La simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, una promesa donde nace el Evangelio en forma histórica. El hombre fue hecho rectamente, pero cada quien se apartó por diferente camino y bajo numerosos inventos de maldad. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero los extravíos humanos lo separaron en forma total (Eclesiastés 7:29). No pensemos bajo ningún respecto que el hombre se hizo independiente del Creador, simplemente Dios lo gobierna como lo hace aún con los ángeles caídos. La Biblia apoya esta teología, de acuerdo a la declaración expuesta en Hechos 4:27-28. Herodes y Poncio Pilato, unidos con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo divino habían determinado que sucediera.
Los hijos de ira continúan su derrotero, mientras el ser humano no regenerado no sabe aún si será o no será llamado por Dios para vida eterna; ciertamente, Dios creó vasos de deshonra para permanente destrucción y vasos de honra para la gloria de su salvación. Cuando Dios llama lo hace en forma eficaz, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19). Existe un llamado general y de ley hacia los hombres, para que respeten el mandato divino; Dios manda que la gente se arrepienta y que crea el evangelio, pero no a todos les llega la exposición del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Incluso, muchos de los llamados no son contados como escogidos, de manera que de quien Dios quiere tener misericordia la tiene, aunque endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9:18).
La caída humana produjo la depravación de la naturaleza humana, por lo cual no existe ni siquiera un hombre justo (Romanos 3:10). Si los judíos que tenían las tablas de la ley no pudieron ser tenidos por justos, cuánto menos el pueblo que integraba el paganismo. Como dicta el Salmo 14:1: El necio dice en su corazón que no hay Dios. Se corrompieron, hicieron obras abominables, no quedó ninguno que hiciera lo bueno. No hay un hombre recto como lo fue Adán en su estado de inocencia, solamente estamos los justificados judicialmente por la imputación de la expiación hecha por Jesucristo. En ese sentido somos llamados justos, pero amparados y cubiertos por la justicia de Dios que es Jesucristo (Salmos 32:1-2).
Dios miró desde los cielos hacia la tierra, para ver si conseguía algún entendido que lo buscara, pero no lo encontró (Salmos 14:2-3; Romanos 3:11-18), todos se habían corrompido. Así que por la desobediencia de un hombre vino una herencia de corrupción universal: en pecado concibe la madre y en maldad se forma la criatura (Salmos 51:5). ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). De esta manera se sabe que el hombre natural (no regenerado) tiene a la luz por tinieblas, sigue sin percibir las cosas del Espíritu de Dios y cree que son locura. Su mente no discierne lo que Dios dice en su palabra, aunque lo aprenda y lo repita como lo puede hacer un autómata (1 Corintios 2:14).
La instrucción se hace necesaria para la salvación, porque Dios no redime al hombre sin la predicación del Evangelio. El conocimiento del siervo justo se hace necesario para poder ser justificado (Isaías 53:11). ¿Cómo invocarán si no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Pero esa predicación debe ocurrir por la palabra incorruptible expuesta por aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Al Israel de Dios le fue dicho lo siguiente: Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13). Nosotros los creyentes somos el Israel de Dios, en palabras del apóstol Pablo; Jesús también enseñó sobre la condición sine qua non: Escrito está en los profetas: Y serán enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).
Lo que hemos de conocer del siervo justo tiene que ver con su persona y con su trabajo. Sabemos que Jesucristo como Hijo de Dios vino como el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Su vida sin tacha sirvió como holocausto para satisfacer la exigencia de la ley de Dios, por lo cual dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. En realidad vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Todos aquellos a quienes Cristo representó en su trabajo en ese madero han sido llamados y serán llamados con llamamiento eficaz, como ovejas del buen pastor, para que lo sigamos eternamente.
Jesús afirmó que las ovejas que han sido llamadas y lo siguen no se irán jamás tras el extraño, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Así que no es posible perderse tras los falsos maestros con sus engañosas doctrinas de una expiación general o universal.
La conciencia sucia ante el Todopoderoso se presenta como un gran azote para el alma irredenta. Al entendimiento entenebrecido, la voluntad corrompida, la conciencia profanada, se suma una memoria contaminada. ¿Qué recuerda el hombre? Solamente tragedia, como si fuese un ser para la muerte; los más valerosos se la pasan ejercitando su salud para ver si prolongan unos días sobre esta tierra, otros se dan a la imaginación de su reencarnación. Algunos piensan que se transformarán en energía cósmica, como si se integraran a una conciencia universal. Pero el Evangelio nos ha enseñado que el hombre rendirá cuentas al Creador, que después de la muerte viene el juicio.
La Biblia nos asegura que Jesús murió como el justo por los injustos, pero no lo hizo por Judas Iscariote ni por Esaú; tampoco murió en favor del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe, como aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. La muerte de Cristo no fue suficiente para pagar por los pecados de todos el mundo, sin excepción, por cuanto nunca estuvo previsto de esa manera. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, afirmó Jesús (Juan 6:44); esa sería la condición para poder resucitarlo en el día postrero. Pero también aseguró el Señor que Todo lo que el Padre le da, vendrá a él; y al que a él viene, no le echa fuera (Juan 6:37).
La discusión sin sentido acerca de la expiación, sobre si es universal o particular, pasa por un trabajo intelectual para sosiego de los teólogos. ¿Cuál debate? ¿Qué se le puede reclamar al Dios soberano? ¿Tuvo éxito el reclamo sobre el caso Esaú? ¿Ha sido de provecho el exaltarse contra el Creador porque condena anticipadamente? La Escritura se muestra difícil para los que se allegan a ella con la intención de encontrar un arreglo entre obras y gracia. Las palabras duras de oír resuenan hoy día, las mismas con las que aquellos discípulos fueron repelidos por Jesús. Ellos presumieron de una falacia de generalización apresurada: ¿Quién puede oír estas duras palabras? Solamente las podemos oír con agrado los que hemos sido renovados para arrepentimiento, los que siendo regenerados ya no escuchamos la teología de los extraños.
La Biblia ha sido enfática en catalogar como doctrina de demonios a cualquier cuerpo de enseñanzas contraria a lo que sus páginas proclaman (1 Timoteo 4:1). Ella misma es un canto de principio a fin al Dios soberano, el que hace como quiere porque no tiene consejero. El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, anuncia el Apocalipsis 20:15. Pero esos inscritos lo están desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). La intención de la expiación fue manifestada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no porque el Padre previó y se guardó un as bajo la manga, como sospechan aquellos que no toleran la dura palabra que escuchan.
Dios no miró en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscase, porque cuando miró a la tierra vio que no había ni siquiera uno. Entonces, se concluye por fuerza que los que escogió fueron mirados con amor eterno, por el puro afecto de la voluntad de Dios, no por obra alguna -no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obras. El decreto de la muerte de Cristo fue para salvar en exclusiva a los elegidos del Padre, aquellos que él amó con amor eterno. Nuestro pecado ha sido expiado (Salmos 32:1-2).
César Paredes
Deja un comentario