LA OBEDIENCIA (HEBREOS 5:9)

Cristo vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Todos los salvados por Cristo son llevados a una obediencia hacia él, si bien nuestra obediencia no es la causa de nuestra salvación. Se entiende que llevamos fruto bueno como buen árbol, que la consecuencia sigue a la causa, que sin el Espíritu de Dios no podríamos haber sido vivificados y que si amamos a Cristo guardamos sus mandamientos. De allí que procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, para no caer jamás.

Las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por divino poder (2 Pedro 1:3), con preciosas y grandísimas promesas, para llegar a ser participantes de la naturaleza divina. De esa manera huimos de la corrupción propia del mundo, a causa de la concupiscencia, convirtiéndonos en diligentes añadimos a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento, al conocimiento, dominio propio (2 Pedro 1: 5-6). Siguen la paciencia, la piedad, el afecto fraternal y el amor.

Por amor advertimos al mundo de sus delitos y pecados, por amor decimos a aquellos que dicen creer que su fe debe ser espuria si no se someten al Evangelio. Por amor también soportamos con paciencia las aflicciones del presente tiempo, bendiciendo cuando nos maldicen, haciendo bien para vencer el mal. Si no tuviésemos amor, diríamos con los falsos maestros que hay paz cuando no la hay, llamaríamos a lo malo bueno y a lo bueno malo, siguiendo en las disoluciones de las falsas doctrinas que siempre merodean en nombre del cristianismo.

El que abandona tales cosas virtuosas tiene la vista corta, de allí que tenemos que procurar hacer firme nuestra vocación. Por igual le recomendó Pablo a Timoteo que se ocupara de la doctrina, para salvarse a sí mismo y para ayudar a salvar a otros. Claro está, uno no puede auto-salvarse, ni salvar a nadie, pero el énfasis apostólico sobre el tema coloca de relieve la importancia de conocer y guardar la doctrina de Cristo. El mismo Señor afirmó que él había venido a enseñar la doctrina de su Padre, para que comprendamos la importancia de permanecer en la doctrina enseñada por los apóstoles.

Jesús no solo hacía milagros, sino que también educaba al pueblo que lo seguía. No se anduvo con palabras suaves para persuadir a las multitudes, no estuvo pendiente de las ofrendas de la gente, ni de los halagos por sus proezas como Dios hecho hombre. Simplemente enseñaba la doctrina del Padre, diciendo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; que todo lo que el Padre le daba vendría a él irrevocablemente y no lo echaría fuera (Juan 6:37, 44-45). Por supuesto, estas palabras sonaron muy duras y sus cuantiosos discípulos lo dejaron de inmediato dándose a la tarea de la murmuración.

Jesús hablaba de manada pequeña, de los pocos escogidos del Padre, así que no le importó que lo dejaran solo. No ablandó tampoco sus palabras porque hubiesen sido entonces un veneno que confundiría al mundo, simplemente expuso su mensaje que muchos supuestos seguidores han dejado de lado, dándole importancia superior a los asuntos de moral. ¿Y dónde han dejado la virtud relativa al tema de la salvación? ¿Acaso Jesús rogó por el mundo que no vino a salvar? (Juan 17:9). El Señor vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), pero sus falsos discípulos anuncian una oferta de salvación al mundo, diciéndoles que no pierdan la esperanza en la confianza de su libre albedrío.

Anuncian que Jesús hizo una salvación potencial, que está a la espera de que los muertos en delitos y pecados se acerquen a él para darles vida. Esas contradicciones no enseñó Jesús, no forman parte de la doctrina del Padre. Al contrario, nada más claro que la enseñanza del amor de Dios para con sus escogidos: Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13). Si Jesús no rogó por el mundo, debe ser que no consideró a ese mundo como amigo. Solamente rogó por el mundo amado por su Padre, de manera que no existe lugar para la expiación universal o generalizada.

El Señor continuó enseñando su palabra: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16). Estamos puestos para llevar fruto y para que ese fruto permanezca, para poderle pedir al Padre en el nombre del Hijo y para que el Padre nos dé lo pedido. Esta promesa tiene el Señor para los que son suyos, a los cuales conoce. El Señor nos escogió a nosotros en forma libre, sin que predominara ninguna influencia nuestra hacia él. De hecho, esa escogencia se dio desde antes de la fundación del mundo, como para que no nos jactemos de nuestro carácter o condición. ¿Qué pudo ver Dios en nosotros? Nada bueno, porque fuimos creados de una misma masa, cundida por el pecado, por lo cual se ha escrito que nosotros tuvimos suerte (o herencia, de acuerdo al étimo), (Efesios 1:11).

Más allá de la ley del pecado descrita por Pablo en Romanos 7, nosotros obedecemos al Señor. Ciertamente, a veces hacemos lo que no queremos y dejamos de hacer lo bueno, pero damos siempre gracias a Dios por Jesucristo que nos librará del cuerpo de muerte (del pecado) (Romanos 7:25). Por lo tanto, los verdaderos creyentes tenemos la seguridad de la salvación, a pesar de que a veces caigamos en el pecado. Cuando caemos damos agravio al Espíritu que mora en nosotros como garantía de nuestra redención final, pues nos deslizamos hacia sutiles tentaciones. Pero cualquiera que cree sabe que ha creído y que tiene esa seguridad, la cual la testifica el Espíritu que ahora mora en ese corazón.

Si se cree una doctrina errónea, toda la gama de conceptos subsidiarias de esa creencia se ve contaminada por idéntico error. Si alguien asume la supuesta expiación universal de Jesús como un hecho, su fe estará asegurada en algo que el creyente mismo hizo. Sacará sus cuentas y dirá que creyó tal día, bajo tal predicador, que Jesús hizo su parte y él hizo la suya. En fin, su confianza estará ligada a algo que él como pecador aportó para actualizar aquella salvación potencial. En otras palabras, tal persona sigue ignorando la justicia de Dios (Romanos 10:1-4), y su mucho celo religioso no le vale un ápice en materia de justificación.

Tenemos la certeza de la redención en Cristo Jesús, ya que la fe es la certeza de aquello que se espera, la convicción de lo que no vemos (Hebreos 11:1). Sabemos que fuimos salvados por el trabajo de Jesucristo, por su sangre derramada en favor de su pueblo escogido. Es por ello que obedecemos, muy a pesar de nuestra vieja naturaleza que lucha atraída por la ley del pecado. No obedecemos a Cristo para poder ser salvos, ya que esa obra de redención fue concluida en la cruz. Las buenas obras en las que hemos de andar (incluida la obediencia al Señor) fueron preparadas de antemano para nuestro provecho y para la gloria de Dios.

David es un claro ejemplo de un hombre conforme al corazón de Dios, el cual habiendo pecado muchas veces también fue perdonado siempre. La caída y el arrepentimiento forman parte de nuestro diario vivir, mientras andemos en este mundo. Pero no somos arrastrados por la corriente del mal para naufragio total, sino que somos sostenidos por la diestra del Señor (Salmos 73: 23-24).

César Paredes

retor7@yahoo.com

destino.blogcindario.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario