Más allá de que el Dios de la Biblia se presenta como absolutamente soberano, no podemos pensar que utilizará cualquier medio para la redención de su pueblo. Su objetivo desde la eternidad ha consistido en su propia gloria, así como en la que le daría al Hijo como Redentor y Mediador del Nuevo Pacto. Por demás está el suponer que allí donde no ha llegado la noticia de Jesucristo pudiera haber algún atisbo de salvación, como si la noción de calamidad espiritual que sienta una persona signifique que exista una convicción de pecado generada por el Espíritu Santo. Pablo lo estableció muy claramente, cuando dijo que no se podía invocar a aquel de quien no se ha oído nada, si no se había predicado antes, si no había alguien enviado por el Señor a dar su anuncio.
Jesús también fue enfático en el tema, diciendo que él era el único mediador entre Dios y los hombres, que nadie podía ir al Padre sino por él. De igual forma señaló que nadie habría de ir a él si no le fuere dado del Padre; el Espíritu es el que da vida, apuntó, así que la voluntad humana queda por fuera de la ecuación. Más allá de quedar por fuera el albedrío del ser humano, sin el medio del anuncio del Evangelio no hay noticia que pueda redimir al hombre. Estamos ciertos, el Señor que ordenó el fin (la redención) hizo lo mismo con los medios (el anuncio del Evangelio de Cristo).
Dios se agrada del que le teme y hace justicia en cada nación (Hechos 10: 34-35). Esas fueron las palabras de Pedro cuando entró a la casa de Cornelio, pero no olvidemos que a continuación el apóstol les recordó a los presentes lo que ya se había divulgado en toda Judea, desde Galilea después del bautismo predicado por Juan: les contó lo de Jesús de Nazaret, de lo cual muchos eran testigos. Sabemos que Jesús hizo la expiación necesaria por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21), pero no todos los elegidos fueron regenerados en el momento cuando Cristo pagó su deuda en la cruz, sino que a cada uno de ellos les llega el llamamiento eficaz en el día del poder de Dios, es decir, una vez que el Espíritu los hace renacer por medio de la palabra de Cristo y por la fe de Jesucristo, la cual también es dada como regalo (Efesios 2:8).
Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios, así que aún los elegidos de Dios, desde antes de la fundación del mundo, necesitan ese medio de salvación. Esa fe viene por el oír la palabra de Cristo, como una dádiva divina, pues no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin ella resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Dios no hace acepción de personas, testificó Pedro al darse cuenta de que también había llamado a Cornelio de entre los gentiles. Cornelio estuvo señalado por Dios para creer, por cuya razón le indicó que llamara a Pedro y éste cumplió con su cometido y le predicó el Evangelio que conocía. Este fue un caso excepcional, perteneciente a la pedagogía divina, ya que Pedro en su visión tuvo que reconocer que lo que él llamaba inmundo no debía hacerlo más, si Dios lo había purificado.
Cornelio no quedó redimido porque diera ofrendas, sino cuando escuchó del apóstol el verdadero Evangelio que necesitaba reconocer. De otra manera no hubiese sido necesaria la presencia del apóstol en su casa; sabemos que este evento fue singular, una figura de la inclusión de los gentiles en el reino de los cielos. Eso tenía que reconocerlo Pedro como apóstol judío, sabiendo que Dios no hacía acepción de personas. Pero en ningún momento ese evento y ese acto niegan la absoluta soberanía de Dios en materia de redención. El Señor redimió a los suyos y a ellos les anuncia el Evangelio, para que oyéndolo lo crean y sean convertidos de las tinieblas a la luz. Hay quienes lo oyen pero no son enseñados por el Padre (Juan 6:45), hay quienes dicen creerlo pero se espantan después cuando escuchan ciertas palabras que consideran duras de oír (Juan 6:37,44. 60).
Dios tiene misericordia de los que le temen, pero no porque exista un temor al castigo, como el de un esclavo a su amo, sino porque forman parte del amor filial en Cristo. Caín, el Faraón de Egipto, incluso Judas Iscariote, pudieron sentir el terror de Jehová, pero eso no les ayudó en su redención. Lo mismo acontece con los demonios, quienes creen y tiemblan; por igual muchos dirán en el día final que ellos hicieron milagros en el nombre de Cristo, pero escucharán el rotundo nunca os conocí. Dios acepta a las personas en Cristo, por medio de su fe dada (Efesios 2:8), lo cual viene en un paquete completo como lo señala el texto mencionado de Efesios. La gracia, la fe y la salvación son un regalo de Dios.
