LA ARROGANCIA DE SATANÁS

El sentimiento de superioridad de Lucifer lo llevó a la ruina, si bien conserva todavía el poder suficiente para dañar a la gente, en especial a los que le han sido entregados desde siempre. Sus relaciones con el mundo portan el sello distintivo del carácter imperial de su reino, con un trato distante y despreciativo hacia las personas. El adagio popular parece cierto: el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Los discípulos del maligno no se quedan por fuera de la esfera del evangelio, más bien se acercan con el ánimo de enturbiar la fuente. De esa manera vociferan que Dios quiere convertirse en su amigo.

El atractivo de su ofrecimiento trabaja como anzuelo para el pez que no distingue el peligro de la carnada. Las cosas que el oído humano desea oír son dichas por los maestros de mentiras; desde la asunción que pregona que el infierno no existe, ni es eterno, dado que Dios es amor y no se ocupará de castigos exagerados por la eternidad, hasta la proclamación de la oferta pública de que Cristo murió por todos, sin excepción. El diablo predica el anuncio acerca de que Jesucristo murió inútilmente en la cruz, dado que muchos de los supuestos redimidos terminan perdidos. Se vería como si el infierno se convirtiese en un monumento al fracaso del Señor, ya que él hizo su parte y la humanidad distante no hace la suya.

Muchas personas imaginan a un Dios que corre tras ellos, lo cual no puede ser sino en virtud de la arrogancia satánica sembrada en sus corazones. El mago de la botella ha salido y ofrece regalos al que le abrió la tapa, un Cristo que expió todos los pecados de toda la humanidad espera ansioso porque alguna alma caritativa se le acerque a darle las gracias. El evangelio se ha abaratado para que la gente no lo encuentre como palabra dura de oír, sino como la que calza en la estructura de su propia alma. En definitiva, la gente se ha vuelto como Dios, según la promesa del Génesis 3:5, de acuerdo a la proposición de Satanás ante los primeros seres humanos. La vieja proposición profética pareciera haber quedado anulada, la que afirma que Dios está airado todos los días contra el impío.

Tal parece que este estilo de reconciliación lo ha hecho Lucifer por su cuenta, con la reinterpretación del evangelio y con la persuasión a las masas a través de sus ministros. El disfraz de luz lo cargan todos los extraños que predican otro evangelio, el anatema señalado por Pablo. Ya Dios no odia a Esaú ni endureció el corazón del Faraón (Exodo 9:12-16), sino que éste se endureció solo y Esaú se perdió por su propia cuenta.  La Biblia lanza un alerta contra el falso evangelio, como se observa por la condena a los fariseos, los cuales mantenían una apariencia de piedad impecable, con una práctica religiosa reluciente y con un gran celo por el Dios del cual habían oído. Estuvieron ocupados yendo a sus sinagogas cada sábado, daban el diezmo de cada cosa que ganaban, se inhibían de idolatría y fornicación, jamás se les vio borrachos en las calles ni en sus casas. Pese a su práctica religiosa impecable, se les dijo que eran sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro, que no podrían huir de la condenación que les venía.

Lo que Satanás niega la Biblia lo dice a voces: que la humanidad no quiere ser amiga de Dios. Toda ella se ha desviado y se hizo inútil, tiene su garganta como sepulcro abierto, con veneno debajo de sus labios; una boca llena de amargura, sin temor delante de sus ojos. El relato reseñado en Romanos 3 ilustra acerca de cómo ve Dios la humanidad perdida. El Dios justo que ha sido descrito en las Escrituras no puede pasar por alto la transgresión humana, como para decidir en forma amistosa que no ha pasado nada en la relación con la humanidad. Al contrario, el Dios que es Juez justo siempre hará justicia, de manera que la paga por el pecado será siempre la muerte. La justicia que Dios aprobó fue Jesucristo mismo, el Cordero que no pecó jamás, sin mancha alguna, que cumplió la ley en forma total, el cual cargó en sí mismo todos los pecados de todo su pueblo.

Aquellos que buscaban a Dios por causa de la tradición de sus padres no lo hallaron. Lo hallaron los que no lo buscaron antes, lo encontró la nación que nunca pronunció su nombre, porque Él así quiso mostrarse ante ellos (Isaías 65:1). De esa nación somos nosotros, los que una vez estuvimos muertos en delitos y pecados pero que recibimos la vida cuando no teníamos esperanza. El príncipe de la potestad del aire sigue diciendo que Dios se amistó con toda la humanidad, lo dice para pervertir el evangelio y seguir gobernando el caos a través de la mentira teológica. Sin embargo, la verdad bíblica se demuestra en las páginas del libro que expone lo que significa el evangelio de Jesucristo.

Dios nos salvó por gracia (Efesios 2:5), nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo, pero nunca nos rogó ni nos suplicó que fuésemos sus amigos. Jamás envió mensajero alguno a pregonar el evangelio de mentira, el que dice que Cristo hizo su parte y Dios espera que tú hagas la tuya; el que proclama que nadie puede hacer nada por nosotros si no se lo permitimos, con el alegato de que el precio fue pagado pero que nosotros debemos levantar una mano, repetir una oración de fe, dar un paso al frente, etc. Al contrario, Jesucristo afirmó que ninguna persona podía ir hacia él si el Padre no lo envía; recalcó que aquel que el Padre le envía ya ha sido enseñado por Dios y ya ha aprendido de él. Que el Espíritu es quien da vida y produce el nacimiento de lo alto, sin mediación de voluntad humana alguna. Agregó el Señor que los que no vienen a él no pueden hacerlo por cuanto no son de sus ovejas (Juan 6:44 y 10:26).

