CRISTO EL MEDIADOR

Un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Fijémonos que Jesús tuvo que ser también hombre, no solo Dios, para poder mediar entre las dos partes enemistadas. En tanto Dios, pudo comprender la mente del Padre, como hombre, supo de nuestras necesidades y limitaciones humanas. Habiendo cumplido toda la ley sin quebrantamiento alguno, alcanzó la capacidad desde la perspectiva humana para ser tenido como la justicia de Dios. Una de sus tareas viene a ser el oficio de abogado para con el Padre, en cuanto a la defensa que realiza frente a nuestros acusadores; el otro oficio se realiza en tanto Cristo es Mediador del nuevo pacto (Hebreos 8:6).

Sigue siendo pecaminoso en grado extremo el pisotear al Hijo de Dios, teniendo por inmunda su sangre, así como despreciar al Espíritu de gracia (Hebreos 10: 28-29). Nos movemos en libertad donde está el Espíritu del Señor, pero si lo hacemos se debe a la figura del Mediador para que podamos mirar la santidad y justicia de Dios. Nosotros solo portamos temores, culpas y miserias, y sabemos que Dios no mira la iniquidad (Habacuc 1:13). ¿Cómo puede el hombre ser justo ante Dios si parte de sí mismo, para semejante empresa? (Job 9:2). Solo hay un Dios y sabemos que Dios es uno, más allá de que es un Dios en tres personas; pero también solo existe un Mediador entre Dios y los hombres, no puede haber más de uno porque uno solo fue escogido para esa función y uno solo fue encontrado capaz para semejante tarea (1 Timoteo 2:5-6).

Ese Mediador se entregó en rescate por todos (Toda su iglesia, todo su pueblo, todos sus amigos, todas sus ovejas, todos los hijos que Dios le dio, todos por los cuales rogó la noche antes de su expiación, los muchos que vino a rescatar). Tal Mediador no lo es del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Fue una ofrenda por el pecado, en pago por el pecado de su pueblo, para sacarnos de la esclavitud del pecado, de la cautividad de Satanás y de la esclavitud de la ley. Asimismo, nos libró del sepulcro y sus cadenas, del infierno y de cualquier destrucción del alma. Si nosotros hubiésemos tenido algo de lo cual gloriarnos, alguna buena obra a nuestro favor, el precio pagado por el Mediador hubiese sido en vano y se hubiese perdido. Dios no actúa inútilmente, por lo tanto sabía con exactitud lo que estaba haciendo.

El mismo Señor lo afirmó: El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Ese siervo fue el escogido, en quien el alma del Padre tiene contentamiento; sobre él ha puesto su Espíritu, él traería justicia a las naciones. No gritará, ni alzará la voz, ni la hará oír en las calles, por medio de la verdad traerá justicia. Esa justicia de Dios sacaría de la cárcel a los presos, de las casas de prisión a los que moran en tinieblas (Isaías 42:7). Este profeta dice de inmediato que Jehová no daría su gloria a otro, ni su alabanza a esculturas. Impresiona la cantidad de mediadores entre Dios y los hombres, como quienes intentan robar la gloria divina; ellos hablan de ser padres espirituales, de fundar nuevas doctrinas, de establecer como esculturas sus nombres.

Las falsas doctrinas provienen de los demonios, por lo cual pareciere posible creer en varios mediadores. Cristo conoce las necesidades del hombre, porque él fue hombre, pero puede conocer por igual las exigencias del Padre, porque él también es Dios. Los demonios intentan torcer esta doctrina del Mediador para promover la mentira de múltiples mediadores, así como la de otros corredentores. Nadie puede ser igual a Dios como para que intente ejercer el oficio de Mediador, aparte de Jesucristo. Oh, que pudiéramos sentir lo mismo que Pablo, cuando dijo que se había propuesto no conocer otra cosa sino a Jesucristo crucificado (1 Corintios 2:2).

No hay otro nombre bajo los cielos dado a los hombres, en quien podamos ser salvos (Hechos 4:12). Ese es el súmmum de nuestra figura como Mediador, el que hizo posible la salvación para todo su pueblo (Mateo 1:21). ¿Quién es su pueblo? El conjunto de los elegidos del Padre que llegarán a creer oportunamente; algunos lo hacen desde la niñez, o desde el útero de sus madres (Juan el Bautista), otros lo hacen en el lecho de muerte (el ladrón en la cruz), otros en plena madurez de vida como el caso de Saulo de Tarso. Lo cierto es que de los que Dios le dio a Jesús ninguno se perdió, sino el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese.

