Pablo condena el culto a los ángeles, como si los que eso hacen mostrasen mayor humildad. Muchos van a Cristo por María, ya que consideran humilde acudir a Dios a través de otra persona antes que ir directamente a Él. Eso pretendían muchos judíos antiguamente, acudir al Dios de Abraham por medio de los seres angelicales. Sin embargo, al hacer tal cosa se demuestra estar hinchado por la mente carnal, no asiéndose a la Cabeza (que es Cristo: Colosenses 2:18). La iglesia de Corinto debía estar al tanto de semejante herejía.
Odioso ante Dios resulta cualquier forma de idolatría, mientras la obediencia a su palabra se prefiere a cualquier sacrificio que el hombre haga (Isaías 1:19.20). Tampoco conviene obedecer a Dios de mala gana, como lo hizo Caín al llevar su sacrificio de ofrenda. Nuestro querer debe ser real para que agrade al Señor, el cual conoce lo profundo de nuestro corazón. Hemos de dar de la abundancia voluntaria de nuestras manos, de acuerdo a la bendición que Jehová nos haya dado (Deuteronomio 16:10).
La falsa humildad engaña a muchos que desean la piedad como apariencia, por medio de la cual se declaran pobres cada vez que pueden, o se dicen depravados pecadores, con un corazón altamente malévolo. Aseguran que su carne está en rebelión contra Dios, porque ignoran las palabras del profeta respecto al cambio de corazón. Confunden los contextos bíblicos, se aferran a la declaratoria de Jeremías respecto al corazón perverso, más que todas las cosas, olvidándose de Ezequiel que vino de parte de Jehová para anunciar que Él cambiaría el corazón de piedra por uno de carne.
De seguro que, los que se dedican al ejercicio de la aparente piedad, no han sufrido todavía ninguna cirugía en el órgano central, por lo cual hablan verdad en sus lamentos. Pero al mismo tiempo deberían darse cuenta de que no han nacido de nuevo, pues si sus corazones continúan siendo perversos, más que todas las cosas, quiere decir que no han recibido el corazón de carne en sustitución del de piedra. Por supuesto que tampoco han recibido un espíritu nuevo que ame el andar en los estatutos del Señor.
A esa gente del falso evangelio le gusta andar en las congregaciones que profetizan cosas nuevas, con apóstoles, en medio de los que hablan falsas lenguas con gemidos extraños. Ellos decretan, prometen, brincan y cantan a toda voz, a la espera de que su dios les responda. Hacen como los israelitas que seguían a Baal, frente al profeta Elías. Están contemplando su propia maldad, sumergidos en una supuesta humildad que les dice que ellos todavía están sucios. El sentirse atrapados en el dolor del pecado les da un aire de santidad, como si con ello demostrasen que batallan contra el mal.
Pero, ¿qué puede el hombre natural frente a la maldad del corazón? Le es necesario nacer de nuevo, no por medio de Babilonia, ni por escuchar el falso evangelio, sino por el Espíritu y la palabra viva e incorruptible, la que no ha sido torcida por aquellos que buscan su propia perdición. Por semanas y años continúan con su viejas creencias, todos dando fe de una fecha en que comenzaron a creer; ellos le pidieron a Dios que los anotara en el libro de la vida, ellos dieron un paso al frente siendo más valerosos que los otros timoratos que se fueron del templo.
Aman la mística, las experiencias emocionales, procuran aprender a pedir para conseguir milagros especiales. Incluso los hay de los que se entregan de nuevo a Jesús, como si quisieran confirmarse para execrar sus dudas. Siguen sintiendo su depravación y esa sensación la confunden con humildad de espíritu, como si vivieran un proceso en el que Dios los va convenciendo poco a poco. Ante los espíritus de oídos sordos suena bien darse al misticismo, como si con el pensamiento recurrente de su suciedad pudieran limpiarse más. Ellos se alejan de la doctrina de Cristo porque prefieren amarlo con el corazón (oponiéndolo a la mente), antes que entregarse a lo que separa. Dame la mano, y mi hermano serás, cantan al unísono; no importa qué doctrina tengas, siempre y cuando pronuncies el nombre de Jesús. Además, esos cánticos tan melodiosos solo pueden entonarlos los de puro corazón.
El verdadero creyente no puede andar creyendo que tiene un corazón perverso, más que todas las cosas; más bien recuerda las palabras de Pablo: Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). ¿Y qué de este otro texto? El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Pero muchos que dicen creer han confundido al Espíritu con actitudes emocionales, como si la racionalidad del Logos no fuere la misma en el Dios Trino.
Los que confunden las Escrituras sostienen que los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los verdaderos cristianos, ni los caminos del Señor tampoco son sus caminos. Se afianzan en el hecho de que Isaías haya escrito un texto con palabras similares, pero dejan de lado el contexto, como indebidamente acostumbran: el verso que precede dice así: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). Vemos que Jehová habla del impío que por supuesto tiene su camino y sus pensamientos contrarios a los suyos. Por lo tanto, el verso 8 asegura que los pensamientos de Dios no son los pensamientos del impío, ni sus caminos los caminos del inicuo.
Pablo nos resalta que el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, quien intercede conforme a la voluntad de Dios por los santos. Por lo tanto, sí conocemos los caminos y los pensamientos de Dios, porque Dios nos los reveló por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (2 Corintios 2:10). Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…y nosotros hemos recibido el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido (1 Corintios 2:11-12).
No necesitamos rendirle culto a los ángeles, ni a santos, ni a fuerzas extrañas; solo Dios es digno de honra y gloria, a Él debemos esta salvación tan grande. La lectura de su palabra, el escrutinio de sus juicios, hace sabio al sencillo; pero los que tienen apariencia de piedad siempre andan confundiendo los textos dando fe de que no tienen al Espíritu de Dios.
César Paredes
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