Permanecer en la ignorancia de la justicia de Dios equivale a seguir ignorando al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En Romanos 10 Pablo refuta la ignorancia de Israel respecto a la justicia de Dios, extendiendo por analogía esa ignorancia a cada persona que coloca su propia justicia como aliada de la salvación. Poco importa el celo que se tenga por Jehová, ni el conocimiento bíblico sobre algunas doctrinas importantes, ya que cualquier persona que suponga que pueda aportar algo a la justicia divina se hace merecedora del calificativo de ignorante. Eso es tener celo por Dios pero no conforme a conocimiento (Romanos 10:4).
La analogía continúa, se puede alabar en ignorancia y no tener a cambio sino el rechazo divino. Esa justicia de Dios ha sido revelada en el Evangelio, ya que el justo vivirá por la fe (Romanos 1:17). Dios es un juez justo que justifica al impío. Eso suena extravagante para muchas personas, ¿cómo un juez justo podrá justificar al impío? No justifica la impiedad sino que la castiga, asimismo azota al impío contra quien está airado todos los días. Pero cuando la Escritura dice que Dios justifica al impío resalta que lo hace por medio de la justicia que es Cristo. Todos aquellos impíos que fueron justificados en la cruz son los que Dios acepta. En su justicia ya castigó sus pecados en el Hijo, por lo cual su acto judicial no se pisotea sino que produce aquello que logró como objetivo.
Hay muchas personas que caminan de acuerdo al modelo religioso del evangelio, pero que igualmente ignoran lo que hizo Jesucristo. Esa gente anda perdida todavía, ya que supone que Cristo murió por todos sin excepción, habiéndose convertido en su justicia ante Dios. Sin embargo, esa gente que supuestamente fue perdonada en la cruz camina hacia la condenación final, sin que esa justicia del Hijo se haga eficaz. Vemos la blasfemia de tal planteamiento, con lo cual se aduce que el individuo perdonado tiene que hacer su parte, así como Cristo hizo la suya. La salvación se convertiría en un trabajo conjunto entre Dios y el pecador, algo que le arrebataría la gloria exclusiva a Dios.
Por otro lado, los miles que a diario mueren sin saber que ese Jesús murió por ellos en la cruz, se condenan a pesar de habérseles perdonado sus pecados en la cruz. Esa es la horrenda visión de aquellos religiosos del cristianismo que colocan su propia justicia junto a la de Cristo, como para merecer algo que con su ayuda debería otorgárseles. Empero, la Biblia habla de predestinación desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento en las obras humanas para que nadie se gloríe. Solamente es por el Elector la salvación, no por obra humana; ni siquiera por levantar una mano en una asamblea, ni por dar un paso al frente, tampoco por hacer una oración conjunta.
Por supuesto, no se niega la predicación del Evangelio para que la salvación se realice. Pero ese medio también ha sido ordenado desde siempre, así que es a través de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17) que serán alcanzadas las ovejas extraviadas que deambulan por el mundo. No es por medio del evangelio apóstata, corrupto, a medias, mezclado con verdad y mentira, sino por esa palabra que a muchos les suena dura de oír. Es de esta manera para que nadie intente colocar su propia justicia junto a la de Cristo; ni el más mínimo porcentaje nuestro será aceptado, ya que Dios no vio algo bueno en los predestinados para salvación, sino a una masa corrompida, sumergida en el pecado, sin que hubiera justo ni aún uno. No había quien buscara al verdadero Dios, todos nos habíamos apartado por nuestros caminos; no hacíamos el bien, pero Dios pasó por alto nuestros pecados en virtud de la representación que Jesús hizo de su pueblo.
Por esa razón Jesús oró la noche antes de ser crucificado: De los que me diste, ninguno se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Rogó igualmente por los que habríamos de creer por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes. Esos también le fueron dados al Hijo como linaje, como el fruto de su justicia: somos los hijos que Dios le dio. Nuestra justicia es la justicia de Dios, ya que fuimos justificados por la fe de Jesucristo. El Hijo de Dios se convirtió en nuestra pascua, cuando al sufrir en nuestro lugar Dios pasó por alto el castigo que merecíamos por nuestros pecados.
César Paredes
Deja un comentario