LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

Intentamos expandir el anuncio de la buena nueva de salvación, para que la información llegue hasta lo más lejos posible. No vinimos a este mundo a salvar almas, como si tuviésemos el poder de hacerlo. Nuestro cometido consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, enseñada por los escritores bíblicos. Por supuesto, muchos creerán por medio de esa palabra, pero nosotros no salvamos a nadie. Apenas nos mostramos como instrumentos en las manos del Todopoderoso, para que las ovejas del Señor que todavía andan perdidas vayan al redil.

Las cabras que oyen este mensaje se enfurecen, nos odian, porque son del mundo. El mundo ama lo suyo y nunca amó al Señor; además, Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación (Juan 17:9). El otro evangelio, aquel del cual Pablo dijo que era maldito, se predica a las cabras, y las ilusiona, por lo que en las sinagogas donde operan sueltan cabezazos contra todos los que puedan soltar. En esos lugares la doctrina del Señor no se manifiesta como énfasis, y cuando lo hace viene torcida para perdición de quienes doblan el sentido de las palabras bíblicas.

Los pies de los que traen las buenas nuevas de salvación son exaltados en el texto bíblico. La evangelización, de acuerdo a lo que muestran los evangelios, consiste en el anuncio general del trabajo de Jesucristo en la cruz. Pablo aseguró que él había mostrado todo el consejo de Dios; así que conviene mirar cuál fue su mensaje para poder imitar a ese gran evangelista. La doctrina del apóstol, lo que él daba en llamar su evangelio, siempre contuvo la enseñanza de la soberanía de Dios. La predestinación fue un tema favorito del apóstol para los gentiles, una cosa profunda que los indoctos e inconstantes tuercen, en el decir de Pedro (2 Pedro 3:16).

Dios ama al dador alegre, todo lo que el hombre sembrare eso segará. Esto también puede ser tenido como otro punto doctrinal bíblico, precisamente de la pluma del apóstol Pablo. El apóstol hablaba de los hermanos que se esmeraron por ayudarlo, algunos enviándole dinero para los asuntos propios de su estancia como misionero, otros fueron elogiados por su generosidad en la hospitalidad que tuvieron. Con ello se contempla la importancia de la ayuda que los creyentes han de darse unos a otros, en la armonía que dicta el amor que nos tenemos.

Las aflicciones del tiempo presente no son nada, comparado con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Romanos 8:18). Eso lo dijo el apóstol que fue arrebatado al tercer cielo, sin que le quedara claro si fue en cuerpo o en espíritu. En ese lugar vio cosas que no pudo narrarlas, no por prohibición sino por no encontrar palabras; el impulso que le dejó ese acontecimiento fue de tal magnitud que siguió encendido en la fe con gran ímpetu. Para evitar que aquella experiencia se le subiese a la cabeza, le fue dado un aguijón en su carne, el mensajero de Satanás que lo abofeteaba. Oró en tres oportunidades al Señor para que le quitara esa carga pesada, pero el Señor le dijo que le bastaba con su gracia, ya que su poder se hacía más grande en la debilidad del apóstol.

Dios nos administra, nos controla para que no tengamos desviación del camino. Nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que comprendamos que lo que decimos demuestra lo que creemos. Es decir, el árbol bueno se conoce por su irrefutable fruto bueno; aquel que ha nacido de nuevo no puede confesar un falso evangelio, porque estaría siguiendo al extraño. Eso sería incongruente con lo que dijo Jesucristo, que las ovejas que oyen su voz y le siguen no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). La confesión de otro evangelio forma parte del trabajo del apóstata, del maestro de mentiras, del pastor inútil.

La doctrina del Evangelio se nos ha dado como una materia de seria importancia. Conviene cuidarla y ocuparse de ella, ya que por medio de su contenido muchos alcanzarán la salvación (1 Timoteo 4:16). Esta declaración de Pablo ante Timoteo demuestra que la falsa enseñanza, la falsa doctrina, no salva a ninguna alma. Así que resulta inútil el dicho de muchos supuestos creyentes que han militado por un tiempo en el error doctrinal, la presunción de su decir que afirma que en ese período de tiempo de error anduvo salvo. Eso no puede ser posible, ya que la palabra contaminada está corrompida y resulta ineficaz en materia de salvación.

Lo dijo Jesucristo, cuando rogaba al Padre, dando gracias por los que habrían de creer por la palabra de esos primeros discípulos (Juan 17:20). Ellos tenían la palabra incorruptible del evangelio, como bien lo escribió el apóstol Pedro. Pablo tuvo por basura todo ese tiempo en que fue un religioso más del fariseísmo, todo aquello que hizo sin Jesucristo. Tengamos en cuenta esas palabras del apóstol, para que cotejemos los actos de muchos que dicen venir del error doctrinal pero que todavía insisten en afirmar que eran creyentes salvos mientras militaban en la falsedad de la enseñanza. Si en realidad hubiesen sido salvos desde ese tiempo en que andaban en la herejía, no habrían tenido necesidad de cambiar su doctrina.

No podemos andar por el mundo diciéndole a la gente una mentira doctrinal, como se ha acostumbrado desde hace demasiado tiempo: “Cristo murió por tus pecados, acéptalo como salvador. Él ya hizo su parte, haz tú la tuya. Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Piense en Judas, antes de decir usted tales palabras; piense en Esaú, en el Faraón, en cada réprobo en cuanto a fe, en los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Así que esa fórmula de evangelización es herética en su totalidad. El fruto que ella produce es para muerte, pues si alguien cree en el error, su ignorancia no lo justificará. Lo afirmó Jesucristo cuando reprendió a los escribas y fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno (Mateo 23:15). ¿Por qué doblemente culpable? Porque ya estaba perdido y después siguió a otro que también andaba en el error. Jesús no lo disculpó por su ignorancia, sino que lo condenó doblemente. Así que conviene escudriñar las Escrituras porque en ellas parece que tenemos la vida eterna, y ellas testifican de Jesús.

Es mejor decirle a la gente que Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), que no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero que vino a buscar a las ovejas perdidas. Que si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón. Que nos acerquemos a Dios en tanto Él está cercano. Que examinen las Escrituras para ver que le dice Dios a su alma, pues más vale perder la vida y sus cosas antes que nuestra alma eterna. Esto no es necesariamente el modelo, pero sí que puede tener lineamientos generales para hablar con el prójimo, para ver si es motivado por el Espíritu Santo para indagar en la palabra de Dios.

Seguir con el modelo perverso de los falsos maestros no traerá buen fruto. Con esa mentira se garantiza el fracaso, como bien lo afirmó el Señor: el árbol malo no puede dar fruto bueno. Si la premisa mayor está contaminada de error, la conclusión será forzosamente errática también. Hablad verdad, cada uno con su prójimo (Efesios 4:25). Los trucos sicológicos tampoco son adecuados para persuadir a las almas, pues de seguro atraerán a las cabras al aprisco de las ovejas. Resulta categóricamente trascendente el hablar la verdad, el anunciar a Cristo como el Dios soberano, el que dio su vida en rescate por muchos. ¿Estará usted entre esos muchos?

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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