La doctrina de la soberanía de Dios va ligada al cumplimiento de sus promesas. Hay alrededor de 8.000 promesas en la Biblia, pero ninguna de ellas sería cumplida si no fuese Dios soberano sobre toda cosa creada. Por esa razón las Escrituras nos mencionan otra enseñanza, la de la predestinación. Hemos sido predestinados por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de su gloria, habiéndonos escogido en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4, 11). Nos predestinó en amor, dice el verso 5, no en odio; esto resulta muy importante porque nos hace entender que Dios no odia bajo ningún respecto a su pueblo. Al que ama castiga, y azota a todo al que tiene por hijo.
Esaú se describe como el modelo de los odiados por Dios; una figura similar a la del Faraón de Egipto, levantado para exhibir la furia del poder de Dios contra el pecado. Por igual, el hijo de perdición viene como imagen de un individuo odiado, como es el caso de Judas, apodado el Iscariote. Todos aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo son individuos no amados. Esto contrasta con el hecho del amor divino hacia sus elegidos (1 Pedro 2:8 versus 1 Pedro 2:4,5). Ovejas y cabras, dos figuras que no pueden intercambiarse; al igual que la ilustración de los árboles, uno bueno y otro malo; el árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo no puede darlo, sino el que es malo. La traición cumplida por Judas iba conforme a lo que estaba en las Escrituras, por lo cual debía cumplirse. Sin embargo, en ningún momento se ve a Jesucristo mitigando la responsabilidad del hijo de perdición. La predestinación no niega la responsabilidad de cada quien, al igual que la reprobación tampoco exonera de culpa.
Nuestra responsabilidad deriva del hecho de que somos seres dependientes. Nadie puede reclamar independencia del Creador, como si hubiese surgido de sí mismo, ajeno a la voluntad divina. Por lo tanto, nadie tiene libre albedrío, lo cual hace suponer que por la carencia de libertad e independencia en nuestra relación con el Creador le debemos un juicio de rendición de cuentas. Dios todo lo determinó desde antes, desde la eternidad. Lo que Él determinó se fundamentó en su propia voluntad, no en lo que las criaturas irían a hacer. El hecho de que Dios sea soberano implica por fuerza que todas sus promesas se cumplen, como un sí y un amén. Cristo se nos presenta como el principio y el fin, como la motivación de la creación y como la meta de lo creado. Por él subsisten todas las cosas, para él fueron hechas y él recibe la gloria de todo cuanto acontece. Aún el malo fue hecho para el día malo, así que no surgió por casualidad ni en forma independiente de Dios (Proverbios 16:4).
El Evangelio es considerado como la buena noticia, pero resulta buena para todo aquel que ha sido escogido para salvación desde la eternidad. Para el mundo por el cual Cristo no rogó (Juan 17:9), el Evangelio aparece como una muy mala noticia. Por esa razón el mundo nos odia, porque el mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo. Ese es el testimonio de Dios a través de las Escrituras, como bien se desprende de numerosos textos, en especial el Capítulo 6 del evangelio de Juan. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo lleva. Nadie va al Padre sino por el Hijo. Solamente los que hemos sido enseñados por el Padre, habiendo aprendido, somos enviados al Hijo (Juan 6:44-45).
Jehová ha anunciado por medio del profeta Isaías: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes de que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). La Biblia nos dice que creen los que están ordenados para vida eterna, que Dios nos ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de nuestra habitación.
Añade la Escritura que fuimos conocidos (amados), por lo tanto predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). El Señor nos escogió desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Fuimos rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en la época apostólica por amor a nosotros (1 Pedro 1:20).
Jesucristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, matado por manos de inicuos en la crucifixión (Hechos 2:23). Es decir, el crimen más horrendo de la historia fue una actividad del consejo divino, ordenado para beneficio del pueblo escogido. Muchos de los pecados cometidos contra el Hijo de Dios fueron profetizados, escritos con anticipación, como una muestra del poder del Dios soberano. Si Dios no tuviera poder suficiente, la humanidad hubiese cambiado la historia para que la profecía hubiese quedado inconclusa.
El principio de la soberanía absoluta de Dios pasa por indispensable en los atributos del Altísimo. Él hace como quiere, todo lo que quiso ha hecho; Adán tenía que pecar por cuanto el Cordero estuvo destinado desde antes de que Adán fuese creado. No iba a quedar Dios con un fracaso, como si Adán hubiese podido no pecar; por esa razón hemos de escudriñar las Escrituras para comprender bien el sentido de la soberanía divina. Al mirar en sus líneas entenderemos aquello que de inmediato no captamos, pero siempre hemos de hacerlo con la humildad que caracteriza a quien ha sido salvado de pura gracia. No por obras, como también dice la Escritura, para que ninguno se gloríe; la redención se debe a que hubo un Elector, alguien que nos amó eternamente y dio a su Hijo en rescate por muchos (es decir, por todo su pueblo: Mateo 1:21).
César Paredes
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