PODER, IRA Y ODIO
El amor de Dios por sus escogidos se ve destacado al compararlo con el pueblo destinado para recibir su poder, ira y odio por el pecado de incredulidad. Jehová le mandó a decir al Faraón, por medio de Moisés, que Él lo había levantado para mostrar en él todo su poder, y para que el nombre del Altísimo fuese anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). Dios ha colocado a los réprobos en cuanto a fe en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos. Aún al malo ha hecho para el día malo, de manera que el que se jacta de ser ateo lo que en realidad dice es que es un olvidado de Dios.
Aquel que Jehová desecha será llamado plata desechada (Jeremías 6:30), un destinado para la desobediencia (1 Pedro 2:8). La humanidad se divide en dos partes, los vasos de misericordia y los vasos de ira, pero no imaginemos a un Dios que no supo lo que hizo; Él no aguarda nuestra decisión, como si hubiese lanzado una oferta general. Su mandato puede ser tenido por universal, pero su decreto ha sido particular y con carácter obligatorio por cuanto Él no cambia. Ante Él se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua, por cuanto por Él mismo hizo juramento, una palabra que no será revocada (Isaías45: 23).
En el plan eterno e inmutable aparecía el Hijo como Cordero ordenado y preparado para ser manifestado en el tiempo oportuno. De esa manera toda la humanidad se inmiscuyó en la caída, como una gran vanidad, por causa del que tendría misericordia de su pueblo. Nadie puede producir justicia agradable ante el Creador, pero todos la necesitan. Sin embargo, Jesucristo como justicia se muestra oportuno para los que son de su fe. Sabemos que él es el autor y consumador de la fe, que no es de todos la fe, que ella es un don de Dios. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios.
El Faraón odió la gloria del Dios de Moisés y preguntó quién era ese Jehová para tener que dejar ir a su pueblo esclavizado. ¿Acaso no lo advirtió Jehová a Moisés, antes de ir a Egipto? Leemos en las Escrituras: Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas (Éxodo 7:3). Esta teología le pareció repugnante a Arminio, asimismo a todos los que hoy día siguen la corriente de la expiación universal. Ellos se niegan a creer lo que la Biblia dice en forma plana, pero se dan a intrincados análisis hasta el desvarío total. Aún sus filólogos se inventan una nueva semántica, donde el verbo odiar significa amar menos. El delirio es grande, con tal de aplacar la dura palabra que ellos se resisten a oír.
A veces alguien no atiende a la voz de la reprensión, de la admonición de las Escrituras, pero normalmente sucede cuando Jehová ha decidido hacerlos perecer. Tal es el caso narrado en referencia a los hijos del sacerdote Elí (1 Samuel 2:25). Dios maneja el corazón del rey y lo inclina ante todo lo que Él quiere; aún a mucha gente Dios la hará estar de acuerdo para que le dé el reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Incluso Dios envía un espíritu de estupor o engaño para aquellos que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira; tal espíritu es enviado para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12).
Dios odia y ama, pero no ama y odia a la misma gente. En Él no se da la vacilación, ya que su amor aparece en relación a su justicia. Esto es, todos aquellos que fuimos justificados en Jesucristo formamos el objeto de su amor eterno, con una misericordia prolongada. El Dios de la providencia da a cada quien conforme le ha placido, por lo cual computar los bienes de este mundo como bendición puede ser una ligereza. En ocasiones Dios le da poder y riquezas a las personas, como en el caso del Faraón, pero lo hace no por amor sino para satisfacción de la gloria de su ira y poder contra el pecado.
El rey de Asiria se levanta como un personaje ideal para ilustrar lo que decimos; había sido enviado por Dios para destruir naciones no pocas, pero ese rey creyó en su propio poder y voluntad, al punto de que se envaneció. Después de cumplir su oficio, Dios lo castigó por su soberbia de corazón, por causa de la altivez de sus ojos. En ocasiones Dios usa la predicación de su palabra para endurecer a los réprobos, los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esto no nos exalta como creyentes sino que nos mueve a humildad, porque sabemos que Dios nos escogió solamente por misericordia. Jesús hablaba en parábolas para que viendo no vieran, para que oyendo no entendieran, no sea que se convirtieran y él tuviera que sanarlos o salvarlos (Mateo 13: 13-15).
Nuestra humildad debe estar presente a cada momento, sabiendo que nada nos distingue, ni tenemos algo que no hayamos recibido de Dios. Miramos en la Escritura el hecho del endurecimiento y odio de Dios hacia aquellos vasos de ira preparados para la exhibición de su gloria contra el pecado. ¿Por qué Dios encuentra falta en aquellos que endureció para castigarlos? Algunos sostienen que esto no sería digno de un Dios justo sino de un tirano, o tal vez de un diablo. Así pensó John Wesley, así opinó Arminio, así comentan todos los que se escandalizan de la soberanía de Dios. Se objeta la justicia divina, se le computa al Creador una falta que lo desacredita en cuanto al gran amor mostrado en la cruz. Pero esa cruz no fue colocada en el Calvario por causa del mundo no amado, sino para el pueblo escogido por el Elector Supremo.
Dios no resulta contradictorio, por cuanto no ama y odia a la misma persona; yerran todos aquellos que sostienen que el pecador debe ser totalmente libre de Dios, para pecar o no pecar, para arrepentirse o endurecerse a sí mismo. El deseo del hombre caído sigue siendo la independencia de Dios prometida en el Edén por la serpiente: seréis como dioses, lo cual equivaldría a ser soberanos e independientes. Esaú se comió aquellas lentejas porque tenía hambre, negoció su primogenitura porque sintió el desespero del vientre; siempre hubo alguna razón apremiante que lo indujo a negociar su alma ante el enemigo. Sin embargo, poco importan las razones del hecho porque lo que lo acusa son los actos de pecado.
Esos actos de pecado fueron programados, fueron necesarios cometerlos, no por causa de la persona voraz sino por causa del que lo odió desde antes de formarlo. Así que Dios reclama para sí mismo la condenación de Esaú, tanto como la salvación de Jacob. Esta es la encrucijada en la cual los amantes de la piedad aparente se distancian del Creador, porque no soportan la ofensa de su palabra. Con cuánto anhelo no han intentado colocar a la puerta de la voluntad de Esaú su pecado, como queriendo decir que Dios lo amó pero que él despreció ese amor. De igual forma hacen con los demás réprobos en cuanto a fe: dicen que Dios los amó en la cruz, Cristo murió por sus pecados y está dispuesto a perdonarlos, ya él hizo su parte pero ahora les toca a ustedes hacer la suya.
Con ese mensaje de un amor inexistente viajan como evangelistas anunciando a un dios que no puede salvar, a un Jesús con una expiación inconclusa y con una oferta de salvación que ya no es una promesa. Sostienen que una redención potencial se hizo en la cruz, a la espera de que la gente muerta en delitos y pecados se levante para que la acepte gustosa. Ellos anhelan el respeto por el libre albedrío y repiten que el ser humano se salva en el ejercicio de su libertad. No saben que cada ser humano sigue siendo dependiente del que los creó, y le debe un juicio de rendición de cuentas. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.
Esta teología bíblica debería despertar a los que son del Señor para que con humildad se inclinen ante el que tiene el poder de echar alma y cuerpo en el infierno, pero por igual tiene la voluntad de redimir a todos aquellos que amó con amor eterno. En esta dimensión de contraste, el brillo de la salvación se hace notar de lejos, como un faro para que se acerquen al reposo sereno del Altísimo.
César Paredes
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