Pablo da gracias a Dios porque la fe se divulga por todo el mundo (Romanos 1:8), gracias al Evangelio que ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Romanos 16:26). El apóstol celebra que los destinatarios de la Carta a los Romanos habían guardado la doctrina aprendida, advirtiéndoles que se fijasen en los que causaban divisiones y tropiezos contra esa doctrina (Romanos 16:17). Un valor fundamental le dio Pablo al conjunto de enseñanzas impartidas a la iglesia, en especial a aquellas que sostienen el corazón del Evangelio. Sin la expiación, sin su comprensión, el Evangelio parece anularse, quedar inutilizado y sin poder. Si alguno cree otro evangelio, sea anatema, dijo en otra carta escrita.
Esos que causan tropiezo sirven a su propio vientre, los cuales trabajan con palabras suaves y lisonjas, para engañar a los corazones ingenuos. Estos de corazones simples no son excusados, ya que Jesucristo afirmó cuando incriminaba a los escribas y fariseos, que rodeaban la tierra en busca de un prosélito (simpatizante), que ellos lo hacían doblemente merecedor del infierno. Es decir, la Biblia no excusa la ingenuidad del que es atrapado por los herejes, más bien lo condena en forma doble.
El tiempo llegaría cuando las congregaciones cristianas no tolerarían más la sana doctrina. La comezón de oír hace que se busque a los maestros que hablan conforme a sus propias concupiscencias. Eso lo podemos constatar hoy día, y desde hace mucho tiempo atrás. A Timoteo Pablo le indicó que se ocupara de la doctrina como la herramienta para salvación de muchos; también le advirtió sobre el tiempo en que no se sufriría más la sana enseñanza doctrinal. Es decir, ahora se dice que se quiere a Cristo con el corazón, si bien no se comprende ni se acepta toda su teología con la mente. Este sinsentido es notorio por doquier, en especial en aquellas personas que son depravadas en sus principios y prácticas. Hay multitudes que no toleran las palabras duras de oír de Jesucristo, que discrepan del Dios de la predestinación, del Dios soberano que amó a Jacob y odió a Esaú sin mirar en sus obras. Esa Escritura que anuncia a voces que la salvación es de pura gracia, por el Elector, sin mediación de obra humana alguna, viene a ser odiada y tenida por maligna, propia de un diablo o de un tirano.
Mucho se ha hablado de la necesidad de la gracia, del hecho de que Jacob no pudiera ser salvado a no ser por la misericordia de Dios. Pero en cuanto a Esaú, el odio de Dios es torcido y se tiene por un amor disminuido. Eso no lo resiste la Escritura, pero los que la tuercen consiguen su propia perdición. Por supuesto, a muchos les encanta oír cosas del evangelio, sus asuntos maravillosos, para lo cual escuchan a los neo profetas, a los anunciadores de sueños, a los que vaticinan el futuro. Les encanta escuchar a los que hablan en supuestas lenguas, como una prueba del dios en el cual han creído. Ellos buscan misticismo, algún elemento que los tranquilice en medio de la mentira en la cual se mueven.
De esta manera se refieren a las fechas en que nacieron de nuevo, de la prédica que escucharon, sin importar si fue desde la tribuna del falso evangelio. Para ellos lo que parece importar es la prueba subjetiva, acompañada a veces de una cierta objetividad marcada por su más o menos buena conducta. La religiosidad ayuda a aceptar la mala doctrina asumida, pero para ellos eso no resulta de importancia, ya que su comezón de oír los aleja de la sana doctrina que ya no soportan (2 Timoteo 4:3-4). Las fábulas maravillosas de aquellos que dicen haber muerto e ido al infierno o al cielo, son narrativas que acrecientan la fe espuria que poseen los falsos creyentes. La autoridad espiritual les nace de la fabulación de los que sufren experiencias espirituales, no de la Escritura misma.
