Derribaréis estatuas e imágenes de falsos dioses, sus esculturas, no haréis así a Jehová vuestro Dios. Esto haréis en los sitios donde heredaréis de Dios la tierra para vivir, cuando pasareis el Jordán, para habitar la tierra que Jehová vuestro Dios os hace heredar (Resumen de Deuteronomio 12:1-3). Esta es una norma de conducta para el pueblo de Dios, en especial para vivir en sus hogares con el reposo del Señor. No quiere Dios que demos alabanza a esculturas, ni que vayamos en pos del mundo, en el intento de vivir como los que sirven a dioses ajenos, porque Jehová aborrece toda cosa abominable (Deuteronomio 12: 29-32).
No vamos a ir de casa en casa para destruir las imágenes idolátricas que la gente tiene, simplemente la Biblia nos habla sobre aquello que hemos recibido de Dios. Nuestros espacios deben estar libres de simbología satánica, de objetos de culto a los demonios, pues lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Dios sigue aborreciendo los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6: 16-19).
El malo y el insensato no estarán delante de los ojos de Jehová, ya que el Señor aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad y destruirá a todos los que hablan mentira. Dios abomina al sanguinario y al engañador (Salmos 5:1-6). El pueblo de Dios no debe unirse en matrimonio con la gente del mundo, porque no existe comunión entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial. No tenemos nada que ver con la religión falsa porque Dios detesta la religión pagana, así como a cada persona que tolera esos oficios. Casarse con alguien que crea una religión falsa implica sostener una falsa paz y llamar bueno a lo que es malo; establecer sociedades con impíos genera impiedad.
¿Acaso Dios tolera las imágenes de las deidades? ¿No las compara con la adoración a los demonios? No será tolerante con los que profesan su nombre y se dan a la tarea de servir a los ídolos, ni siquiera que carguen sus collares como adornos, anillos alusivos, o que coloquen pinturas artísticas que reflejan la demonología. Dios destruyó a muchas naciones paganas porque odiaba a su gente, pero ahora su paciencia aguarda para la destrucción de los vasos de ira preparados para la gloria de su poder y justicia. Él llama a un ídolo una abominación, y a toda la cultura detrás de ellos señala como cultura de demonios.
El Salmo que habla de nuestro Dios que está en los cielos, que dice que todo cuanto quiso ha hecho, dice igualmente que los idólatras son semejantes a sus ídolos (Salmos 115:8). Así que ¡ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! (Isaías 5:20). No tenemos que aprender la cultura religiosa de los paganos, de los que fueron dejados en su ignorancia espiritual. ¿Cómo vamos a adorar al Señor con los métodos de los idólatras? Alejémonos de los magos, de los síquicos, de los que leen las manos, de los que escriben horóscopos, de los adivinos y hechiceros, de los juegos de la Ouija, de los que creen en fantasmas o invocan a los duendes. Son muy variadas las prácticas esotéricas que ahora se reconocen como estudio antropológico y cultura ancestral. Dios envía juicio a los que pretenden la mezcla de la adoración a su nombre con las prácticas abominables (Amós 5: 24-27).
Mucha verdad esencial con un poco de agregado de mentira pervierte lo que es verdadero, y viene como abominación al Señor. Jesucristo no toleró ni un uno por ciento la ofensa de aquellos discípulos que tuvieron por dura su palabra y no pudieron oírla. Al contrario, ratificó el cien por ciento de lo que estaba exponiendo, diciéndoles: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Si el Señor hubiese abaratado su evangelio habría sido una abominación para la doctrina del Padre, pero nos dio ejemplo de lo que debemos hacer y de cómo hemos de comportarnos en materia doctrinal: cero tolerancia para la mezcla.
Las aproximaciones eclécticas conllevan a una universalidad adulterada y abominable para Dios. Un poco por acá, un poco por allá, hasta llegar a una religión personalizada, a la carta, a una adoración que enoja a Jehová como aconteció con el fuego extraño ofrendado por los hijos de Aarón. ¿Le hace falta a usted una cruz para adorar a Dios? ¿Cree usted que ese es un símbolo cristiano ordenado por Dios para identificar a su pueblo? ¿Continúa usted con la práctica pagana del árbol de navidad, pensando que ya es parte de nuestra cultura? ¿Qué hay del tan soñado San Nicolás, tan entrometido en la cultura navideña? Nuestra lucha es dura contra el mundo y su paganismo que se filtra por doquier, dejemos que el mundo continúe bajo su principado pero nosotros no pertenecemos al mundo.
Lo mismo acontece con las doctrinas cercanas aunque sean antagónicas. Creemos en una expiación hecha para el pueblo de Dios, no hecha para el mundo no amado (Juan 17:9), pero otros asumen que Dios amó a todo el mundo, sin excepción, por lo cual proclaman una expiación universal o generalizada. ¿Servimos al mismo Dios? El hecho de que ellos tengan el nombre de Dios en vano no los hace nuestros hermanos. Ellos pueden muy bien servir a un Baal-Jesús, por lo que confundir la expiación de Jesucristo presupone una gran ignorancia respecto a la justicia de Dios.
La Biblia no nos pide que le celebremos el cumpleaños a Jesucristo, eso es una costumbre pagana para sus dioses incorporada a la cultura del cristianismo. Los paganos han celebrado el nacimiento de su dios-Sol, con sus festivales de la Saturnalia, en los que incorporaron los árboles siempre verdes (los pinos) y los regalos como dones de su dios. También la celebración a Saturno (por eso la Saturnalia) incluía la colocación de una estrella en la cúspide de su ídolo. Por supuesto, toda esa cultura odiosa del paganismo se filtró a la iglesia que hoy parece más una sinagoga de Satanás.
No podemos decir que todo está bien, que hay paz de Dios, cuando en realidad lo que existe es confusión en los que son arrastrados por cualquier viento de doctrina. Aferrarse a la palabra de Dios se hace una necesidad, pero tiene que hacerse con la guía del Espíritu Santo, el compañero que nos fue dado para habitar en nosotros hasta la redención final. Los que se van tras los falsos maestros y sus demoníacas doctrinas, demuestran que jamás han recibido al Espíritu porque nunca han nacido de nuevo. Ellos son o cabras monteses, o cizaña sembrada por Satanás; tal vez sean ovejas descarriadas que nunca han seguido al buen pastor; eso sucede a menudo cuando se intenta ganar a toda costa a la gente para Cristo. ¿Cuál Cristo? ¿Acaso Jesús sacrificó su doctrina por aquellos discípulos que lo seguían por mar y tierra, después del milagro de los panes y los peces? En ninguna manera, siempre se mantuvo firme en lo que enseñaba y no disminuyó la fuerza de sus creencias. Nos cuesta la soledad como pago, por el hecho de decir la verdad teológica a los seres a quienes guardamos afecto, pero eso nos viene como complemento de lo advertido por el Señor: vino a traer la espada, a poner a padre y madre contra los hijos, a la nuera contra su suegra, y así en ese sentido por causa de la palabra de Dios. La soledad fue el precio de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del mismo Señor. No pensemos que a nosotros nos tocará más fácil. La religión falsa es simplemente cualquier religión contraria a la verdad de Cristo.
César Paredes
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