IGNORANTES SOLDADOS CELOSOS

Una cruz sin poder contiene enormes filas con soldados de la ignorancia. La falta de conocimiento en aquello que se hace conlleva un fracaso garantizado. No existe magia en la salvación, porque Dios no es mago en lo absoluto. Él también se ha definido como el Logos, así que la razón le asiste todo el tiempo y en cualquier área. Los que pretenden una conducta eficaz en el error doctrinal, tendrán un reconocimiento de persona celosa pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

Poco importa la cantidad y vistosidad de la obra social que se haga, el repartir comida a los pobres o el visitar a los enfermos; el componer cantos melodiosos o el ayunar cada semana; esas cosas se harán en el nombre de otro Jesús, el Baal-Jesús del momento. El Hijo de Dios dictó cátedra en materia de fe y religión, vino a enseñarnos la doctrina del Padre, para que permanezcamos en ella. Mucha gente de la religión se apega a la enseñanza moral, como hábitos de buena conducta, en la realización de acciones propias de corazones bondadosos según su propia opinión. Uno puede tener pasión por los animales, dar de comer a esas criaturas de la calle; por igual puede ocuparse de ayudar a los humanos desvalidos, pero esas cosas se computan como obras que no ayudan en nada para la salvación del alma.

Ya sabemos que la doctrina de Jesús dice que somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie tenga de qué gloriarse. Cualquier buena acción que hagamos será como un fruto de la gracia que poseamos, nunca como una condición de la misma. Ayudar a los pobres entre nosotros se tiene como una labor de importancia crucial, pero hemos de hacerlo como fruto de la justicia que nos acompaña. Las religiones que proponen el fruto como causa andan en la ignorancia de los soldados celosos sin ciencia. Eso no es más que una idolatría del ego, una cruz sin efecto y sin sentido que se acuna en la mente de los religiosos desviados de Cristo. En esa gente perdida se cumple la aseveración bíblica que habla de la palabra de la cruz como locura (1 Corintios 1:18).

El evangelio diferente a la palabra enseñada por aquellos reseñados por Cristo en Juan 17:20, se considera maldita, de acuerdo a Gálatas 1:8-9. Lo que ha sido declarado maldito trae consecuencias funestas para las personas, en especial para sus almas. El verbo de los falsos maestros no posee el poder de salvación, sino el de la locura para el alma irredenta. Nosotros somos participantes de la locura de la predicación, asunto distinto a la locura de los que se pierden. El acto de predicar para anunciar el evangelio de Jesucristo, puede ser tenido como locura divina, ya que Dios sabe a quién va a salvar pero no lo hace en forma mecánica sino a través del anuncio de la buena noticia.

Buena noticia para los que son llamados eficazmente, mala noticia para las personas como Judas Iscariote, Esaú, el Faraón de Egipto, Caín o cualquier otro réprobo en cuanto a fe. No nos quedamos callados por el hecho de que los predestinados han de salvarse porque sí, sino que nos animamos a predicar por causa de ellos, primeramente; además, nadie podrá invocar a aquel a quien no conoce. No sabiendo quiénes son los escogidos que están en el mundo, anunciamos el evangelio a toda criatura, pero sabemos que esa palabra salida de nuestra boca volverá con aquello para lo que fue enviada. En algunos causa más endurecimiento y eso redunda en la gloria del justo juicio de Dios; en otros, provoca el arrepentimiento para perdón de pecados, lo que por igual sigue siendo grato olor de Cristo para salvación.

Dios aborrece a todos los que hacen iniquidad, a los insensatos que no podrán estar delante de sus ojos (Salmo 5:5). Los injustos, los que transgreden la ley, los que contradicen los preceptos divinos, los que se alaban a sí mismos, jactándose de su sabiduría, de sus honores y riquezas, incluso de su propia justicia, todos ellos son calificados como trabajadores de la iniquidad. La figura del rey de Asiria ha sido pintada por Isaías, para ilustrar la jactancia del malo delante de Jehová. No pensemos ni por un momento que esa gente recibirá algún favor de Jehová, sino que aún su prosperidad forma parte de la providencia divina para que caigan de repente en el desfiladero y despierten confundidos en el Seol (Salmo 73).

