MUERTOS EN DELIGOS

La Biblia afirma que la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Asegura que esa calamidad llegó porque la paga del pecado es la muerte, de manera que en Adán todos mueren. La advertencia dada en el Edén fue una verdad contundente, aunque físicamente los primeros seres humanos tardaron en morir hasta comenzar a poblar la tierra, para cumplir el designio del Creador. Lo que dijo la serpiente resultó una gran mentira (lo que es lo mismo, una verdad a medias): seréis como dioses al conocer el bien y el mal.

El hombre conoció el bien y el mal, pero su deidad no llegó nunca; si bien la Escritura dice dioses sois, lo dice para hacer referencia a ciertas cualidades humanas en tanto somos imagen y semejanza de Dios. Así se participa de una metáfora divina, como lo hacen los magistrados en la tierra, decidiendo con autoridad y poder al gobernar las naciones. Nosotros también podríamos decir que somos como ángeles, al ser mensajeros del Altísimo. Así que la metáfora nos envía al contexto de las palabras pronunciadas, por lo que aunque seamos llamados dioses, todos moriremos como hombres (Salmos 82:6-7).

Si hemos caído en una depravación total, en el sentido de que se nos ha considerado muertos en delitos y pecados, bajo la ira de Dios por causa del mal en nosotros, no podemos cambiar el diagnóstico diciendo que solamente estamos enfermos. La metáfora se respeta en su totalidad, para comprender el contexto de lo que se nos quiere enseñar. Nos dice la Biblia que no podemos hacer nada bueno, acostumbrados como estamos a hacer el mal. De manera que Dios tiene misericordia y muestra su gracia sobre quien Él desea mostrarla. No puede el ser humano reclamar derechos cuando a él se le computa muerto, ya que su voluntad no cuenta por causa de la putrefacción del cadáver.

Predicamos el evangelio a los muertos, pero el Espíritu es quien da vida. La palabra de Cristo genera fe en aquellos que fueron elegidos desde la eternidad por el Padre, quien quiso hacerse un pueblo para su gloria. No sabemos quiénes, de entre los muertos, son los elegidos; pero predicamos por igual a todos, diciéndoles que se arrepientan y crean el evangelio. Algunos oirán porque son revividos, otros seguirán en silencio, tal vez molestos por oír una palabra que les parece indiscernible.

Dios no eligió a cada miembro de la raza humana para salvarlo; eso se sabe porque la Biblia habla del infierno eterno. Habla también de los réprobos en cuanto a fe, de los que no fueron inscritos en el libro de la vida, de los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Porque Cristo es más que un nombre, es una persona con un trabajo específico, junto a un cúmulo de enseñanzas teológicas de especial relevancia. Él habló de la elección del Padre, se refirió a que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae. Aseguró que todos los que el Padre le da vendrán a él, y jamás serán echados fuera.

Se comprende por esas enseñanzas de Jesucristo que los que no vienen a él nunca fueron enviados por el Padre; aquellos que vienen por cuenta de un falso evangelio serán repudiados en el día final, cuando les diga que nunca los conoció. Él dijo que aquella planta no plantada por su Padre será desarraigada. Por lo tanto, existe una elección que no se fundamenta en la persona, ni en su muerta voluntad, sino que se basa en el designio del Elector. No por obras, asegura la Biblia, sino por gracia; de otra manera la gracia no sería gracia. Esto fue así para que nadie tenga de qué jactarse en la presencia de Dios, para que nadie suponga que hubo algo bueno en él que Dios tomó en cuenta a la hora de la elección.

Por supuesto, existe mucha gente dentro del cristianismo externo que se molesta por esas doctrinas de Jesús. Ellos sostienen que les parece una palabra demasiado dura de oír, que Esaú no tuvo posibilidad alguna de resistirse a la voluntad del Todopoderoso, de manera que en alguna medida su condenación suena injusta. Para no culpar abiertamente a Dios, tuercen la Escritura para hacerla decir palabras más blandas, haciendo recaer la condenación en la conducta impropia de Esaú. Pero, ¿qué de Jacob? ¿Acaso Dios vio algo bueno en esa persona que escogió aún antes de ser concebida? Esto no parece en ninguna manera injusto, a pesar de que Jacob tampoco pudo resistir esa voluntad de Dios.

Vemos que el ser humano juzga a Dios, siempre que exista condenación. Hubiese sido mejor que el hombre fuera libre en forma absoluta, independiente del Creador, sin que tenga que rendir un juicio de cuentas después de esta vida. La Biblia afirma que está destinado para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio. Como muchos no se sienten llamados por Dios, se han armado de unas falsas doctrinas para construir muchos falsos evangelios. De esa manera se acompañan en esta vida, domingo a domingo, en cultos extraños para un dios extraño. Ellos lo llaman Jesús, le dicen Jehová, pero en realidad es antes que nada un Baal-Jesús.

Al clamar a un dios que no puede salvar, su desespero los conduce a buscar la mística, como una prueba de la espiritualidad que poseen. Sus teólogos los instruyen en un evangelio diferente y estando acostumbrados al mal aprendizaje ya no logran distinguir la mentira de la verdad. Por ese camino continúan en la persecución del espíritu de estupor, para alcanzarlo y abrazarlo, hasta degustar la mentira a granel. Su despertar final será de sorpresa, cuando comprendan que han caído en el mismo hueco que sus maestros de mentiras (Salmos 73:18-20).

Algunos adoran ángeles, otros se dan a los santos intercesores, los hay de los que buscan a María como madre de Dios; también los que dicen hablar en lenguas, dando lugar a la barbarie literal, en la suposición de la bienvenida carismática. Milagros ven para avivar sus ánimos, aseguran que Dios les dio palabra, pero haciendo tales cosas la doctrina de Cristo queda relegada como algo que causa separación. Por esa razón, también distinguen entre corazón y mente, en el consuelo de que tal dicotomía los exima de pensar en las enseñanzas de Jesús, a quien dicen amar con mucho corazón. Pero Pablo lo aseguró: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Isaías también lo afirmó: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos. Juan lo resaltó: el que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9).

Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le encomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:16). Esto implica vigilar los errores, denunciar las herejías (opiniones propias), para que no infeste la grey de Dios. A ese rebaño conviene alimentar con el conocimiento y el entendimiento de las enseñanzas de Jesucristo, quien vino a predicar la doctrina del Padre. Esa doctrina de Timoteo fue la misma que le enseñó Pablo, la apostólica, de acuerdo a la palabra incorruptible. Esa palabra edifica, resulta nutritiva para el alma de manera que comprenda los tiempos, las advertencias y logren afirmarse en la enseñanza de Jesucristo. Un ministro que se ocupe de él mismo y de la doctrina, ayuda tanto a la grey como se ayuda a sí mismo. De igual manera, ayudará a muchos que lo oyen, porque solamente el evangelio no adulterado tiene el poder de la palabra eficaz para llamar de las tinieblas a la luz.

César Paredes

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