Pablo afirmó que ya estamos sentados en los lugares celestiales (Efesios 2:6-7), en la figura de la entrada de Cristo a los cielos. Jesucristo tomó posesión de todo su pueblo, el que fue amado desde antes de la fundación del mundo; de esta manera la Biblia habla del amor eterno del Padre, el cual nos prolonga su misericordia. En esos cielos nos prepara un lugar, un refugio o habitáculo para cada uno de los elegidos, por lo cual ya estamos sentados en esos espacios. Honor, placer y reposo, un sitio escogido para cada uno de sus hijos, junto con Jesucristo.
Esa afirmación apostólica habla de la certitud de ese hecho, en virtud de que el Señor nos representó en el madero. Al habernos amistado con el Padre, aquel amor eterno fluyó sin detención, continuará fluyendo hasta obtener la redención final. Nuestro estatus hace referencia a un linaje escogido, a un real sacerdocio, a la amistad con Jesucristo, por la benevolencia de su trabajo consumado. ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién nos condenará por algún pecado? El Espíritu habla a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, para que no nos olvidemos de nuestra ciudadanía.
Ciudadanos de los cielos y extranjeros para el mundo, seguimos en vida bajo el atropello de los que nos odian. Esa realidad forma parte de nuestra persecución diaria, continua, como fiel reflejo de que el mundo odia a Cristo y ama lo suyo. Por esa razón amamos al Señor y aborrecemos el mundo, si bien anunciamos el evangelio en obediencia a nuestro mandato recibido, para que el resto de los elegidos llegue al conocimiento pleno de la verdad. Los réprobos en cuanto a fe no se salvarán, sino que recibirán más castigo por haber oído la verdad y haberle mostrado repudio.
La Biblia asegura que Dios envía un espíritu de estupor (engaño) para aquellos que se deleitan en la mentira y no sienten amor por la verdad; pero a nosotros nos ha dado el Espíritu de verdad, para que nos recuerde todo aquello que Jesucristo enseñó. La doctrina de Jesús es el cuerpo de enseñanzas en la cual se esmeró en prodigarnos por medio de sus apóstoles. Los escritores bíblicos recogieron lo que en la providencia divina les fue mostrando, respecto a las riquezas espirituales con las que fuimos favorecidos.
Muchos falsos maestros han salido por el mundo para enseñar falsas enseñanzas, de manera que el camino de la verdad sea blasfemado. Los falsos Cristos intentarán engañar a muchos, si fuere posible, aún a los escogidos. No les será posible jamás, ya que las ovejas del buen pastor le seguimos sin nunca irnos tras el extraño, puesto que desconocemos su voz (Juan 10:1-5). El futuro condicional de esa frase de Jesús en Mateo 24 (si fuere posible) revela que se refiere a un hipotético por naturaleza gramatical imposible, ya que nuestra elección firme se sujeta al amor eterno del Padre. Sin embargo, debemos estar alertas y vigilantes para denunciar el engaño de los apóstatas, de los maestros de mentiras, de forma que por nuestras palabras brille más la enseñanza de Jesús.
Jesús salvará a los que le obedecen, dice el autor de Hebreos. Sin duda, él mismo dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos. Pecar forma parte de nuestra condición natural, como bien lo ilustró Pablo en Romanos 7; estamos vendidos al pecado (verso 14), una ley en nuestros miembros nos da a entender que el mal todavía mora en nosotros (verso 18, 20, 23). Por esta razón, el apóstol Juan en una de sus cartas nos asegura que si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Si confesamos nuestros pecados, él (Jesús) es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él (Jesús) mentiroso. Pero ya el creyente no practica el pecado, una verdad que nos alienta (1 Juan 3:9).
El Espíritu se contrista dentro de nosotros si pecamos y no nos apartamos de esa mala actitud y conducta, para hacernos sentir mal en nuestro interior. Por esa razón Pablo escribió que no podíamos vivir más en el pecado (Romanos 6): ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera… Hemos muerto al pecado, pero todavía estamos en el mundo y tenemos raíces heredadas de Adán. El pecado no genera la gracia, sino la ira de Dios; solamente que Dios quiso magnificar su gracia ordenando a su Hijo como Redentor de todo un pueblo escogido. Así que no provoquemos a ira a nuestro Dios, como si mientras más pequemos más gracia obtendremos, ya que su ira se enciende y azota a todo aquel a quien tiene por hijo.
No caminemos como los muertos en el pecado, sino andemos como los que hemos muerto al pecado. Hemos sido santificados (separados del mundo), por lo tanto el pecado no es más nuestro negocio, aunque a veces solemos caer por su atractivo y por las raíces naturales que todavía nos vincula a esa oscura realidad (Romanos 7). Precisamente, por estar muertos al pecado podemos darnos cuenta de lo horrendo que es pecar. El mundo peca en forma habitual y apenas siente dolor por el castigo social o privado que sus malas acciones generan cuando son descubiertas; tal vez alguno puede tener remordimientos de conciencia, como le sucedió a Judas Iscariote. La información sobre la vida cristiana puede generar remordimiento en aquel que comprende y gusta un poco las cosas celestiales, pero jamás podrá aborrecer el pecado como aquel que ha muerto al pecado mismo.
Ciertamente, las cosas concernientes al Espíritu de Dios han de ser discernidas con ese Espíritu, pero el mundo no lo tiene y por lo tanto no comprende los asuntos y negocios de Dios. Para el mundo resulta una locura que un creyente rechace ciertas oportunidades lujuriosas, económicas, de provecho temporal, en nombre de la fidelidad a Jesucristo. La burla puede surgir de momento contra el creyente que se aparta del mal, pero el hijo de Dios suele comprender que el amor de Dios lo ha embargado de tal manera que ahora desea agradar al Señor. Eso ha de verse como un claro indicio de haber muerto al pecado.
Vivir en el pecado significa seguir los dictados de la naturaleza corrompida y pecaminosa. Podemos caer pero seremos sostenidos de nuevo por el Señor, de muchas maneras, hasta lograr mortificarnos por las caídas sucesivas. El mundo, por el contrario, siente las delicias del pecado y las computa como ganancia. Su fin será la muerte del espíritu, la condenación del alma, la pérdida en la vanidad de la vida. Muchos caminos le parecen buenos al hombre del mundo, pero su fin es de muerte; el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Sí, Satanás es todavía el príncipe de este mundo, si bien Dios redime a sus elegidos por medio de la predicación del evangelio de verdad.
Como Dios es eterno y no se afecta por el tiempo, para Él ya todo está consumado de acuerdo a sus planes inmutables. Por esa razón Pablo escribió que estamos sentados en los lugares celestiales, con Cristo Jesús. La próxima vez que seamos enredados en la tentación o en la caída, contemplemos esa frase apostólica para sacarle el máximo provecho. Dios ya nos ve junto a Cristo en los cielos, para que corramos a sus brazos y nos lavemos los pies porque ya fuimos limpiados en la sangre del Hijo.
César Paredes
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