El Evangelio nos ha venido de mano de los judíos, incluso el mismo Cristo le dijo a la mujer samaritana que la salvación venía de los judíos. La mayoría de los judíos escritores bíblicos no predicaron asuntos de la patria israelí, los que escribieron el Nuevo Testamento (NT) conocían que su nación estaba sometida al yugo del imperio romano, así como antes había estado bajo sometimiento de otros estados. Las cartas y prédicas de los del NT no hicieron referencia al futuro nacional de ellos como entidad territorial, más bien se enfocaron en la temática del evangelio anunciado, excepto cuando profetizaron sobre los acontecimientos donde los judíos tendrían un papel central. Sin embargo, hablaron de una nueva patria para todos los creyentes, la celestial; nuestra ciudadanía se radica en los cielos, en tanto el mundo se ve como un lugar de tránsito.
No obstante, el apóstol Pablo, pese a que se dedicó a la predicación a los gentiles, quiso dejarnos la relación existente entre ese Israel nacional y el Dios de la redención. Dijo en su Carta a los Romanos que Dios amaba a Israel por causa de los padres. Nos advirtió que no nos jactáramos contra la nación de Israel, ya que nosotros fuimos injertados el el olivo gracias a que los israelitas fueron desgajados por su falta de fe. Nos advirtió que Israel con su judaísmo se había convertido en nuestro enemigo por causa del Evangelio. Es decir, nos colocó el mote del Israel de Dios, ya que los creyentes en Cristo somos el verdadero Israel de Dios.
Ese breve discurso escrito por el apóstol para los gentiles no se quedó en esa sola parte, como ya sabemos. No trató de sustituir a Israel por la Iglesia, aunque Dios haya hecho de los dos pueblos uno en Cristo. Es decir, un israelita creyente en Jesucristo vale igual que un gentil creyente en Cristo, por lo que nosotros los gentiles heredamos el derecho de ser llamados el Israel de Dios. Pero la advertencia del apóstol contra la arrogancia que pudiera surgir al querer despreciar a Israel (la territorial y esparcida nación judía) sofoca cualquier mala intención en nosotros. No olvidemos que el endurecimiento que en parte aconteció a Israel ha permitido que nosotros seamos injertados en el Olivo – Cristo.
Así que ellos siguen siendo amados por causa de los padres (Abraham, Isaac y Jacob), por lo cual Dios podría desgajarnos a nosotros si actuamos con odio contra Israel, en virtud de que la vieja promesa divina hecha a Abraham no ha sido anulada. La bendición y la maldición están allí como premio o como una espada de Damocles, presta esta última para cortar la cabeza de cualquier ensoberbecido contra su pueblo histórico. Dios tiene mucha profecía en torno a esa nación, la que jugará un papel importante y central en los eventos futuros (quizás muy próximos), como lo atestiguan los libros de Daniel y Apocalipsis, así como también los de Ezequiel, Zacarías, Amós y otros más.
El creyente debe continuar predicando el Evangelio a toda criatura, para que aquel señalado para creer llegue a creer (como bien lo ha mencionado el libro de los Hechos de los Apóstoles: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna -Hechos 13:48). La palabra de Dios pasa por ser valorada como la causa esencial de todo cuanto existe, ya que la Biblia nos dice que por ella creemos haber sido constituido el universo. No como aseguran los evolucionistas, que se entramparon en la celada que intentaron contra el mundo de los creyentes. Los celadores financiaron el viaje de Darwin para que pudiera destronar a las Escrituras como palabra divina, de manera que los ingleses intentaran quitarse su histórico reinado, por aquello que dice que Dios pone y quita reyes. Al eliminar la autoridad de la Biblia, se acabaría la supuesta autoridad de los reyes que en teoría vendría de Dios. Ese fue su leimotiv, la intención central del viaje de Darwin para llegar con su descubrimiento de la evolución de las especies.
Pablo también advirtió contra la falsamente llamada ciencia. Si lo de Darwin fuere cierto, entonces lo de la Biblia resultaría una farsa. Pero sabemos que las hipótesis de la ciencia no son por necesidad leyes naturales, lo cual demuestra que Dios sigue siendo el mismo por siempre, asunto que compete al tema de la fe de cada creyente. El incrédulo no está exigido a creer en estas cosas, más bien es señalado como alguien que no debe tener en sus labios la palabra de Dios (Salmos 50:16). Esa palabra que constituyó el universo es la misma que constituye a un hombre libre de las tinieblas del mal.