Cristo expió toda la culpa de todo su pueblo, limpió nuestra depravación en la cruz. Esa expiación hecha por nuestro Mediador se torna eficaz en los escogidos del Padre una vez que se nos haya anunciado o predicado el evangelio, una vez que podamos invocar su nombre, una vez que hayamos oído de él (Romanos 10:14-15). Es de esa manera que se ha escrito que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo (Romanos 10:13). Esa invocación se hará una vez que hayamos conocido al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11), sin que se trate de una invocación mecánica. Jesús lo aseguró, que no todo el que le diga Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos, sino aquel que entra lo hará haciendo la voluntad del Padre. La voluntad del Padre es que de todos los que le dio al Hijo no pierda ninguno. La voluntad del Padre es que todos los que Él enseñe aprendan y vayan a Cristo, para que no sean echados fuera jamás y sean resucitados en el día postrero.

Con esto dejamos en claro que ninguna persona puede llegar a ser salva en ignorancia. El conocimiento del siervo justo es un mecanismo impuesto por Dios para poder alcanzar la justificación que Él mismo ha procurado. Queremos enfatizar en que el que determinó el fin hizo algo igual con los medios; si Dios quiso que respiráramos primero nos dio pulmones. Ahora bien, toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, ese es el diagnóstico y la prognosis es que seguirá muerto por siempre a no ser que esté determinado que nazca de nuevo. Esa operación la hace el Espíritu de Dios, pero la hace de acuerdo a los planes eternos instaurados para la gloria de Dios.

La predicación del evangelio aparece como algo benigno para los que son escogidos desde los siglos, al punto de que se alaban los pies de los que anuncian buenas noticias (Romanos 10:15). Ellos anuncian conocimiento, porque debemos saber que Cristo es el Señor, que es la justicia de Dios y que expió todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Si usted está entre los muchos que el siervo Justo justifica, entonces usted es tres veces feliz (Salmo 32:1-2).

El hombre natural no puede sino mirar la ofensa de la cruz, por lo que se da a la tarea de subestimar el oficio de Cristo como Mediador. En caso de que llegare a contemplarla y fuere persuadido a recibirla, lo hará bajo una profesión externa de fe. Puede militar en las filas del bien conocido cristianismo, jugando diversos roles: como cabra, como cizaña, como lobo, como falso maestro, como predicador de doctrinas de demonios, y aún un gran etcétera. Pero en algún punto mostrará su caída, en un momento determinado su boca se abrirá lo suficiente para expulsar lo que el volcán en flamas eructe desde el corazón. De la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Este tipo de persona no ha sido enseñada por Dios como para ir a Cristo, así que no irá de corazón sino como profesión externa y tendrá la cruz de Cristo sin ningún efecto (1 Corintios 1:17; Juan 6:45). El que los cristianos externos confiesen a diestra y a siniestra que ellos creen en la cruz de Cristo (su expiación) no quiere decir que crean en la verdadera expiación del verdadero Evangelio.

Para muchos, Jesucristo expió los pecados de todo el mundo, sin excepción, haciendo solamente potencial la redención. Dependerá de cada quien y la sangre de Cristo quedará sin efecto en aquellos que rechacen su desesperada oferta de redención. El Caballo de Troya de la iglesia romana fue Jacobo Arminio, introducido en la incipiente reforma protestante con el fin de sembrar la droga de la expiación general o universal. Para los jesuitas, existe la gracia preventiva, una gracia que asiste a todo el mundo, sin excepción, bajo la ficción del acto de despojo temporal de la soberanía de Dios. Dios se limita a la voluntad humana por un instante, sin ejercer ninguna influencia sobre el alma a redimir. Lo habilita con la gracia preventiva para que deje de estar muerto en delitos y pecados por un instante, de forma que con su libre albedrío el individuo decida su futuro eterno.

Esa gracia preventiva es un invento demoníaco porque en la Biblia no encuentra apoyo. Esto sirve para suavizar las palabras del Evangelio, para que el Mediador medie en favor de todo el mundo, sin excepción, para que quede el hombre como soberano momentáneamente y pueda menospreciar a su antojo el trabajo de la expiación. Porque si alguno pretende hacer valer su obra (la aceptación, su voluntad, su esfuerzo personal) entonces la gracia ya no es gracia. Esta proposición de un falso evangelio hace descansar en el individuo su destino, al tiempo que niega lo que dijo Dios sobre Esaú, sobre todos los vasos de ira preparados para destrucción, sobre los que fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo, sobre aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Llegar a este punto implica cambiar el Mediador enviado por el Padre por el individuo mismo que oficia entre su alma y el Creador.

César Paredes

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