ME ARREPIENTO EN POLVO Y CENIZA (JOB 42:6)

En las conversaciones entre Job y Jehová, el sufrido hombre se reconoce como el loco que ha escondido el consejo sin entendimiento, el que hablaba lo que no entendía. Eran cosas demasiado maravillosas para él, que no comprendía. Dios posee tesoros escondidos, como sus secretos de corazón, de los cuales la gente no debe hablar sin saber. Por eso Job abjura no solo de sus pecados sino de sí mismo, como un deudor a la ley. Podemos traer a la memoria a otros personajes bíblicos, los que suponían que agradaban a Dios pero en realidad intentaban golpear la lámpara con los ojos cegados.

Saulo de Tarso pretendió seguir al Dios de Israel, había estudiado a los pies de Gamaliel, conocía la ley en su letra y se mantenía como un fariseo digno de imitar. Sin embargo, cuando sus ojos fueron abiertos comprendió su miseria y tuvo todo ese tiempo como pérdida, por causa de la excelencia de Cristo. Moisés no fue nadie sino un hombre afortunado por vivir en el palacio del Faraón, por ser uno de sus príncipes; pero no fue sino cuando Dios se le apareció en aquella zarza que pudo ser tenido por digno de servir al Altísimo. Pedro era un humilde pescador, un hombre común de su tierra, hasta que un día Jesucristo lo llamó a seguirlo. Así, cada uno de los que hemos creído eficazmente damos por nada nuestra antigua vida, por causa de la luz de Cristo.

Los ocultos orgullos que ensalzan nuestra imagen pueden arruinar el camino para ir al Padre. La vieja naturaleza caída desde Adán nos persigue, nos acompaña y no podemos deshacernos de ella sino solamente controlarla a ratos. Tenemos que hacer morir lo terrenal en nosotros, matar las obras de la carne, pero encontramos oposición natural mientras vivamos en el cuerpo de muerte (del pecado, de acuerdo a Romanos 7). El rey Saúl no quiso matar a Amalec, sino darle un rato de rey a rey, pero Jehová vio que no había cumplido su orden. Cuando fue confrontado por Samuel, Saúl argumentó que las bestias rescatadas del botín el pueblo las tenía para sacrificarlas a Jehová. Una desobediencia lleva a la astucia de la mentira, como cuando alguien compra un boleto de lotería y le ofrece al Señor un porcentaje de su hipotética ganancia.

Hay culpas morales, como las que tiene un convicto de ley. Él se arrepiente por causa del castigo sobrevenido, o tal vez por la vergüenza social que se le vino encima, pero sigue creyendo que él posee un corazón bondadoso. Cuando Job se confrontó con el Señor no tuvo otro camino que arrepentirse en polvo y ceniza, y aborrecerse a sí mismo. Una cosa es oír de Dios y otra es oírlo a Él, cuando supo Job que no era sabiduría contender contra el Omnipotente. La gran pregunta de Jehová debe llamarnos la atención en estos momentos de la historia del cristianismo y de las desviadas doctrinas sobre la expiación: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8).

Esas preguntas de Jehová tienen que ver con las de Pablo, hechas para el objetor: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Estas preguntas encontradas en Job y en la Carta a los Romanos reflejan el corazón de las personas que suponen que tienen algo de buenas, a pesar de sus pecados. Esas personas aceptan que hay pecado en el hombre, que Dios es el único que puede salvar al pecador, pero agregan que ellos tienen el poder de decisión. En realidad, el antiguo Job que oía de Dios y el objetor de Romanos, se parecen mucho: suponen que algo bueno había en ellos.

No fue sino hasta que Dios confrontó a Job que el piadoso hombre pudo comprender que había oído de oídas anteriormente, pero que ahora que veía la verdad su corazón se arrepentía en polvo y ceniza. Esa verdad que Job oyó y vio se supo por las preguntas que Dios le hizo: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? (Job 40:2). Jehová le dijo que había guardado a los impíos para derramarles su ira, para encerrar sus rostros en la oscuridad. Jehová le hablaba de dos grandes fieras: el behemot y el leviatán, las que Él controla sin problema alguno; el leviatán es tomado como el rey de los soberbios. ¿Será que la soberbia de Job seguiría su rumbo después que el Omnipotente lo confronta? No, en absoluto; fue después de estas palabras que Job se humilla en polvo y ceniza.

De esta manera la Biblia ilustra cuál debería ser nuestra conducta cuando nos confrontamos con la doctrina de la soberanía de Dios, del Dios que no tiene consejero, del que no da cuentas a nadie de lo que hace; del Dios que amó a Jacob pero que odió a Esaú, sin mirar en sus buenas o malas obras, aún antes de que fueren concebidos. Si eso es motivo de enardecimiento, si eso mueve a las personas a hacer filas junto al objetor, entonces tienen que comprender que parecieran ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Son de los soberbios que serán encerrados en la oscuridad, de los vasos de ira preparados para el día de la ira del Señor.

No podemos invalidar el juicio del Señor, recordemos de nuevo el libro de Job: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). Eso hacen los hombres por su pecado, condenar a Dios por odiar a Esaú, por escoger a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas. La gente se inventa el túnel del tiempo para decir que Dios miró en esos corredores para ver si había algún sabio o entendido, para ver si había alguien que lo buscara, hasta que al final encontró a Jacob, a Moisés, a Elías, a todos los demás creyentes. Pero ese razonar no lo apoya la Escritura por ningún lado, sino que de la misma masa de barro dañada Dios hizo vasos de misericordia y vasos de ira. Fue Dios quien hizo todo eso, para su propia gloria; Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

El hombre se empeña en invalidar el juicio divino, desea condenar a Dios de injusto para justificarse a sí mismo. Pero Jesucristo lo dijo enfáticamente: Toda planta que no plantó mi Padre, será desarraigada (Mateo 15:13). Los decretos de Dios en relación con sus tratos con los hombres, con sus aflicciones, están cargados de sabiduría y racionalidad. Él sabe lo que hace, de acuerdo a su más estricta justicia; jamás serán frustrados sus decretos, lo que debe cumplirse por necesidad. El Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), por lo cual Adán tenía que pecar para que Jesucristo viniera en rescate de muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Así que antes de invalidar la justicia de Dios, digamos que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.

Nuestro pecado es malo y abominable, pero el impío no teme el no poseer la gracia salvadora. Piensa que tal vez si existe ese Dios de la Biblia de seguro verá sus buenas acciones. Como dijo un salmista, el impío no tiene congojas por su muerte, al ver todavía entero su vigor. Por esa razón Caín mató a su hermano Abel, porque le tuvo envidia y no consideró su propia muerte como un desafío. Vio su vigor entero y supuso que eliminar a su hermano no le traería ningún inconveniente mayor, pero no le resultó como lo pensó. Dios lo maldijo y Caín tuvo que reconocer que su castigo era muy grande para ser soportado. El impío llora cuando ve venir la calamidad, pero no se aflige por su alma. Tal vez llore cuando sea demasiado tarde, por lo cual dirá como todos sus semejantes: en vano he ganado el mundo, ya que perdí mi alma.

César Paredes

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