EL BUEN PASTOR

Jesús se definió a sí mismo como el buen pastor, el que pondría su vida por las ovejas (Juan 10: 11,14-15). No existe mayor amor que ese, que alguien ponga su vida por sus amigos, por lo tanto se nos recomienda amar a la esposa de la manera como Cristo amó a la iglesia, hasta entregarse a sí mismo por ella (Efesios 5:25). En la oración realizada en el huerto de Getsemaní Juan nos asegura que el Señor no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de esos primeros creyentes. ¿Cuál es la razón de no rogar por el mundo? La eficacia del trabajo de Cristo representa un principio fundamental dentro de la economía divina.

La sangre del Señor no fue derramada en forma inútil, como los amantes de la expiación universal reclaman. La Biblia habla de la doctrina de la predestinación para salvación, de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo. Se nos anuncia al Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado, para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). También nos expone de forma explícita acerca de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Estos fueron preparados para la gloria de la ira de Dios (Romanos 9: 17).

Cuando Pablo diserta sobre el asunto de comer de todo, cosa que molestaba a los débiles en la fe, escribe que si el hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. Es decir, no se debe hacer que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió (Romanos 14:15). Acá no se habla de destrucción perpetua, como si entristecerse por asuntos de alimentación condujese al infierno de fuego. Sino que la malicia no debe aparecer en el corazón de nadie en la iglesia, ni el deseo de perturbar al hermano en asuntos de preferencias de alimentos. Uno se puede perder de tristeza, consumir de dolor, por causa de los que en la iglesia juegan un rol de superioridad espiritual. Pero eso no implica perdición eterna, en ninguna manera. El pueblo especial del Señor, el que él vino a rescatar en la cruz, no puede perecer eternamente. De la misma forma, cuando en el Nuevo Testamento se habla de salvación, no siempre se hace referencia a la salvación eterna.

Por ejemplo, la mujer se salvará si engendra hijos. Si eso se refiriera a la salvación eterna, entonces sería una redención por obras, por medio del parto. ¿Qué pasaría con las mujeres estériles por las cuales murió Cristo? El contexto urge para poder comprender el sentido de los términos. De igual forma, otras palabras generan incomodidad al ser descontextualizadas: mundo, todo, etc. Un ejemplo que puede mostrar lo que decimos, y encontrado en la Biblia, sería: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). Pero los romanos no se iban tras Jesús, ni los países circunvecinos de Judá, como tampoco los mismos fariseos que hablaban. Es el uso de una hipérbole lo que da como resultado este tipo de construcciones lingüísticas, para mostrar la importancia enorme que Jesús cobraba en esos momentos. Otra frase similar: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. La iglesia pertenece a Cristo y no está regida por el maligno, aunque está en el mundo (1 Juan 5:19). Volviendo a lo dicho por Pablo a Timoteo, descubrimos que hay salvación social, emocional, económica, de muchos tipos: la mujer se salvará engendrando hijos (1 Timoteo 2:15).

No deberíamos imaginar siquiera que algún creyente en Cristo, redimido por el Señor en la cruz, pueda perderse. Dios no enviará al infierno a quienes ha amado eternamente, así como no sufrirá por aquellos que tiene destinados para la muerte eterna. El caso de Esaú lo demuestra, no dijo Pablo que Dios estaba triste al pensar que Esaú estaba destinado a perdición. Al contrario, esa fue su voluntad desde antes de que fuera concebido (Romanos 9). Nuestro Dios no nos ama un día y otro día nos odia, como tampoco odia en un momento y ama al siguiente. El amor por Jeremías lo definió Jehová como eterno, mismo amor que tiene por cada uno de sus escogidos.

El Señor conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre; ellas le conocen a él y lo siguen. Jamás se irán tras el extraño, porque ya no conocen la voz de los extraños. El extraño es el del evangelio diferente, el maestro de mentiras, el falso profeta, el que dice paz cuando no la hay. Todo aquel que profesa una doctrina diferente a la enseñada por Jesucristo, se tiene como extraviado, sin el Padre y sin el Hijo; ¿cómo podrá tener al Espíritu? (2 Juan 1:9-11).

