LA SUBSTANCIA DE LA DOCTRINA

El cristianismo es racional y moral, decimos; hemos de tener una conducta acorde con el Maestro Jesús. Pero la cultura dejada como huella nos mostró a un hombre de pelo largo, a pesar de que él no hizo ningún voto de nazareo. El nazareato era un sistema de apartamiento para Dios, propio de la cultura hebrea, mediante un voto de cumplir una serie de preceptos en la vida. Los nazareos se abstenían tanto del vino como de cortarse el cabello, al igual que no se acercaban a los muertos. Vemos por las Escrituras que Jesús tomó vino, resucitó a Lázaro, estuvo con leprosos, por lo que no imaginamos cómo es que tuvo el pelo largo.

Tal vez la confusión viene porque al ser oriundo de Nazaret, el mote de nazareno se asemeja al de nazareo; por otro lado, en el asunto del pelo, recordemos que Jesús se apareció al apóstol Pablo. Si hubiese venido con cabellera larga, de seguro el apóstol no se hubiera atrevido a escribir en una de sus cartas que al hombre le honra el pelo corto, mientras la mujer debe mantener su cabellera larga. De todas maneras, Jesús el Cristo es mucho más que un emblema social representado por un hombre con un tipo de cabello; es más que un conjunto de hábitos de misericordia y cordialidad con la gente necesitada.

La cristiandad ha de andar de acuerdo con la racionalidad y con la moral que presentan las Escrituras. Jesús nos dejó ejemplo de sus pisadas, si bien no de pecado alguno; en tal sentido, ninguno podrá ser igual que Cristo, pero eso no indica que no podamos conducirnos como él. La esencia o sustancia implica el todo de una cosa, en este caso del que hablamos nos referimos a la naturaleza de la doctrina de Cristo. La naturaleza de Cristo (la ousía – οὐσία), constituye la razón por la cual pudo cumplir todas las prescripciones de la ley divina. No podía ningún hombre contaminado de pecado acatar a plenitud el mandato de obediencia a la ley, así que la maldición que ella trajo seguía como una espada en la cabeza de cada ser humano.

Pero Jesucristo cargó con todas las sanciones que nos eran contrarias, habiendo clavado en la cruz el acta de los decretos que teníamos en contra. Nosotros, estando justificados en su sangre seremos salvos de la ira de Dios (Romanos 5:9). Fuimos perdonados por un acto judicial divino, no a expensas de la ley sino en virtud de su cumplimiento; no que nosotros la hayamos cumplido, sino quien nos representó en ese madero. Somos plantas sembradas por el Padre en su huerto, así que Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada (Mateo 15:13). Esto nos recuerda aquella escena donde Jesús exponía su doctrina, lo que nos lleva a deducir su esencia. Hablamos de lo que narra el evangelio de Juan, en el capítulo 6, cuando muchos de los que lo seguían se ofendieron por la enseñanza de la soberanía de Dios en materia de redención.

El evangelio de Jesucristo es sabiduría y misterio, algo que estuvo escondido desde los siglos (Isaías 64:4; 1 Corintios 2:9). Ese evangelio estuvo ordenado antes de que el mundo fuera, como un conjunto de cosas invisibles no oídas. Esto engloba la doctrina de la gracia junto con la buena noticia para el pueblo de Dios, asuntos que Dios no quiso revelar antes para el mundo pagano. Hoy ha sido dado a conocer al mundo en general, pero en ese mundo, nosotros como gentes no judías hemos sido beneficiados. Ese conocimiento es desde siempre, pero la predicación del evangelio nos trajo la sabiduría escondida desde los siglos.

Esa sabiduría anunciamos ante todos, para que los que sean llamados escuchen la voz eficiente del que puede salvar al pecador. El Padre de Jesucristo, nuestro Señor, nos hizo renacer para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros (los que esperamos en Cristo, los que fuimos ordenados desde antes de la fundación del mundo para ser salvos) -1 Pedro 1:3-4; Efesios 1:11. Por tal razón somos guardados por el poder de Dios, mediante la fe; por lo tanto, soportamos las pruebas que ocurren apenas durante un momento comparado con la eternidad de la gloria venidera.

El apóstol Pedro se regocijó de que nosotros amemos al Señor sin haberle visto, y eso hacemos al recibir lo que los profetas inquirieron y sobre lo cual escribieron, si bien a ellos no les tocó sino administrar estos asuntos para nuestro beneficio. La era del evangelio tiene gran importancia, debería alegrarnos lo suficiente para que no nos dejemos atrapar por los encantos del mundo. Fue Dios hecho hombre quien vino a exponer la doctrina del Padre, con insistencia y buen orden. Sus apóstoles continuaron con la misión encargada, para que pudiéramos tener lo que fue completado, y junto a otros escritores nos legaron el libro sagrado. Somos beneficiarios de excepción en este mundo hostil, dado que los misterios del evangelio son aclarados ahora y no lo fueron en el tiempo de los antiguos profetas.

