EL DOMINIO SOBRE LO CREADO

John Wesley, el fundador del Metodismo, aseguraba que Jehová era peor que un diablo, alguien semejante a un tirano, solo si se tenía en cuenta la doctrina de la reprobación incondicional. Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores calvinistas, abjuró del Espíritu Santo, ya que aseguraba que él se rebelaría contra quien pusiera la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Resulta indudable que Pablo colocó esa sangre ante los pies del Señor, por mandato de la inspiración del Espíritu Santo. Acá tenemos a dos representantes de dos doctrinas tenidas por antagónicas, pero con el denominador común del espanto por la revelación bíblica. La doctrina de la reprobación es una de las más odiadas de las Escrituras, si bien aún continúan en sus páginas desde Génesis hasta Apocalipsis, como un testimonio del Dios Soberano.

El Metodismo fue fundado por Wesley, de donde salió la corriente del Perfeccionismo. De esa rama surge el Movimiento de la Santidad, corriente que generaría en 1900 el sistema de la religión pentecostal, como la conocemos hoy en día. Se puede observar que nada bueno brota del falso evangelio, si bien muchos hombres de religión tienen por verdad sus enseñanzas de mentira. La soledad de Elías junto a la pregunta de Isaías, se unen al deambular en el desierto de Juan el Bautista: ¿Solo yo he quedado? ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Voz que clama en el desierto. Pero el que dirige esa orquesta es el Señor, el cual ha dicho: No temáis, manada pequeña…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Jacobo Arminio había dicho con anticipación a estos célebres del protestantismo que la doctrina de la soberanía de Dios (elección, reprobación, etc.) era absolutamente repugnante. Bien, los seguidores de su fe se han unido a los aparentes opositores de su tesis (la mayoría de los calvinistas) en un solo cántico: la reprobación debe ser reinterpretada. Presentar a Dios como quien odia a Esaú, sin mirar en sus obras buenas o malas, resulta muy antipático para las masas de la religión. Conviene darle giros al asunto, respuestas diferentes ante los dos lados de la moneda: elección y reprobación. La gente huye espantada frente a un Dios que se presenta como soberano absoluto, de manera que el libre albedrío humano viene en auxilio apaciguador para que las masas sientan un poco de solaz ante la declaratoria bíblica.

Muchos son los doctos que se sientan a esgrimir tesis diversas en torno al tema. Ellos se erigen como argumento de autoridad, su capacidad intelectual los hace célebres y tienen seguidores por miles. Pero la Escritura no se borra, continúa como una piedra fósil que cuenta historias contundentes creídas solo por un público menor, la misma gente que sigue preguntándose al igual que Elías si solo ellos han quedado ante el Señor. Hemos de decir que el amor de Dios se manifiesta en forma más acentuada frente al odio que sostenido por aquellos sobre quienes cae su ira por el pecado, por la incredulidad y que son objetos del despliegue de su poder. Figuras de lo que decimos aparecen en la Biblia, quizás su mejor emblema lo constituya el Faraón de Egipto, un ejemplar réprobo en cuanto a fe que se suma a las filas de todos los otros réprobados cuya condenación no se tarda.

El final de los impíos se comprende cuando uno entra en el Santuario de Dios y asimila su destino. El Señor los ha puesto en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados sus rostros por siempre (Salmo 73:17-18). Sabemos que Jehová ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor opera (trabaja) al impío para el día malo, dice la Vulgata Latina. Jehová llamará al réprobo plata desechada, porque Jehová lo desechó (Jeremías 6:30).

Las naciones tenebrosas son levantadas por Jehová, como aquellos caldeos crueles y presurosos, dispuestos a poseer las moradas ajenas. Gente impía que actúa a sus anchas, pero por igual son mensajeros del Altísimo para destruir lo que Jehová quiso, con caballos más ligeros que leopardos y con jinetes que vuelan como águilas presurosas para devorar. Pasarán como el huracán, atribuyendo su fuerza y poder a su dios (Habacuc 1:6-11).

Estas son algunas pruebas bíblicas de la cantidad de réprobos en cuanto a fe que Dios levanta de sobre la faz de la tierra. Son hechura suya, con el fin de exhibir su poder y su ira contra el pecado, ordenados para presa y destrucción, como personas que tropezarán una y otra vez en la roca que es Cristo. Asimismo apareció Judas el Iscariote, como muestra del poder del Señor para la matanza; un diablo escondido entre los discípulos, pero escogido por Cristo para que se cumpliera la Escritura. Su trabajo sucio fue preparado por el Padre, pero no por ello fue perdonado, sino que un ¡ay! fue dado contra él, y su trabajo fue tomado por otro. Satanás estuvo a su diestra (Salmos 109:6), como dictamen del Dios que puede echar cuerpo y alma en el infierno de fuego.

El alfarero tiene toda la potestad de hacer con su barro lo que quiera. De la misma masa fabrica un vaso de honra, pero por igual hace con esa masa un vaso de deshonra. ¿Quién puede detener la mano o cambiar la intención de ese alfarero? Aún la reacción de cada quien a estos hechos narrados en la Biblia forman parte de las señales propias de los árboles que se forman. El buen árbol dará siempre un buen fruto, del buen tesoro de su corazón, y confesará el Evangelio de verdad; el mal árbol reaccionará junto al objetor y dirá que Dios es injusto. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios? Esas son las interrogantes de los malos árboles, cuyo fruto lo confiesan por la boca. Poco importa el talante de su prestigio como hombre de fe (aunque sea la de la apariencia de piedad), como ha sido el caso de Spurgeon: Esaú fue condenado de sí mismo, porque vendió su primogenitura. Esa es la razón que tranquiliza por momentos la conciencia de los réprobos en cuanto a fe, para que se deje intacta su ficción del libre albedrío. A fin de cuentas, el Jehová en quien han creído sigue siendo un Dios de amor, que se despoja de su exceso de soberanía y permite que el hombre libremente decida su destino. De esa manera Jehová no tiene culpa en la condenación de Esaú, por lo tanto la gente puede decidir libremente.

Bajo tal ficción, los miembros de la religión del extraño anotan fechas de conversión, tomas de decisión, pasos al frente en una iglesia, oraciones de fe declaradas públicamente, el nombre de sus padres espirituales, como un registro público que dará cuenta de su fe en el día final. Siguen ignorando la justicia de Dios, con sus oídos sordos ante las palabras de Jesús: si el Señor no los conoce no son suyos, así que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia.

Dios soporta con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22), si bien también ha preparado los vasos de misericordia para exhibir las riquezas de su gloria (Romanos 9:23). Estos dos textos resumen su dominio y potestad sobre el destino de cada ser humano que Él ha creado de acuerdo a sus propósitos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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