Adán fue probado, pero cuando Dios prueba a alguien no necesita averiguar algo para llegar a conocer. Él conoce todas las cosas desde el principio, pero las conoce porque todo lo ha planeado para que acontezca como ha deseado. En realidad, si alguien tuviera el poder similar al que tiene el Todopoderoso, no tendría necesidad de tirar al azar nada, porque lo que desea hace. Él es perfecto, sin que haya que completarse en algo de lo cual carezca, en su plenitud habita y contiene sus características que nos dio a conocer por medio de la revelación escrita.
Adán recibió una orden para que no probara del árbol prohibido, pero para Dios ese mandato apareció como la ocasión para abrir el plan de redención que había ordenado desde antes de haber hecho al mundo (1 Pedro 1:20). Quizás este texto de Pedro sea el acicate suficiente para que veamos al Dios Eterno en sus planes que la teología ha dado en llamar decretos. Un decreto divino es un evento seguro por suceder, mientras que un mandato refiere a la norma susceptible de cumplir o desobedecer. Los mandatos aparecen para que el hombre transgreda la ley y objetive su culpabilidad, mientras que el decreto subyace detrás de la norma para que ésta cumpla su objetivo.
Dios había decretado el plan de redención con el Hijo. A esa actividad la teología ha llamado el pacto divino, de forma que comprendamos al Dios que habla en las Escrituras. Esa Divinidad se ha propuesto la salvación por gracia, en un acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo una actividad cooperativa que da la gloria al Hijo como Redentor de un pueblo escogido. El Dios de la creación ordenó todo bajo su palabra, demostró poder suficiente para hacer cuanto quería. Progresivamente se fue revelando y nos dio a entender que aún al malo había hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Nada escapa a su mano, de todo cuanto acaece en este universo creado.
Por un lado vemos la gloria de Dios, por el otro vemos el problema del pecado en el hombre. Un hombre caído yace muerto en delitos y pecados, con la muerte espiritual a cuestas; a ese ser humano le urge un renacimiento, la nueva vida, el trasplante del corazón. Se hace necesaria la instalación de un espíritu nuevo, lo que la Biblia ha dado en llamar el nuevo nacimiento o la circuncisión del corazón. El entendimiento humano se ha mostrado entenebrecido, sin poder discernir las cosas propias del Espíritu de Dios. La religión como sistema ha educado a zombies para que parezcan revividos, pero emana un hedor a sepulcro cuando uno se acerca a contemplar lo que sucede.
Y es que un ser religioso mientras esté muerto tendrá como locura lo que viene de Dios. Los fariseos antiguos fueron un clásico ejemplo de estos muertos en vida que blanquean sus sepulcros con actividades de la religión. Se demuestra que, si Dios no cambia el corazón de piedra por uno de carne, el hombre seguirá en tinieblas, incluso en tinieblas teológicas. El hombre falla al no escudriñar las Escrituras para encontrar la vida eterna, pero el examinarlas no sirve si no nos ayuda la fe de Cristo. Es un círculo cerrado, como Jesús lo expuso: Nadie va al Padre sino a través de él; pero ninguno puede venir a Cristo si no le es dado del Padre. El hombre natural fue sentenciado a muerte, por lo tanto no puede agradar a Dios.
La humanidad se ha alejado lo más que puede del Creador, con el transcurrir de los siglos. Si Dios no nos da su fe, su salvación y gracia, el hombre quedará relegado a deambular en círculos siguiendo su propio rastro. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Bueno, nuestra pequeñez en relación a la Divinidad refleja nuestra impotencia, la cual se define en la Biblia con la metáfora del barro en manos del alfarero. Somos barro, material moldeado al antojo del Creador; a unos ha hecho como vasos de misericordia, mientras a otros construyó como vasos de ira. Sin embargo, la masa con la que se nos hizo es de un mismo tipo, contaminada de pecado.
Así que en un principio todos nacimos iguales, en tanto estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás. Pero fue Dios quien por su gracia nos llamó en forma eficaz, de acuerdo al pacto eterno en el cual Jesucristo sería el Redentor, Dios-hombre y Mediador, el que recibiría toda la gloria. Nosotros, entre tanto, recibimos toda la gracia, todo el perdón, todo el favor inmerecido, pero muchos no salieron favorecidos con semejante bendición. Hay algunos que son llamados en el último momento de sus vidas, como el ladrón en la cruz. Otros lo son desde muy temprano, como Juan el Bautista en el vientre de su madre. Entretanto, el evangelio corre de nación en nación, para testimonio ante la humanidad, diciéndole a cada quien lo que Dios ha querido decir.
El pacto de Dios con Abraham nos ilustra su compromiso con cada uno de sus elegidos. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti (Génesis 17:7). Este pacto está ligado a la promesa de la semilla (Génesis 3:15), pues en Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo. La semilla espiritual acarrea bendición espiritual y eterna, por lo cual también se nos ha dicho que somos hijos de Abraham (nuestro padre de la fe). El hecho de creerle a Dios le fue contado por justicia a Abraham, así como Cristo dijo que la obra del Padre es que creamos en el que Él ha enviado (Juan 6:29).
Bien, pero los demonios creen y tiemblan, además de que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. ¿Acaso la voluntad del Padre no es que creamos en el Hijo? ¿Cómo es que creyendo en el Hijo alguien pueda ser echado fuera? En realidad ese creer resulta falso si no hemos sido enseñados por Dios y enviados a Cristo una vez que hemos aprendido (Juan 6:45). Creer en el Hijo implica saber sobre su persona y su obra, como bien lo escribió Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).
Conocer que Jesucristo es la justicia de Dios nos ayuda a comprender el asunto de la fe. Jesús rogó por su pueblo, por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (sus apóstoles); pero Jesús en esa misma plegaria al Padre no rogó por el mundo (Juan 17:9). Al dejar al mundo por fuera de su ruego lo dejó por fuera de la cruz. Su muerte fue para expiar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no para perdonar a ninguno de los que fueron ordenados para tropezar con él como la roca que es (1 Pedro 2:8).
Así que vemos por las dos citas de Pedro mencionadas antes que existió un plan eterno, lo cual puede denominarse un decreto divino. Adán tenía que pecar para que el Hijo se manifestara como Redentor; si Adán no hubiese pecado el plan de Dios hubiese sido frustrado (1 Pedro 1:20). Eso resulta inimaginable como posibilidad, así que todo va conforme a lo que la Escritura anuncia. Por otro lado, la muerte del Hijo para la redención se hizo en favor de su pueblo escogido, no en favor del mundo por el cual no rogó. Ese mundo dejado a un lado no fue amado por el Padre jamás (1 Pedro 2:8). Otra prueba de ello la da Pablo en Romanos 9, cuando refiere a la relación eterna del Padre con los gemelos Jacob y Esaú. Muchos responden a esta afirmación de las Escrituras en conjunción con el objetor de ellas: ¿Por qué, pues , inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad. Ese reclamo lo hace la gente que se amotina y desea romper las coyundas que Dios les ha puesto, pero ¿quién puede salir airoso de esa lucha inútil contra el Hacedor de todo? Teman a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno (Mateo 10:28).
César Paredes
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