De suma importancia resulta conocer el objetivo de la salvación. Si bien la redención tiene sus beneficiarios -las personas redimidas-, la gloria de Dios toma el presupuesto mayor. La gloria de Cristo supera el objetivo de la redención, ya que somos salvados para darle gloria al Hijo. El plan de Dios fue hecho antes de la creación, de acuerdo a lo que dicen las Escrituras (1 Pedro 1:20), así que el Cordero preparado para tal fin tenía su gloria y retomó una mayor, la de ser el Redentor de muchos hermanos. La Biblia ha sido enfática: no depende del que quiera, ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla; pero endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9: 16 y 18).

Feliz el hombre perdonado y cuyos pecados son cubiertos, ya que ése ha pasado a ser amigo de Dios. Recordemos a Judas Iscariote, quien estuvo varios años como discípulo del Señor, aprendiendo de sus enseñanzas y probando sus milagros. De nada le sirvió para su alma, ya que él había sido escogido como hijo de perdición, como un diablo, sobre el cual se dictó un ay por lo que le vendría. ¿Desea usted la relación que Dios tuvo con Judas Iscariote? Supongo que en absoluto. En cambio, los que el Padre ha elegido desde el principio, para alabanza de su gloria, no seremos juzgados porque fuimos declarados justos y justificados en la justicia de Dios que es Jesucristo. Formamos parte del pueblo que vino a redimir, de acuerdo a lo expresado en Mateo 1:21. Hemos sido enviados por el Padre al Hijo, el cual no nos echará jamás afuera.

Esa amistad con Dios pasa por la enseñanza del Padre, por asumir el evangelio de Cristo, por conocer la vida y la obra del Señor que invocamos. No podríamos haber invocado el nombre de quien no conociéramos, así que fue necesaria la predicación del verdadero evangelio. No hay salvación automática sino certera, ya que Jesucristo murió específicamente por su pueblo representado en la cruz. Su salvación alcanzada no fue potencial, por toda la humanidad, sino actual y en beneficio de todo su pueblo. Por la sangre de Cristo tenemos relación con Dios, hemos recibido el perdón de pecados, por igual tendremos eterna gloria en los cielos.

Hermoso texto sacado de la Escritura: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Eso de ser hecho pecado supone una imputación, mas no por adquisición del carácter de pecador. Los pecados de todo su pueblo fueron transferidos hacia él, quien los llevó a su propia cuenta. Se cumplió lo dicho por Isaías, que llevaría nuestros pecados y transgresiones; fue molido por ellos pero por causa de nosotros. Haberse convertido en pecado parece más fuerte que cargar con el pecado de otro, pero Jesucristo fue hecho pecado por causa de todo su pueblo. Gran envergadura encierra esa frase bíblica, la cual no podemos descuidar o dejar a la negligencia. La justicia de Dios lo trató en forma severa, al punto en que el Padre mismo lo abandonó en el Calvario. Pero ese pecado en el Hijo lo fue solo en virtud de la imputación de pecado, mientras a cambio, la justicia que habita en su pueblo reposa solamente en virtud de habérsenos imputado. Así que el Hijo, que no tenía pecado alguno, asumió por imputación nuestros pecados; nosotros, que no teníamos justicia en lo más mínimo, la poseemos por imputación de Dios hacia nosotros.

La arrogancia de Satanás le dice al mundo que todos tienen la justicia de Cristo, ya que el Cordero murió por todos, sin excepción. De otra manera Dios no sería justo, así que todo depende de tener un poco de voluntad para seguir a ese Cordero. Pero eso no es más sino una oculta blasfemia, que no por escondida no se pueda ver; más bien, el alma avezada la descubre y la condena por el maltrato que sugiere ante la faz de Cristo. La sangre del Señor no puede ser pisoteada ni subestimada, habiendo alcanzado todo aquello por lo cual fue derramada. El sacrificio de Jesucristo como Cordero se hizo en forma perfecta y completa, así que reclama todo su fruto por el cual fue hecho. Todo el mundo cuyos pecados fueron expiados conforma el beneficiario total de ese sacrificio. Ni uno más ni uno menos, pero todos sus miembros alcanzarán ese beneficio a través del llamamiento eficaz del evangelio, por lo cual no callamos el anuncio de la promesa.

Hemos llegado a ser la justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21), lo que se desprende del hecho de que Jesús murió en favor de su pueblo, conglomerado de personas por el cual agradeció la noche antes en el Getsemaní. Aunque Satanás predique la mentira de la expiación general o universal, Jesús no rogó por el mundo que nunca vino a salvar (Juan 17:9). Esa es la arrogancia y la falacia con la cual Satanás engaña, en su rol de espíritu de estupor enviado a los que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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