El perdón nos libera y nos induce al avance, al dejar la carga emocional que impone el daño recibido. Si dejamos el resentimiento, por igual abandonamos la actividad de rumiar el dolor del agravio ocurrido que nos llevó al rencor. Implica un proceso de consciencia con la intención de la liberación de los actos negativos, para deslastrarnos de la ira y el deseo de venganza. Al conocer que la Biblia asegura que la venganza pertenece a Dios, que ella nos conmina a no vengarnos nosotros mismos, presenciamos el favor de la descarga de un peso muerto. El acto consumado contra nosotros, aquel por el cual nos sentimos conmovidos por su desastre ocasionado, se registró por igual en los anales históricos que el Altísimo posee para su acto de venganza.
Dios no sufre dolor por el castigo que infringe contra nuestros adversarios. Lo mejor consiste en confiar en ese reposo para nuestras almas, de manera que el perdón trae sosiego al corazón fatigado. Eso sí, el perdón no minimiza el daño ocasionado por el agravio sufrido, ya que no se trata de una negación de lo ocurrido. Mi enemigo me estafó, me despojó de mis ahorros, conspiró para la difamación de mi nombre; también participó en la jauría de los escarnecedores, de aquellos que se burlan por nuestros tropiezos. No pide el Señor que vayamos a participar en sus mesas, que comamos junto a ellos, o que nos tomemos un café como signo de armonía junto a sus mieles amargas.
Al contrario, cuando tengamos que acudir porque se nos pida un favor hemos de tener en cuenta que eso que hagamos colocará ascuas de fuego sobre las cabezas de los que nos provocaron a ira. Por igual, esos actos de buena voluntad que hagamos nos libera del resentimiento que pudiera surgir por causa del pensar continuo en el daño sufrido. Pensemos que si hemos de amar aún a nuestros enemigos, cuánto más no habríamos de amarnos a nosotros mismos. En la medida en que me amo también me perdono de todo aquello de lo cual me acuso en forma constante.
El perfeccionismo suele presentarse como el disfraz que usamos por el odio contra nosotros, por la vergüenza de lo que nos hayamos hecho. Una conducta recriminada en forma continua nos paraliza para salir adelante, lo cual demuestra que no nos amamos como Dios manda. Ama a tu prójimo como a ti mismo; si no nos amamos lo suficiente no nos perdonamos por nuestras viejas faltas, las que nos devuelven a la neurosis del fracaso. Por lo tanto, si no nos perdonamos tampoco perdonaremos a los que nos han ofendido, ya que hemos sido incapaces del amor propio. Un círculo de interés para el alma compungida, para que busquemos la ruptura de esas ligaduras de la esclavitud.
En ocasiones el pecado (las faltas) nos alcanza y corremos con las consecuencias del error. Esa situación nos suele conducir al acto de rumiar en el problema, en el si condicional: si no hubiese hecho tal o cual cosa, si hubiese hecho lo correcto. Pablo nos dejó un mensaje de reflexión sobre lo que le sucedía como creyente: el bien que quería hacer no hacía, empero el mal que no deseaba sí que lo había hecho (Romanos 7). El resolvió su conflicto al desentrañar la ley del pecado que lo sometía, dando gracias a Dios por Jesucristo. El Señor es quien resuelve el asunto del pecado, lo cual incluye las ofensas que hayamos cometido y las que nos han hecho otras personas.
Mientras más rápidamente nos movamos hacia el otro nivel mejor nos sentiremos. Un grito de libertad nos embarga cuando entramos al Santuario de Dios y comprendemos el fin de los que nos hacen daño. El Salmo 73 de Asaf nos alecciona en relación a esos sentimientos encontrados que se producen en la mente, cuando contemplamos la prosperidad de los arrogantes, de los que nos hacen daño. Al parecer creemos que ellos no tienen congojas por su muerte, pero el Señor se reirá de ellos porque ve que viene su día. Los ha puesto en desfiladeros, menospreciará su apariencia cuando caigan por los despeñaderos.
Sigamos confiados, porque el único que tiene derecho a odiar es Dios y Él está airado contra el impío todos los días: Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada…Asimismo ha preparado armas de muerte, y ha labrado saetas ardientes. He aquí, el impío concibió maldad, se preñó de iniquidad, dio a luz el engaño. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado, y en el hoyo que hizo caerá (Salmos 7:11-15).
Por lo tanto, no busquemos nuestra propia venganza porque ella no sacia la justicia de Dios. El hombre de maldad anda pecando a diario, por lo cual Dios le tiene aversión en forma continua. Aunque no siempre vemos a Dios manifestando su ira contra el pecado, siempre veremos que en cualquier momento la derramará desde los cielos contra toda impiedad humana. Aún en su silencio, nuestro Dios continúa airado contra la impiedad humana, así como contra cada ser humano que milita en la impiedad. Preparado está el Señor con su arco de venganza, como un guerrero o como el Señor de los ejércitos. La impenitencia del impío le traerá la zozobra al recibir el castigo que no tarda, de manera que no tenemos que pensar en nuestra venganza.
Los malos tienden el arco, disponen sus saetas sobre la cuerda, para asaetear en oculto a los rectos de corazón (Salmos 11:2). Pero los ojos de Jehová lo ven todo, con sus párpados examina a los hijos de los hombres, para aborrecer al que ama la violencia y la maldad. Sobre esos malos hará llover calamidades. Jacob le dijo a Labán, su suegro, que él lo había afligido por 20 años, mientras él le servía en su casa. 14 años por sus dos hijas y 6 años por el rebaño, en tanto Labán le había cargado su peso injustamente. De inmediato, Jacob reconoció al Dios de su padre, el Dios de Abraham, el cual había estado con él durante ese tiempo de aflicción, por lo cual de seguro había visto su desdicha para rechazar la impiedad del corazón de Labán (Génesis 31:41-42).
Dios tiene un propósito elevado cuando conduce a su pueblo por el camino de los impíos, para que recibamos un poco de aflicción, de manera que lo reconozcamos a Él y lo anhelemos con vehemencia. El inicuo no ve la perfección de Jehová, más bien lo tiene como inexistente o como un dios débil. Piensa que no será castigado porque logra con creces los antojos de su corazón, su formación en maldad le ha proporcionado ganancia en el mundo de aflicción. El dios de este siglo le viene como inspiración, por lo cual su alma está presta a la burla del hombre justo. Pero en la sintaxis divina esto tiene que ocurrir para que el final del cuadro narrativo se manifieste la espada que destrozará el plan de la impiedad, junto a la caída mortal del hombre de iniquidad.
Entonces, no nos venguemos nosotros mismos sino demos lugar a la justicia de Dios. Oremos en todo tiempo, pidamos la justicia del cielo sobre la impiedad derramada en la tierra. Perdonemos a los que nos ofenden pero recordémosle a Dios que de Él es la venganza, que no tenga por inocente al que maltrata al justo. Apartémonos del convite de la mesa en que nuestros enemigos se hallan, no participemos en sus obras infructuosas rodeadas de tinieblas. Liberémonos del odio que podamos sentir y dejemos que sea Dios quien odie, solamente, que a Él no le afecta lo que ha decidido desde los siglos. Matará al malo la maldad, al impío que Dios ha hecho para sí mismo (Salmos 34:21 y Proverbios 16:4).
César Paredes
Deja un comentario