ELECCIÓN Y SALVACIÓN

Un ligamen estrecho existe entre salvación y elección; todos los elegidos alcanzarán salvación, pero sin elección no habrá redención. Esta presunción de causalidad no tolera que el elegido ande abandonado en el pecado, sino que garantiza los medios para el fin propuesto. La Biblia asegura que no existe otro camino para llegar a Dios, sino Jesucristo; al mismo tiempo, el Evangelio resulta imperativo para poder llegar a creer en quien hay que invocar. No podemos invocar a quien no conocemos, ni lo conoceremos si no se nos predicado de él. Un círculo aparece en esta cadena de causas y efectos, los medios para un fin.

La persona religiosa supone mal cuando cree que la predestinación tolera el pecado. La elección no muestra injusticia en Dios, sino que lo coloca como soberano absoluto de todo cuanto ha creado. Dentro de la economía de la salvación, el desperdicio de la sangre de Cristo no se tolera. Un Dios perfecto ha creado incluso al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y permanece airado todos los días contra el impío (Salmos 7:11). El hombre impío peca a diario, vive en la carne y odia a Dios (al verdadero Dios); mientras tanto Dios sigue siendo justo en su naturaleza y su aversión al pecado resulta una constante. Pese a su ira no siempre la manifiesta, ya que soporta con paciencia los vasos de iniquidad preparados para ira y destrucción perpetua (Romanos 9:22), debe tomarse como cierta la afirmación de que su ira se evidencia contra toda injusticia entre los hombres. El silencio de Dios no anula su odio contra la impiedad y contra los impíos irredentos que se muestran separados de su justicia.

Hemos sido predestinados de acuerdo al propósito de Dios, el que opera todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Nos aguarda una herencia incorruptible, porque el propósito o designio divino no puede ser frustrado en lo más mínimo, ya que su soberanía permite el control absoluto de todas las circunstancias que nos circundan, todo lo cual ha sido ordenado de acuerdo a su voluntad. El más pequeño átomo del universo no actúa en forma azarosa, sino que permanece dominado bajo la voluntad divina.

Los seres humanos hablamos de azar, un eufemismo para designar las variables que desconocemos. Pero Dios no solamente conoce todo sino que ha ordenado cada evento según el designio de su voluntad. Esa idea del Dios absoluto nos suena extraña en un mundo obligado a tomar decisiones a diario, con personas que se arrogan una libertad que no existe. Sin libre albedrío, dicen los de la religión, no puede existir responsabilidad. La Biblia afirma lo contrario: frente a un Dios Todopoderoso la criatura debe sujeción a su Creador. ¿Dónde estabas tú cuando Dios creaba el Universo? ¿Te consultó en alguna manera para traerte a este mundo?

El fin de la predestinación consiste en que seamos para alabanza de la gloria divina (Efesios 1:12), en su gracia y bondad, de manera que se nos adopte como sus hijos, perdonados en Cristo, justificados por medio de la fe dada a nosotros (Efesios 2:8), el nuevo nacimiento y la salvación final y eterna. Todo de gracia, nada por obras, no vaya a ser que nos gloriemos en nosotros mismos. Por esa razón el creyente realiza todas sus actividades con el fin de darle gloria al Señor, bajo el conocimiento de su Evangelio.

Resulta imposible que el verdadero creyente desconozca el Evangelio de Jesucristo. En el nuevo nacimiento el Espíritu viene a morar en nosotros, como una garantía de la redención final. Esa Persona nos conduce a toda verdad, no nos deja huérfanos ni en la ignorancia de la buena noticia. Por lo tanto, se deduce que el verdadero creyente no confesará jamás un falso evangelio ni seguirá al extraño (Juan 10:1-5). En ese sentido, cobra vigencia la palabra de Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo puede alguien ser justificado si ignora a ese siervo justo?

Resulta lógico entender que el incrédulo no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura. Pero el creyente tiene ese Espíritu y puede discernir todo lo concerniente al Altísimo, de manera que la confesión de un falso evangelio lo delataría como un falso creyente. Así que resulta imposible seguir al extraño, como imposible el que el hombre de pecado engañe a los escogidos. En cambio, los que se profesan creyentes en forma externa no aman la verdad, por lo cual Dios les envía un espíritu de estupor o engaño para que crean a la mentira y terminen de perderse.

Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, pero en esa locura está el contenido de la elección o predestinación. A algunos esto les parece injusto, incluso han tratado a Dios de diablo o de tirano; otros aseguran que la predestinación no es otra cosa sino el descubrir de Dios al mirar en el tiempo, viendo quiénes eran los que iban a recibir a su Hijo. Esto contradice la Escritura, pues ella asegura que Dios miró entre los hombres para ver si había algún entendido que lo buscara y encontró que ninguno lo buscaba, que no había justo ni siquiera uno solo, ni quien hiciera lo bueno; todos estaban muertos en sus delitos y pecados, excepto aquellos a quienes Él ha otorgado nueva vida en Cristo.

Los que primero esperaron en Cristo fueron los miembros del pueblo de Israel, a quienes se les había anunciado en el mundo antiguo que vendría el Mesías. Cuando Cristo vino a ellos algunos lo recibieron con alegría y esperanza, los cuales también son llamados elegidos o predestinados. Pero muchos lo rechazaron y en esa caída vino la apertura para el mundo gentil o pagano. A aquellos judíos de antes fue predicado el Evangelio, para beneficio de los que creyeron. Esto quiere decir que no confiaron más en su propia justicia sino en la de Cristo, que comprendieron que la ley no pudo salvar a nadie sino que ella llegó a ser el Ayo que lleva a Cristo. Por medio de la ley se comprende el pecado, de forma que el hombre entenderá que no puede cumplirla en todos sus mandatos. La maldición que de ella deriva cae como una roca que sepulta el alma, a no ser que el individuo comprenda la enseñanza del Padre: que Jesucristo es la roca sobre la cual hay que caer, para que ella no nos caiga encima y nos aplaste.

Cristo es la justicia de Dios que justifica al impío, pero los maestros de mentiras enseñan a un Cristo universal que está deseoso por salvar a cada criatura humana, sin excepción. De esa manera exhiben a un Mesías frustrado porque la criatura humana no lo recibe, por lo cual muestran ignorancia de las Escrituras que dicen que el Señor no rogó por el mundo sino solo por su pueblo: los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17).

Nosotros, judíos y gentiles, hemos llegado a creer y confiar en esa justicia llamada Jesucristo. La promesa del Evangelio corresponde a todos los que el Señor llame en forma eficaz, para que seamos participantes de una misma salvación. Nadie podrá jactarse en la presencia del Señor, como si acertó mejor que su vecino, como si Dios lo hubiese llamado por mirar en cualidades positivas que poseyese. Desde la perspectiva humana hemos tenido suerte (Efesios 1:11, versión antigua de la Biblia). Ahora se habla de herencia, lo cual no está mal si tomamos en cuenta que los términos suerte y herencia refieren a los turnos del sacerdocio antiguo. Una palabra que porta dos significados, pero cuyo étimo nace del nombre de una piedra pequeña que se usaba para lanzar la suerte de esos turnos. Por lo tanto, nosotros tuvimos la suerte de que Dios nos hubiera predestinado para salvación en Cristo. No decimos que Dios echó suertes, sino que desde nuestra óptica esa gracia y herencia dadas son una verdadera suerte que nos ha tocado.

De nuevo insistimos, el que hizo el fin dio también los medios. Una persona predestinada para salvación lo está por igual para que oiga el verdadero Evangelio. No puede el falso evangelio redimir a una sola alma, así que los que se ufanan de haber militado en el evangelio del extraño (una teología contraria a la enseñada por Jesús) y de haber sido salvados desde entonces, nada han entendido de la relación de la causa con el fin. La palabra de la salvación es la que enseñaron los apóstoles junto a su Maestro, no la que tuercen aquellos para su propia perdición.

Conocer el verdadero Evangelio viene como fruto necesario de la regeneración que da el Espíritu de verdad: no puede ese Espíritu de verdad dar un fruto de una doctrina de mentira. Por lo tanto, el Señor manda a arrepentirse de las obras muertas, exigiendo la permanencia en su doctrina para evitar el extravío. El que se va tras el extraño no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11; Juan 10:1-5). Esa claridad con la cual habla la Biblia conviene tenerla presente para poder juzgar los espíritus y ver si son de Dios. El que no muestra este fruto del árbol bueno, no ha nacido de nuevo.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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