¿Quién es el que coloca su propia justicia junto a la de Cristo? Todo aquel que camina sin la doctrina de Cristo, el que habiéndola conocido se ha extraviado (2 Juan 1:9-11) por considerarla dura de oír (Juan 6: 60), un poco injusta, carente de sentido lógico. Esa gente suspira por Esaú, aduciendo que se perdió por causa de la venta de su primogenitura, colocando la consecuencia como causa. Se propone a un Dios más justo que el de las Escrituras, porque en realidad se considera que Dios se muestra carente de justicia al odiar a Esaú antes de haber hecho cualquier tipo de obra, buena o mala. Se supone que Dios debió mirar hacia el futuro para ver que Esaú iba a vender su primogenitura, para poder condenarlo (eso no es lo que dice la Biblia en Romanos 9). Pero ¿qué vio de bueno Dios en Jacob? Nada, simplemente porque Dios no necesita ver el futuro fuera de Él mismo, ya que eso no existe per se. Dios hace el futuro, mejor dicho, hizo el futuro desde siempre, así que reclama la gloria de todo cuanto ha hecho: la gloria de la redención de Jacob y la gloria de la condenación de Esaú. A ambos gemelos separó Dios desde antes de que hiciesen obra alguna, antes de ser concebidos (Romanos 9:11-13).

Los que se molestan por esa doctrina enseñada por Jesucristo y sus apóstoles, así como por todos los escritores de la Biblia, consideran esa palabra como dura de oír. Buscan ablandarla, suavizar el evangelio para las masas, utilizando argumentos falaces de misericordia y de cantidad popular. De esa manera dicen que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que hay gente que lo rechaza por su propio libre albedrío. Dicen: Si Dios impone su salvación sobre la criatura, estaría dejando de ser un Caballero y violando la tan sagrada libertad humana, la que da sentido al amor del hombre hacia Dios.

Acá vemos que esa gente del otro evangelio está jactándose ella misma delante de los ojos del Señor. Por lo tanto, Dios los considera trabajadores de la iniquidad, y sus obras sociales no podrán ayudarles en nada cuando sean enviados a su destino fatal. Por ahora ellos se consuelan con su celo por ese dios hecho a su medida, con una doctrina maquillada por los falsos maestros, expertos en torcer las Escrituras. Siguen como ciegos a sus maestros ciegos, teniendo por cierta la caída general en el mismo hueco.

La expiación universal, con su variante general, prevalece en la falsa religión, la de la locura y la que ha sido declarada maldita. En ese tipo de expiación, la cruz de Cristo se tiene como nada; queda sin efecto la verdadera cruz de Cristo, ya que la eficacia final descansa en la voluntad suprema del pecador ya muerto en delitos y pecados. Cristo no tomó el lugar de los réprobos en cuanto a fe, sino el de los elegidos del Padre. Él sufrió en lugar de los escogidos de Dios, cargó con todos sus pecados y en consecuencia nos impartió su justicia y rectitud ante el Todopoderoso. Esa es al razón por la cual fuimos declarados justos, aceptables ante los ojos del Señor. Así que el Señor padeció un sacrificio vicario, al recibir las heridas por nuestras transgresiones (el justo por los injustos), y fue herido por nuestras iniquidades, no por las de Judas Iscariote, ni por las de Esaú fue igualmente declarado nuestra Pascua, no la pascua de los réprobos en cuanto a fe.

Existe una gran diferencia entre el concepto de expiación que manejan los participantes de la expiación general o universal, los ignorantes soldados celosos, y la que se describe en la Biblia. La sangre de Jesús fue derramada por las ovejas, no por los cabritos (Juan 10). De esta forma sabemos que todos los pecados de su pueblo fueron imputados a Jesús, junto con toda la culpa y condenación, pero esto ofende a muchos (Juan 6: 61). Esa exclusividad de Jesús por su pueblo turba a gran cantidad de personas, en especial a las cabras; también se turban las ovejas que no han sido llamadas todavía en forma eficaz, porque ellas desconocen que son ovejas. ¿Y qué era lo que ofendía a aquella gente descrita en Juan 6? Sencillamente la frase reiterada por Jesús varias veces, la que en forma explícita fue dicha a continuación de su pregunta sobre la ofensa: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre (Juan 6:65).

César Paredes

retor7@yahoo.com

destino.blogcindario.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario