Dios ha sido nuestra ayuda en las edades pasadas, será nuestra esperanza en los años por venir. Aquellas cosas antiguas se escribieron por causa de nosotros, para que tengamos confianza en el eterno redentor. Cualquier tormenta que rodea al alma resulta pasajera, mientras nuestro refugio se mantiene intacto en nuestro viaje hacia el eterno hogar. ¿De dónde vendrá nuestro socorro? Si alzamos los ojos hacia arriba, veremos que nuestro auxilio viene de Jehová, el que hizo los cielos y la tierra.
Ese Dios eterno y soberano, capaz de haber hecho el universo bajo el mandato de su voz, será capaz de minar nuestro espíritu con su amor. ¿Por qué ha de abatirse nuestra alma? ¿Acaso temeremos en demasía lo que nos pueda hacer el hombre? El Señor no dará nuestros pies al resbaladero, sino que nos sostendrá de su mano derecha. El brazo de Jehová es la fuerza de los justos, el de los hombres viene a ser la caída. Ciertamente está escrito: maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada (Jeremías 17: 5-6).
La retama es una arbusto grisáceo, crece en matorrales y terrenos rocosos y secos de la montaña. El alma del que confía en el hombre se muestra huraña, huye de las muestras cariñosas de los bendecidos por Dios. Claro, un ser maldito se asemeja a Judas Iscariote, a Esaú, al Faraón de Egipto, a Caín, a tantos otros réprobos en cuanto a fe. En esa veta de sus corazones se ve la grieta producida por la sequedad, sin que el agua para vida eterna haya dejado su llovizna en el sector. Estos que confían en las personas son semejantes a los religiosos que confiaban en su padre Abraham, en Moisés y en su ley, diciendo que tenían a sus profetas. No existe diferencia, así se confíe en el conocimiento que la religión garantiza. Porque si se coloca la confianza en las obras de la ley o de la religión de turno, maldición vendrá cuando se incumpla en alguna ocasión.
El hombre es frágil, carne que perece, pecado sinuoso que carcome, ya que cualquiera de nosotros fue concebido en maldad; nuestra esencia viene de la de Adán, alma corrompida y espíritu áspero para el Señor. Jehová miró desde los cielos y no vio en la tierra a nadie que fuera justo, que quisiera estar con Él; por lo cual dijo que todos se habían apartado hacia el mal. Sin embargo, como su plan eterno no puede fallar, hizo justos a todos aquellos que concibió como su pueblo. En su debido tiempo cada uno de ellos será llamado en forma eficaz por el evangelio, para ser adoptado como hijo del Eterno. A esos justificó Cristo en la cruz, con su sangre los compró, habiendo pagado el precio con su dolor y sufrimiento, con el derramamiento de esa sangre preciosa. Por ellos rogó el Señor la noche anterior a su martirio (Juan 17:9).
Dios y el brazo de los hombres siempre andan en oposición. Aquel soberbio rey de Asiria tenía su brazo por poder, pero era un brazo de carne (con carruajes y caballos para la batalla), en cambio, con el rey Ezequías y su pueblo estaba Jehová, el Dios Eterno, para ayudarlos a pelear las batallas (2 Crónicas 32:8). El alma humana puede colocar su confianza en la religión, en las obras piadosas, en las creencias de los que predican paz cuando no la hay; pero cada acto de confianza en la criatura o en las cosas de la criatura, lo aleja del acto de confianza en el Señor Omnipotente. De esa manera caminará alejado del Dios viviente, en la ruta de su maldición.
El pueblo puede acercarse a Dios con su boca, para honrarlo con sus labios, pero si su corazón está lejos del Señor, demostrará que su temor a Dios no es otra cosa que un mandamiento de hombres que aprendieron en sus actividades religiosas (Isaías 29:13). ¿Dirá la vasija de aquel que la ha formado: No entendió? (Isaías 29:16).
El profeta Jeremías, en su texto, agregó que ante la maldición de aquellos que se apoyan en la carne humana existe la bendición de los que confían en el brazo del Señor. La palabra de Jehová es roca sólida, inquebrantable, siempre veraz; Cristo es el Logos, la palabra de Dios hecha carne: Benditos son todos los que confían en el Hijo (Salmos 2:12). Al mirar al Señor comprendemos la vanidad de confiar en cualquier cosa que se muestra como fortaleza, ya que en las palabras vanas de los hombres religiosos no hay salvación posible. Jesucristo es el único refugio, el destino de nuestras inmortales almas que fueron redimidas por su sangre. Habiendo recibido su gracia en este valle de sombra y de muerte, tendremos su gloria en la eternidad celestial.
En la sangre de Cristo está nuestro perdón, porque ya que fue declarado la justicia de Dios se nos imputó la justificación por su trabajo en la cruz. A todos los que representó en el madero nos dio vida eterna, para que fuésemos llamados con eficacia en el día del poder del Señor. Hemos sido enseñados por el Padre, y una vez que aprendimos de Él fuimos enviados al Hijo (Juan 6:45). Nunca seremos echados fuera jamás (Juan 6: 37, 44). Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios (Salmos 146:5).
El Dios de Jacob lo redimió de todo mal, se le mostró a él con gracia aún antes de haber sido concebido. La presencia de ese Dios va con nosotros a lo largo del camino, para darnos descanso. En el desierto se pudo corroborar su benevolencia y cuidado, también su corrección; nada le faltó al pueblo de Jacob (Israel), sino que cada promesa sigue cumpliéndose en nosotros como descendientes espirituales. Feliz aquel hombre que tiene al Señor como su ayuda, no verá miseria sino las bendiciones de su gracia. Dios suple nuestras necesidades, nos da con abundancia y muestra su fuerza contra nuestros enemigos. Luego nos dará amplia entrada en el reino de los cielos. El Dios con nosotros, Cristo como esperanza, el Salvador de sus elegidos, ni una sola de sus promesas ha fallado. Su pueblo es gente de una esperanza gloriosa, feliz será aquella persona cuya esperanza es solamente el Señor (Jeremías 17:7).
César Paredes
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