COMPRENSIÓN DEL EVANGELIO

Si usted no ha comprendido bien el evangelio, de seguro todavía el evangelio no ha sido el poder de Dios para su salvación. Si usted posee otro evangelio, tiene mucho de lo cual avergonzarse por cuanto sigue a un dios que no puede salvar. Para Judas Iscariote jamás hubo evangelio, nunca existió una buena noticia de redención. Fue escogido como hijo de perdición y así tuvo que actuar; al igual que Esaú, jamás fue amado por Dios. Si estas cosas de la Escritura todavía le molesta, entonces no ha sido llamado aún con llamamiento eficaz.

Jesucristo no hizo una expiación potencial, como apostando al azar para ver quién aceptaría su oferta. En realidad, el evangelio jamás ha pretendido ser una oferta sino que siempre ha sido una promesa de redención para el pueblo de Dios. En Génesis 3:15 encontramos una temprana referencia de esta noticia.

El Señor enseñaba continuamente sobre el tema de la soberanía de Dios. Esa prédica distanció a multitudes de su presencia, pero él continuó anunciando la verdad de su Padre sin importar si a la gente le agradaba o le disgustaba. La palabra de la cruz resulta ofensiva para los que todavía no han sido limpiados, por esa razón incomoda y genera rumores. Se acusa a Dios de injusto por escoger solamente a Jacob y no a Esaú para redención eterna, pero el ser humano parece no darse cuenta de su responsabilidad ineludible ante el dador de la vida. El hombre se computa como inexcusable, quienquiera que sea, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto por medio de la obra de las manos del Creador.

La luz vino al mundo, la verdad estuvo en medio de la humanidad en el tiempo apostólico, pero la gente amó más las tinieblas que esa luz. El evangelio se anuncia, pero si la gente sigue sin amar la verdad recibirá un espíritu de estupor (de engaño) para que crea en la mentira y se termine de perder. Ese espíritu de estupor es enviado por Dios mismo; por supuesto, ese espíritu de engaño viene en forma variada. Una de sus manifestaciones se aprecia en la teología cristiana torcida de las Escrituras, un hilvanado de mentiras sacadas de las bocas de los anunciadores de ilusiones evangélicas.

Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae (afirmaba Jesús). Todo lo que el Padre me da vendrá a mí y yo no lo echo fuera. La condición que coloca Jesucristo para poder acudir a él es que seamos enviados por el Padre. De hecho el Señor dijo: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Existe un conocimiento que el Padre imparte para poder reconocer a Cristo, pero los que descontextualizan los textos de la Escritura se aventuran y apresuran a ir a Jesús por su propia cuenta. Ellos tienen en su haber un prontuario de acciones que consideran probas y necesarias para ser recibidos. Dicen que recibieron al Señor en un día específico, que fue bajo las palabras de tal o cual predicador.

Su argucia consiste en decir que el que va a Jesús no será echado fuera, pero niegan o esconden la primera parte de la proposición. Esa proposición que dice: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí… Se quedan solo con una parte del silogismo: el que a mí viene no lo echo fuera. De la misma manera se conducen con otros textos de la Biblia, como aquel que menciona que Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar (Mateo 11:28). El Señor venía de dar unos ayes por las ciudades impenitentes, de aquellos sitios donde se habían hecho muchos milagros y la gente no se arrepentía. Asimismo, Jesús oraba al Padre, diciendo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26). Fue inmediatamente después de esta oración que Jesús anunció que vinieran a él todos los que estaban trabajados y cargados; es decir, fue después de reconocer una vez más que el Padre es quien esconde las cosas del reino de los cielos de ciertas personas y las da a conocer a otras gentes. Entonces, uno tiene que valorar ese discurso y comprender que va dirigido a los que son elegidos desde la eternidad para el reposo de Dios.

Esa invitación de Jesús no estuvo dirigida a aquellos a quienes el Padre les había escondido las cosas del reino de los cielos, como el Yo no lo echo fuera tampoco estuvo referido a todo el que quiera ir a Jesús, sino solamente a los que el Padre le envía. Usted puede preguntarse cómo saber si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, pero esa pregunta la responderá cada quien de acuerdo a si ha nacido de nuevo y al evangelio que confiesa. En Juan 10:1-5 Jesús nos enseña que las ovejas que lo siguen no se van jamás tras el extraño, porque desconocen esa voz del mentiroso que pregona un evangelio diferente. Si alguien ha militado por un momento o por muchos años en el evangelio anatema, entonces no ha estado siguiendo al buen pastor porque no ha sido llamado hasta ese momento.

