RAZONES PARA LA REPROBACIÓN

El amor de Dios se confronta con su odio, dos opuestos absolutamente binarios: si está uno no está el otro. Por contraste aprendemos que lo alto viene como lo contrario de lo bajo, lo feo de lo hermoso, lo abundante de lo escaso. De igual forma, el odio significa todo lo contrario al amor, y viceversa. Si Dios amó a Jacob, este gemelo pudo contrastar ese acto divino con su hermano Esaú, a quien Dios odió. De igual manera, el odio de Esaú se vio contrariado por el amor de Dios a Jacob. Hacemos notar que Dios no odia y ama a la misma persona, como si fuese un divino neurótico. El amor tiene la firma de la eternidad, como se lo dijeron a Jeremías: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongaré mi misericordia (Jeremías 31:3).

Desde siempre, lo que hemos dado en llamar eternidad pasada, ese contraste entre amor y odio resalta en favor de los elegidos, ya que comprendemos el peso del pecado no perdonado, el cual recibe el poder de la ira y del odio de Dios como paga a la incredulidad. Ese odio divino viene a ser otra forma de conocer al Dios vivo, como se estampa en su palabra: Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra (Exodo 9:14)…te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Exodo 9:15).

El Señor soporta con mucha paciencia los vasos de ira, preparados para el día de la ira; sabe que los hizo de esa manera y debe aguantar sus blasfemias proclamadas, sus insolencias y las grandes molestias que los impíos hacen contra los siervos del Dios viviente. El salmista Asaf estuvo en grande conflicto al ver la prosperidad de los impíos, los cuales no padecían como los demás mortales. Él nos dice en el Salmo 73 que Dios los ha colocado en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados en su apariencia. Eso lo pudo comprender el salmista una vez que entró a la presencia del Señor, en su comunión íntima. En ese lugar entendió que el impío ha sido colocado para que caiga en destrucción (Salmos 73:18).

Esto que se está diciendo no debe sorprender a ningún creyente, ya que la Biblia lo ha declarado en múltiples textos. Hay uno que pudiera considerarse como rector del tema que tratamos: Jehová ha hecho para sí mismo todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La idea del infierno está presente en el Antiguo Testamento, en diversos textos. Uno de ellos es de Jeremías, quien habla de los rebeldes y porfiados, los que se entregan a los chismes, los cuales serán como llevados al fuelle que sopla el fuego para que sean consumidos como el plomo, y aún así su escoria no se termina (Jeremías 6:28-29). Serán llamados plata desechada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30).

Isaías tiene una referencia al lugar donde el gusano no muere, ni el fuego se apaga, donde la abominación es el signo de los que allí van (Isaías 66:24). Por igual dice: Los pecadores se asombraron en Sión, espanto sobrecogió a los hipócritas, ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? (Isaías 33:14). Daniel también lo atestigua: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). En el libro de los Proverbios encontramos otra referencia de importancia: El Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que jamás dice: ¡Basta! (Proverbios 30:16).

La contrapartida del infierno es la heredad de los justos, el reino de los cielos, la patria celestial. Allí pasaremos la eternidad conociendo al Padre y al Hijo, algo que no termina y siempre asombra. Jehová es declarado como un Dios justo que justifica al impío. Resulta de interés esa comparación, su justicia inherente y la justificación que hace del que no tiene justicia alguna. Pero no hace nada el Señor en desmedro de su propia justicia, sino que habiendo Jesucristo sido declarado la justicia de Dios pasó a ser nuestra pascua, nuestra justicia por imputación judicial. Dios cargó sobre el Cordero sin mancha todos los pecados de todo su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, de manera que el acta de los decretos que nos era contraria quedase anulada y clavada en la cruz. Por contraparte, nos imputó la justicia del Hijo, Jesucristo, como Señor y Salvador, en virtud de su sangre derramada en la cruz por aquellos pecados que cargó con él en el madero.

Ese acto se llama la expiación de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:3, 9, 20). El buen pastor puso su vida por las ovejas, no por los cabritos, así que por medio de la predicación del evangelio incontaminado cada oveja llega a oír oportunamente el llamado del buen pastor. En consecuencia, no se irá más tras el extraño, porque desconoce la voz de los extraños (Juan 10:1-5), habiendo recibido la justicia de Dios que muchos no logran discernirla porque la ignoran y colocan a cambio la suya propia (Romanos 10:1-4).

El amor de Dios por su pueblo y el odio de Dios por los réprobos en cuanto a fe, los cuales también hizo para el día de la ira, convierte a la humanidad entera en dos grandes partes: los vasos de misericordia y los vasos de ira. No hay vacilación al respecto, cada quien nace con su sino, pero no necesariamente lo sabe desde temprano. Por esa razón se continúa con la esperanza de la predicación del Evangelio, para que los que no ven puedan ver la palabra revelada. No obstante, a muchos de ellos les será quitado lo poco que tienen, ya que por no amar la verdad que no pueden discernir en virtud de su naturaleza pecadora, recibirán un espíritu de engaño enviado por Dios mismo para que sigan creyendo en la mentira y en el error. A estos que siempre serán inicuos Dios los soporta con mucha paciencia, como ya se dijo, para mostrarles su ira para la destrucción (Romanos 9:22).

En cambio, como objetos de su amor eterno e inmutable llegamos a conocer las riquezas de su gloria, en tanto somos vasos de misericordia preparados desde antes para gloria eterna (Romanos 9:23). Pero tanto los reprobados como los elegidos para gloria fuimos sometidos a la caída general en Adán. Sí, se ha escrito que en Adán todos mueren, pero el segundo Adán, Jesucristo, nos tiene vida y en él todos vivimos. Ese todos hace referencia a todos los que el Padre le dio como presea de su trabajo: Jesús vería linaje y el fruto de su trabajo (Isaías 53: 10-11); Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13).

No somos mejores que los otros, simplemente hemos recibido la gracia salvadora, por medio del Espíritu que nos hizo nacer de nuevo, salvándonos a través de la fe de Jesucristo. La fe misma fue un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? (1 Corintios 4:7).

Dios hace todas las cosas: que el réprobo odie su gloria, que persiga a su pueblo, que maltrate su Evangelio, que blasfeme su nombre a diario. Bajo ningún respecto pensemos que Dios se lamentará por el destino que les ha fijado a los réprobos en cuanto a fe, ya que así lo ha decidido para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado. Por igual, servirá ese castigo perpetuo como un alto contraste del amor eterno con el cual siempre nos ha amado, en tanto somos su pueblo. Conoce el Señor a los que son suyos, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Jesucristo no murió en ningún sentido por el réprobo en cuanto a fe, por el destinado a perdición perpetua; él murió en exclusiva por su pueblo, por el cual rogó; en especial dejó por fuera de sus rogativas a los que no vino a salvar, diciendo: No ruego por el mundo (Juan 17:9).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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