Por esa razón también se ocupan de los falsos milagros, como lo hacían los antiguos griegos con los oráculos que escuchaban. Sus pitonisas anunciaban en un lenguaje anfibológico ciertos eventos que podrían suceder. Ellas también balbuceaban como si pronunciaran lenguas raras, entraban en trance y advertían del futuro. Hoy existe el kundalini, una conducta de éxtasis espiritual común en ciertos sitios de la India; desarrollan una manera de contorsión en el cuerpo para el despegue de la serpiente interior, imitada al calco en ciertas congregaciones que creen en los dones milagrosos. Parecieran herederos del misticismo de Simón el Mago, el que quiso hacer negocios pidiendo el Espíritu para causar impacto en el mercado religioso de las personas.
Hoy día existen profetas que en nombre de ese evangelio anatema predicen muertes, guerras, terremotos, como si al cumplirse alguno de esos hechos significase que hablaron de parte del Dios de las Escrituras. La doctrina de Cristo la han apartado, porque les resulta dura de oír (Juan 6: 60), pero en cambio camuflan la de los fabuladores revistiéndolas de piedad, aunque su eficacia continúa negada. Pareciera que nadie se diera cuenta de los tres grandes momentos bíblicos en que aparecieron dones especiales, dados a los mensajeros de Dios. Moisés y Josué tienen esas historias narradas en el texto bíblico, mientras conducían a Israel hacia la tierra prometida. Posteriormente aparecen en la escena Elías y Eliseo, con dones especiales, para que el pueblo de Dios comprendiera que eran sus enviados y fuesen rescatados de su caída ante los Baales. Finalmente llegó Jesucristo, que hacía prodigios y maravillas, otorgándoles poder a sus discípulos como prueba de haberlos enviado en el nombre de Dios. De eso habla la Escritura, así como de su desaparición.
Pablo aseguró que esos dones terminarían, cuando viniere lo completo (la Escritura misma). Este apóstol tuvo el don de sanar enfermos de manera espectacular, ya que enviaba su pañuelo a ciertas regiones para que se produjera el milagro real. Pero vemos que entrado en años ese don no lo acompañó más, sino que menguó: a Timoteo le dijo que tomara vino y no agua, por causa de su estómago. A otros hermanos dejó en ciertas regiones porque estaban enfermos; ¿por qué no los sanó con el don que tenía? Por esa razón uno debe pensar que se extinguía el don.
Santiago habla para la iglesia local de entonces, cuando existían esos dones en forma viva; recomienda ungir con aceite al enfermo por parte del anciano de la iglesia, para que con la oración de fe sanare el enfermo. Hoy día eso no acontece, pero en lugar de comprender que la historia nos enseña que aquello que era espectacular cesó, se dice que si no hay sanidad es por culpa del enfermo que no tiene suficiente fe.
Dios es Todopoderoso, puede sanar a quien quiere y como Él quiera; a veces da sanidad por medio de la ciencia médica, otras lo hace a pesar de la ciencia médica. A veces no quiere sanar a alguien y esa persona se agrava y muere, o vive enferma por mucho tiempo. Eso no implica que sea impotente, sino que en su providencia tiene unos planes que no concurren con los nuestros. Tenemos que ser cautos y velar, ya que el evangelio anatema es muy variado, muta constantemente en formas diferentes, como una acechanza del diablo para manipular a los que no se ocupan de escudriñar las Escrituras. No podemos creer a todo espíritu (a toda persona), ya que muchos engañadores andan por ahí con la trampa del error doctrinal preparada.
Es bueno esparcir el Evangelio, ese que predicó Jesucristo junto a sus discípulos, el recogido por todos los escritores de la Biblia. Esa semilla de la palabra incorruptible da fruto para salvación eterna, no avergüenza a quien la recibe y la esparce, da seguridad a cada creyente. Sigamos sembrando la palabra, aquella por la cual fue constituido el universo y esa por la cual nace el hombre de nuevo.
César Paredes
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