Cuando la gente se da cuenta de su fe espuria y Dios lo hace nacer de nuevo, allí comienza su relación de oveja redimida con el buen pastor. Pablo tuvo celo de Dios y fue discípulo de un gran maestro de la ley, llamado Gamaliel. Pablo computó como basura toda su vida de seguidor del Dios de Israel, por más de que conocía el Antiguo Testamento y mostraba respeto ante la ley de Dios. No fue sino hasta su cambio de mentalidad que pudo seguir a Cristo, cuando él lo llamó; fue en ese instante en que el Padre lo envió al Hijo, en que Pablo aprendió del mismo Dios lo que le estaba enseñando (Juan 6:45).

Gente con el corazón engrosado deambula por los espacios de las Sinagogas de Satanás, en la búsqueda de sus hermanos en Satanás. Por eso se congregan de acuerdo al mandato del falso maestro, con un evangelio extraño, mutilado de la verdad. Con fragmentos del evangelio de Cristo unidos a los fragmentos de los mandatos humanos, se muestra a un Jesús hecho a la imagen y semejanza del hombre natural. Pero el Cristo vivo de la Biblia, ese que dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo envía, viene a ser relegado. No les agrada su palabra ni mucho menos su expiación realizada en beneficio exclusivo por su pueblo. A cambio han lanzado un anuncio de un Jesús que murió por todo el mundo, sin excepción, con una salvación potencial que depende del hombre muerto en delitos y pecados. Ante ese Jesús extraño se alborotan y danzan para aclamarlo como su rey. En realidad, están invocando a un dios que no puede salvar.

Gente que habla de sí misma, son los que buscan su propia gloria. Sostienen que sus propios esfuerzos hicieron posible el plan de Dios, que el Todopoderoso hizo su parte y que ahora les toca a ellos hacer la suya. Se manifiestan hostiles ante la cruz de Cristo, bajo el intento de quitarle su gloria como absoluto Redentor. La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; ante la razón humana esa revelación aparece desagradable. Se cumple lo dicho por Isaías, que el Hijo de Dios vendría sin hermosura como para que lo deseen, de manera que su evangelio parece simple y sin gusto ante la mirada del mundo. El ser humano exige algo más elaborado, algo donde él pueda ser partícipe de su camino a la redención. El Dios de la Biblia se muestra absoluto, Él ha hecho todo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

La Escritura nos dice que hay un grupo de personas que no perecerán jamás, escogidos por el Padre para salvación. El Hijo los ha redimido y el Espíritu los ha santificado. También nos dice la Biblia que muchos perecerán y lamentarán, por haber despreciado ese evangelio que les parece una locura. De todas formas, para los redimidos el evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, el mecanismo de la iluminación, del despertar de las mentes, para llegar a ser amigos de Dios.

Los redimidos lo somos en estos vasos frágiles de barro, donde se deposita el tesoro de Dios. La doctrina del Cristo crucificado suena desagradable ante los oídos del mundo, mucho más la doctrina del Cristo que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El evangelio es el poder de Dios en la estima de los santos, de los escogidos y apartados desde la eternidad para recibir esta gloria que se habrá de manifestar. ¿Dónde están los hombres místicos que interpretan la palabra de Dios? ¿Dónde están los hombres sabios? Son preguntas que se hace Pablo para colegir que en la sabiduría de Dios quiso Dios usar el mecanismo de la locura de la predicación, para salvar a los que son creyentes; sin méritos en la criatura, sin obras de intervención que propicie nuestra justicia, sino bajo la obra de la cruz.

Algunos piden señales, otros exigen sabiduría compleja, pero tanto para unos como para otros se presenta a Cristo crucificado: para unos tropiezo y para otros locura. En cambio, para los que son llamados, de uno u otro bando, Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios y aún su debilidad (como si la tuviera) es más sabio y fuerte que nosotros mismos. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

César Paredes

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