisión de Dios, ya que todos somos criaturas dependientes del Ser Supremo y le debemos un juicio de rendición de cuentas. Ninguno de nosotros puede bendecirse a sí mismo, como si tuviésemos tal capacidad. Una cosa es lo que afirman los seguidores de la Nueva Era, que nosotros somos una suerte de divinidad, que Dios habita en cada cosa (una vuelta al panteísmo), pero otra cosa es lo que la palabra del Señor computa. No podemos santificarnos a nosotros mismos, acostumbrados como estamos a hacer el mal. Es el Espíritu quien hace esa labor en la cual participamos, seducidos y llevados de la mano por Él.

Ciertamente, el hombre caído en delitos y pecados merece la condenación. Dios muestra su poder e ira contra el pecado y contra los reprobados, en alguna medida como beneficio para los elegidos. Nosotros nos miramos en ese espejo y alabamos el nombre del Señor por el favor recibido, una gracia imposible de alcanzar por nuestra cuenta. Dios es absolutamente soberano tanto en la salvación como en la condenación, mientras que el ser humano es un sujeto pasivo en ambas condiciones. Por eso reafirmamos con las Escrituras que la cosa formada no puede argumentar contra el que lo forma; el barro no puede argüir contra el Alfarero.

Pareciera indudable que la ceguera espiritual no deja que los lectores de las Escrituras comprendan esta información que de ella emana. Por esa razón la tuercen, en el intento de que digan algo distinto. Nos preguntamos hasta qué punto sí que se comprende lo que se lee, aunque el alma irredenta se rebele contra los escritos de Dios. Comprobamos de todas maneras que la verdad sigue siendo más simple que la herejía. La herejía busca la gimnasia cerebral bajo el parámetro de extraer los argumentos falaces, y crea la ilusión de racionalidad a lo que por naturaleza es contra la razón.

De verdad que el ser humano se rebela contra el dictamen de las Escrituras, cuando toca el tema de la soberanía de Dios en la condenación del hombre. Llega a tolerar la soberanía divina en materia de redención, porque pareciera que comprendiera que el hombre no tiene ni arte ni parte en su salvación y predestinación. Pero cuando los réprobos asoman, la voluntad de los revestidos de piedad niegan de inmediato su eficacia para colocarse al lado de los que reclaman al cielo por la injusticia de Dios. Por esta razón, entre otras, han creado la teología de la gracia común, de la expiación universal o general, de la redención en potencia que cada quien debe actualizar. Definitivamente, la herejía es mucho más compleja que la verdad.

César Paredes

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