El salmista le dice a Jehová que considere su gemir, cuando de mañana se presente para esperar a Dios. Nuestro Dios no se complace en la maldad, si bien azota a todo el que tiene por hijo; a veces nuestras penas vienen como parte de alguna corrección, para alejarnos de la impiedad y de la compañía íntima de los impíos. David insiste en que el malo no habitará junto a nuestro Dios, por causa de su insensatez. Esto deriva en una primera síntesis: la sensatez debe ser el factor común en cada creyente. El conocimiento del siervo justo impera para poder ser justificado (Isaías 53:11). Por supuesto, acá estamos claros en que tal conocimiento de ese siervo viene como consecuencia del nuevo nacimiento.
Podemos oír acerca de Jesús, de su obra en la cruz, pero, si hemos sido movidos por el Espíritu Santo para creer en ese Redentor, de seguro su guía a toda verdad nos coloca en la comprensión de las enseñanzas del Señor. Ese siervo justo vino a traer la justicia perpetua a todos los que representó en la cruz, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que hubo un sentido específico para colocar el nombre al niño por nacer, ya que con ese nombre identificaríamos su oportuno y cierto trabajo: salvar a su pueblo de sus pecados. Judas quedó por fuera de esa expiación, como también quedaron de la misma forma Caín y el Faraón de Egipto. Cada réprobo en cuanto a fe tiene su condenación cierta, pero cada oveja irá al buen pastor en el día de su llamamiento eficaz.
Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad, por igual destruye al que habla mentira. Esa mentira viene como concepto amplio, de forma que podemos incluir en ella la mentira doctrinal. Quizás esta sería la mayor estafa, el discurso de los falsos maestros. Claro está, estos son los guías de ciegos que llevan a perdición como pastores del rebaño de cabras. Nosotros, los redimidos, miramos al santuario donde mora el Señor, en cada corazón del creyente.
El salmista ora para que Dios lo continúe guiando en su justicia, ya que posee muchos enemigos. Nuestros enemigos son numerosos, como numeroso es el pueblo de Satanás. Él es rebelde y contradictor, se opone a todo lo que tenga que ver con el Dios de las Escrituras; pero para eso él fue levantado, con el propósito de llevar a cabo una obra maligna que en alguna medida glorifica el nombre del Señor. En realidad el Señor venció a Satanás en la cruz, de manera que exhibió su éxito ante las potestades espirituales y llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8; Colosenses 2:15). El castigo eterno es parte de la recompensa que tendrán los impíos que se gozan en la mentira, desdeñando la verdad.
En la boca de nuestros enemigos no hay sinceridad, sino que su garganta es un sepulcro abierto (Salmos 5:9; Romanos 3:13). David pide castigo para ellos, nosotros debemos unirnos con la misma intención. La venganza no nos pertenece, pero sí que nos ocupa la tarea de la oración. Existe una justicia poética a lo largo de la Biblia, en los Salmos se puede contemplar con insistencia (caigan en sus propios lazos). Acá dice el salmista que caigan en sus propios consejos (Salmos 5:10). Lo que traman les acontece, sus trampas se revierten, sus espadas entrarán en sus mismos cuerpos.
El impío cava un hoyo pero en él caerá, la horca preparada para Mardoqueo sirvió para colgar al perverso Amán, el instigador. Sucede con frecuencia que nos incomodamos porque nos parece retardado el momento en que nuestros enemigos serán consumidos, queremos celeridad pero Dios nos muestra que Él también ha soportado con paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira (Romanos 9: 22). Que sus consejos se conviertan en sus ruinas, en locuras que les vendrán como justicia poética. El que no posee la justicia de Dios que es Jesucristo, caerá en sus pecados de manera perpetua, siendo depositado en el fuego que no se consume. Allí será el lloro y el crujir de dientes, allí no habrá esperanza sino que la ira divina será derramada sin alivio.
Los que se burlan de la idea del infierno deberían pensar con reflexión; ¿acaso no sufrimos a veces cuando tenemos una pesadilla? Es un simple sueño pero nos despertamos sofocados, angustiados solamente por haber soñado algo terrible. Ese gran susto aconteció en nuestra mente, sin que tuviésemos conciencia de nuestro cuerpo, por lo cual sabemos que Dios puede hacer permanecer en la angustia del fuego a cualquier mente o alma creada. Pero hay más, Jesucristo nos dijo que temiéramos a aquel que tiene el poder de echar nuestros cuerpos y nuestras almas en el infierno de fuego (Mateo 10:28).
Sucede, sin embargo, que dentro de la variada gama de apostasía que existe hoy día está la negación del infierno de fuego. Diversos son los argumentos que se dan en contra, pero la realidad está pavimentada con palabras de Jesucristo. Ese mensajero del amor de Dios vino a traer juicio a esta tierra, a advertirnos del castigo por venir y a salvar a su pueblo de sus pecados. Todos aquellos que se extravían al no permanecer en la doctrina de Cristo, caminan sin Dios y su rumbo será de perdición (2 Juan 1:9-11).
Como contrapartida del malestar generado por los impíos, el salmista nos llama a la alegría por la confianza en el Señor. Nos dice que demos voces de júbilo para siempre, por la sencilla razón de que Dios nos defiende. ¿Cuántas veces no hemos sido librados del lazo del cazador? Hemos sido favorecidos a pesar de la lengua de los impíos, hemos recibido el favor de la protección del Dios Eterno, como si fuese nuestro escudo, por haber recibido el beneficio de la justificación.
¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). El creyente se tiene como vencedor por medio de aquel que lo amó. No existe mayor amor que el que un amigo nos haya dado su vida por nuestros pecados, así que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39).
César Paredes
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