El Cordero inmolado desde el principio del mundo tiene un libro de la vida. Allí están anotados todos los nombres de aquellos que fueron elegidos por el Padre desde la eternidad, para ser llamados eficazmente en el día del poder de Dios. En Apocalipsis 13:8 encontramos esa noticia, refrendada más adelante en Apocalipsis 17:8, que dice: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.
El apóstol Juan continúa escribiendo en su Revelación que Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el ejecutar lo que Él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Vemos que tanto la bestia como quienes la adoran son llevados por Dios a ejecutar su plan. No por eso dejan de ser responsables de lo que hacen, como por igual Judas siguió siendo responsable de sus actos, pese a su destino prefijado. Él iba conforme a las Escrituras, pero Jesús dio un ¡ay! por él. El Faraón de Egipto fue absolutamente responsable de su maldad contra el pueblo de Israel, pero Dios endureció de antemano su corazón para glorificarse en esa maldad contra su nación elegida.
Acá el orden de los factores importa mucho, porque estamos pisando un terreno lógico. Esaú puede ser un modelo para lo que decimos. Él fue odiado por Dios mucho antes de que fuese concebido, antes de hacer bien o mal alguno, de manera que el propósito de Dios permaneciese por su voluntad y no por las obras humanas (Romanos 9:11-13). El antecedente de lo que hizo Esaú fue el odio de Dios, de manera que la venta de su primogenitura vino como consecuencia. Spurgeon dice todo lo contrario, colocando la carreta delante del caballo, por lo que incurre en la falacia que afirma el consecuente. El hecho de que encontremos un huevo roto no implica que alguien lo haya lanzado; pudo romperse por muchas razones distintas.
De la misma manera, el que Esaú haya vendido su primogenitura no tiene que deberse a un acto de su libre arbitrio, sino a muchas otras razones. La Biblia nos lo dice claramente, y si tenemos por cierto que ella es la palabra de Dios deberíamos creer lo que afirma. Aseguran las Escrituras que la razón por la cual Dios lo odió no fue por haber vendido la primogenitura, sino por su propia voluntad y propósito eterno. Incluso se da una razón de inmediato, en contraste con el amor que ese mismo Dios le propició a Jacob. La razón dada fue que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).
Esta aseveración bíblica trae un problema moral para la vasta gama de religiosos que conocen sus líneas. Ellos suponen que al afirmar el consecuente el antecedente aparece por fuerza, pero yerran en ese orden lógico alterado. El antecedente es Dios, como Pablo lo ha señalado muy claramente en Romanos 9 (y en otras cartas, al igual que los múltiples escritores bíblicos lo han dicho de diversas maneras). La prueba inmediata del texto bíblico se expone en forma evidente, por cuanto el apóstol introduce de inmediato la hipotética objeción enunciada. ¿Hay injusticia en Dios? (Romanos 9:14). Tal parece que ese objetor retórico levantado por Pablo comprendió con suficiencia intelectual la elocución del apóstol. Su pregunta demuestra que la comprensión lo espanta.
Más adelante, ese objetor hipotético y retórico levantado por el apóstol continúa con su disquisición: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La pregunta lógica del objetor pone de manifiesto la claridad del argumento levantado por Pablo; no existe duda alguna de lo que el apóstol quiso decir. Tan claro resulta su enunciado que al levantar al objetor valida su argumento. Ese argumento es del Espíritu, el cual ya respondió en el verso 14: En ninguna manera. El Espíritu niega la injusticia en Dios, pero aclara la pequeñez humana en los versos 20 al 24. El hombre es apenas un pedazo de barro, un vaso que el alfarero moldea como ha deseado, de manera que la misericordia de Dios se manifiesta solamente sobre los que Él quiere manifestarla.
Por igual, el Espíritu es prístino y aclara la parte contraria: el endurecimiento del hombre viene de parte de Jehová, pues al que quiere endurecer endurece. Este argumento bíblico no es original de Pablo, ya que toda la Escritura relata la soberanía absoluta de Dios. En Job encontramos la pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:4). Jesús también reveló la doctrina de su Padre, de acuerdo al Evangelio de Juan, en especial el Capítulo 6. Allí le dijo a un grupo de seguidores (discípulos) que no podían venir tras él si el Padre no los enviaba; que solamente aquellos que el Padre enseña y que han aprendido podrán venir a él. Ninguno puede venir a Jesús si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre me da, viene a mí. Estos argumentos fueron demasiado duros de oír por aquella manada de alumnos, los que se habían maravillado por sus palabras y por el milagro de los panes y los peces. Por esa razón se apartaron del Señor y se retiraron murmurando.
Hoy día acontece algo parecido en las llamadas iglesias o asambleas humanas, las que se reúnen para adorar al Dios de la Biblia. La gente no quiere oír tales expresiones sino que desea sentir que ellos tienen el control de sus destinos. Hablan de un libre albedrío sin el cual el Padre no podría ser amado en forma espontánea; hablan de la justicia de Dios que tiene que dar iguales oportunidades a todas las criaturas humanas para poder juzgarlas con equidad. Incluso hay quienes yendo bien lejos abjuran de tal Dios (como lo hizo Spurgeon, en su exposición del sermón titulado Jacob y Esaú). Están los que siguen a John Wesley y dicen que ese Dios es alguien peor que un diablo, un tirano cualquiera (puede cotejar esta afirmación en las Obras de John Wesley).
Si uno presume lo que debe ser Dios, indudablemente que puede que no acierte con lo que la Biblia habla de Él. Pedro usa una palabra en griego que deja espantado a cualquiera: Dios es el Despotes. Es el amo, el dueño absoluto de todo, el que no tiene que rendir cuentas ante nadie. De esta manera no nos queda otra forma de relacionarnos con Él sino la sumisión, el bajar la cabeza, pero bajo la protección del Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre. Ese Jesús recomendó examinar las Escrituras, ya que ellas testificaban del Cristo que vendría y vino, nos estimuló a buscar la vida eterna en ellas. Vale la pena intentarlo, para extraer piedras preciosas que forman parte de nuestras riquezas en gloria.
El Dios que desea orden y no caos para todos aquellos que ha llamado, continúa llamando a sus ovejas esparcidas en el mundo. Dice que tiene pueblo en Babilonia y lo conmina a salir de allí; a ellos les extiende su invitación de gracia por medio del Evangelio incorruptible. Nos incita a recoger su donación de perdón por nuestras iniquidades, estimulándonos a recibir, por medio de la fe que él mismo nos ha dado en Jesucristo, su don eterno. El que oiga su voz que lo escuche y acuda presuroso ante su presencia, para que obtenga el beneficio de la bienaventuranza por sus iniquidades perdonadas, y por sus pecados cubiertos (Salmos 32:1-2). Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos; como dijo David: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmos 32: 5).
César Paredes
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