Todos aquellos que hemos creído el Evangelio de salvación que está condicionado en la sangre del Hijo de Dios, cuya justicia nos fue imputada, poseemos un mensaje de confort. Esto forma parte de su gracia eterna, ya que todo el proceso de salvación (desde nuestra regeneración hasta la gloria final) se afianza solamente en el trabajo realizado por Jesucristo. Su célebre frase dicha en la cruz, Consumado es, agranda la esperanza de cada redimido. Lo que Dios hizo se tiene por perfecto, sin que se le pueda quitar un ápice ni aumentar en alguna medida. ¿Quién puede deshacer lo que Jesucristo hizo?

La culpa y la condenación por el pecado han sido removidas en la cruz, lugar donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. ¿Quién puede desclavarla? ¿Con qué martillo se podrá superar la intensidad del perdón divino? Nunca más estaremos bajo la ira divina, nunca más bajo su maldición. La paga del pecado es la muerte, pero para nosotros hubo una dádiva superior al castigo: la vida eterna en Cristo Jesús. Si miramos la Escritura desde esta óptica, la del perdón otorgado a cada uno de los escogidos de Dios, ella será miel a nuestro paladar. Nuestra motivación se agiganta hacia la obediencia, en la búsqueda de la gloria eterna. Sabemos que no podemos añadir a esa meta nuestro esfuerzo, porque ya el trabajo fue enteramente consumado; pero sí que podemos procurar nuestra santificación (separación del mundo), haciendo morir lo terrenal en nosotros. Tenemos gratitud por lo que el Señor hizo, de manera que nuestras buenas obras en esta tierra buscan ofrendar en forma fragante al Todopoderoso; jamás buscarán aplacar su ira (que ya no existe contra nosotros).

El que no ha creído el Evangelio de Cristo no puede comprender la dimensión de esta verdad que anunciamos; para el creyente lo acá dicho puede ser tenido como una palabra de aliento, en medio de estos sequedales de verano que se manifiestan en el pavimento del mundo. Los falsos Cristos, los falsos profetas, los maestros del engaño se multiplicarán en forma notoria en los días finales. Pero no les será posible a ninguno de ellos arrastrar a ninguno de los que fuimos redimidos en la cruz del Calvario, así que solamente engañarán a aquellos a quienes les será enviado el espíritu de estupor, por cuanto no tienen amor por la verdad.

No se trata de que nuestro talento sea el que nos saca del engaño y de la trampa del enemigo, sino de la preservación que tiene el Todopoderoso en favor de su pueblo. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Las doctrinas del Evangelio, que son todas dignas de conocer, vienen como sustento y verdad para los que seguimos a Jesucristo. Nunca vamos a decir como algunos dicen: “Otra vez el tema de la soberanía de Dios”. No lo diremos porque esa es la temática principal de las Escrituras, pintarnos a un Dios soberano en forma absoluta, el que hace todo posible, el que puede enviar cuerpo y alma al infierno pero que por igual puede justificar al impío.

Nunca cesarán nuestros labios de anunciar esa ciencia y entendimiento que emanan de la palabra de vida, todo lo cual fue divinamente inspirado a los santos hombres de Dios. De la manera como Jehová colocó a David para que apacentase a Israel, lo hace con nosotros hoy día. Tenemos la Escritura en forma completa, y ahora no conocemos solo en parte sino en forma total. Por supuesto, conocemos lo que se nos ha revelado, el consejo de Dios suficiente y necesario para que seamos apacentados con entendimiento. Ya no estamos más bajo el engaño de los falsos evangelios, ni tampoco pertenecemos a los que engañan con vanas palabrerías y huecas sutilezas.

Sepamos y digamos una vez más, que no seguimos al extraño porque hemos oído la voz del buen pastor (Juan 10:5). Esas son palabras de Jesucristo, dignas de tenerlas por ciertas, aunque multitudes caminen por los senderos del delito espiritual. La gracia preservativa de Dios hace imposible que una sola de sus ovejas llamada por su nombre pueda seguir al extraño.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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