El Evangelio libera y desata al esclavo de Satanás. Recordemos que nosotros fuimos por naturaleza hijos de la ira de Dios, lo mismo que los demás; estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, como lo están aquellos que persisten en su incredulidad. No podíamos discernir los asuntos del Espíritu de Dios porque nos parecían una locura, pero llegado el tiempo del poder de Dios fuimos llamados por la palabra del Evangelio, heredada de los apóstoles (Juan 17:20), la incorruptible que proviene de lo alto (1 Pedro 1:21), aquella que no ha sido adulterada ni torcida (2 Pedro 3:16). Cristo llama a cada oveja por su nombre, de forma que esa oveja redimida ya no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).
Tenemos pasión por el libro de Dios, agradecemos el cuidado de aquellos que lo preservaron. Israel fue el pueblo escogido para traernos este libro, aunque eso no quiere decir que cada individuo de ese pueblo haya sido escogido para salvación. Un afecto especial se mueve en nosotros cuando hablamos de Israel, sin que caigamos en la trampa de los judaizantes, ni en la de los mesiánicos que subestiman el propósito de Dios de hablarnos con lengua de paganos. En realidad no existe ninguna lengua santa en esta tierra, ya que Abraham fue llamado de Ur de los Caldeos, cuna semita y también asiento pagano.
Quiso Dios hablar en lengua invasora al pueblo de Israel, de acuerdo a una profecía de Isaías. Apareció la primera compilación del Antiguo Testamento en lengua griega, por lo cual tenemos hoy en día la Septuaginta. Fue compilada también por judíos, como custodios de esas letras reveladas de lo alto, si bien ellos decidieron dejárnosla en lengua griega. Aparece después el Nuevo Testamento escrito en lengua griega, por personas de origen judío; esto demostraba que Dios cumplía su promesa de castigo contra Israel. En consecuencia, nosotros los gentiles fuimos beneficiados por ese endurecimiento en parte que le fue venido a Israel.
Hoy en día algunos mesiánicos judaizantes pretenden alegar que los evangelios fueron escritos en hebreo o arameo, como si los primeros creyentes hubiesen traducido del hebreo o arameo los textos del Nuevo Testamento. Eso no es más sino un deseo de prevalecer en virtud de una arrogancia farisaica, como la tenían aquellos a quienes Jesucristo tanto fustigó. Jesús habló contra esos custodios de su palabra, contra los escribas y fariseos de su tiempo; que no hagan lo mismo los escribanos de hoy que trabajan con actitud farisaica, porque les continuará el endurecimiento como castigo.
Librémonos de la levadura de los fariseos y escribas, de la prepotencia de sentirse como el dueño de la palabra del Dios de la creación. Dios es el que escoge, el gran Elector, para que la salvación sea otorgada de pura gracia, a fin de que nadie se gloríe por sus obras. No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Quiso Él endurecer a unos y favorecer a otros, como quiso también escoger a Israel como nación y pueblo para darnos su palabra, habiendo dejado antes en tinieblas al mundo pagano en general. Salvo determinadas excepciones, todo el mundo pagano antiguo pereció en la ignorancia de la verdad y de la justicia de Dios. Ahora vino el efecto de la reversión, por lo que Israel continúa a oscuras. Sin embargo, que nunca nos venga la arrogancia contra la nación de Israel, no sea que seamos desarraigados del Olivo. Cualquier israelita que crea en Jesucristo, habiendo sido llamado eficazmente por el Espíritu de Dios, será nuestro hermano amado.
La Biblia nos exige orar por la paz de Jerusalén, pero esa paz no vendrá sino por Jesucristo. Hay un mundo hostil allá afuera, un mundo que pareciera salirse de la metáfora para vivir una realidad cruenta. Ese odio a Israel se vuelve por igual una figura del odio que el mundo siente por los hijos de Dios, los que hemos sido llamados en Cristo. De nuevo Pablo nos advierte que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Nuestra armadura la describió en la Carta a los Efesios (6:12-18), si bien nuestra pelea se dibuja en la metáfora del combate de Israel como pueblo histórico, todavía amado por Dios por causa de los padres, en la batalla que sostiene contra numeroso enemigo que lo odia por no importa qué razón.
César Paredes
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