La esencia del consejo de Dios respecto a la salvación, nos llegó como si fuese un dibujo esquemático del plan concebido para beneficio de un pueblo, de un real sacerdocio, de una nación santa, de un linaje escogido, de entre aquello que el mundo ha despreciado y ha tenido como lo que no es. Dios nos escogió para que seamos ricos en fe, así que no nos entretenemos en las veleidades mundanales, sino que aspiramos siempre a algo mejor. Caminamos como extranjeros y peregrinos, pero hacia la patria que está en los cielos, donde Jesucristo fue a preparar un lugar para nosotros.

El Señor nos trae paz y alegría, junto con la justificación y la santificación. Poco importa que el pecado todavía batalle contra nosotros, porque existe esa ley del pecado que domina a veces nuestros miembros (Romanos 7). Procuramos matar las obras de la carne, eso hacemos a diario con la ayuda del Espíritu; pero estamos sometidos todavía a un mundo contaminado y pesimista, que odia a los que somos de Dios. El mundo no nos ama, y el mundo tiene demasiada gente odiosa, pero Dios nos sigue dando alegría y paz, señalándonos que la perfección absoluta está en los cielos que ahora vemos como por espejo. En ese lugar nuestras almas y cuerpos serán glorificados, frente a una gloriosa compañía: el Padre, el Hijo y el Espíritu, junto a los ángeles guardados de caer y a una multitud de seres humanos santificados.

Nosotros como seres malos damos buenos regalos a nuestros hijos, a los seres de nuestro afecto, pero Dios que es bueno cuánto más no nos dará. Nos ha dado ya su Santo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final, para guiarnos a toda verdad porque no nos deja en la ignorancia respecto a la verdad del evangelio. Gracias a ese Espíritu, y por medio de la palabra inspirada a los santos hombres de Dios, podemos distinguir el evangelio de la verdad del evangelio de los falsos maestros. El gran Dios nos ha preparado grandes cosas a cada una de las personas que somos de su afecto; Cristo nos ha llamado sus amigos, dado que el Padre tiene un considerable afecto por sus hijos adoptados, entregados al Hijo como linaje prometido.

Jugosos y pesados racimos de uvas se encontraron en Canaán, la tierra prometida, como una brevísima muestra de la grandeza de una promesa divina; por igual, Pedro y Juan fueron testigos por un momento de la transfiguración en la montaña con Jesús, mirando de soslayo la gloria de Cristo en la transformación. Pablo fue transportado al tercer cielo y vio cosas que no pudo narrar por no encontrar las palabras adecuadas, una escena que nos evoca lo que nos aguarda a cada creyente. Los cuantiosos milagros del Señor cuando estuvo con sus discípulos, al reprender la tempestad para hacer una gran bonanza, al multiplicar los panes y los peces, al convertir el agua en vino, al levantar a Lázaro de entre los muertos, al sanar cuerpos enfermos, nos da a entender no solo de su poder sino de su misericordia. Verlo a él será el atractivo especial, al mirar sus manos y sus pies, su costado traspasado por causa de nuestros pecados como pago por nuestra salvación.

Esa es la esencia o substancia de la doctrina que vino a enseñar Jesús entre nosotros. Vino a decirnos que el Padre tiene todo el poder que puede concebirse en Dios, pero que por su amor escogió a unos cuantos para mostrarles las riquezas de su gloria. Nos sacó del mundo, no porque valiéramos algo más que los que dejó en ese mundo, sino porque nos quiso amar por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no amarlo en consecuencia? ¿Para qué pecar, si soy salvo? ¿Cómo vivir aún en el pecado? ¿Perseveraremos en el mal para que la gracia abunde? En ninguna manera, sino que el pecado siendo la causa de la ira de Dios vino a ser una ocasión para que Dios mostrara su gracia perdonándonos en Jesucristo.

El evangelio refleja la substancia de la doctrina de Cristo, muestra su pago por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17-9; Juan 3:16). Si miramos esas tres citas bíblicas entenderemos el sentido de su muerte y resurrección, porque fue a su pueblo que vino a salvar, no al mundo por el cual no rogó, por lo cual cumplió el designio del Padre en cuanto a su mundo amado. Pero si supiésemos esa verdad de puro razonamiento nuestro, sin el Espíritu de Cristo que devela la mente de Dios para nosotros, seríamos solamente conocedores del intelecto. Sin embargo, podemos decir en virtud del nuevo nacimiento que nos dio ese Espíritu de Dios que Él me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). En ese plano completamos la esencia de su doctrina, su entrega por sus amigos, su amor con el cual nos hizo amarlo en consecuencia.

César Paredes

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