LO QUE SOMOS

En la Biblia encontramos varios calificativos para tener en cuenta que pueden marcar la diferencia entre la desdicha y la felicidad. Somos una nación santa, un real sacerdocio, los elegidos, los amigos de Cristo. Por igual tenemos herencia en los cielos, siendo hermanos de Jesucristo, pero también se nos dice que pasamos a formar parte de los hijos que Dios le dio al Señor. La iglesia como cuerpo de Cristo se mueve de acuerdo a la cabeza, por lo cual sabemos que la apostasía no forma parte de la estructura del templo de Dios. El apóstata pasa como infiltrado en el redil de las ovejas, como la cizaña junto al trigo, al lado de los lobos disfrazados y al costado de los herejes que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

Semejantes a esos maestros de mentiras son los que los siguen, porque no hay diferencia entre llamarse apóstol de Cristo hoy día, cuando ya cesó ese oficio, y decirse patrocinador de semejante fechoría y arrogancia. Pablo no formaba parte de los doce apóstoles, de acuerdo a lo que él mismo escribió; por ejemplo, dijo que se había reunido con los doce. Sin embargo, agregó que él era apóstol porque Jesucristo se le había aparecido a él, como a un abortivo, como el último de ellos. Ciertamente, la palabra apóstol significa enviado, pero el que seamos enviados por Dios a predicar el evangelio no nos convierte en apóstoles como aquellos doce ni como el número 13 (Pablo, el último de ellos).

El vocablo ungido se refiere al Mesías que había de venir, pero también la Biblia nos dice que somos ungidos por el Espíritu Santo. No obstante, sería una osadía que raya en lo blasfemo alegar que somos los nuevos Mesías de estos tiempos. Ese juego de la literalidad del término para sugerir que poseemos la jerarquía de quienes recibieron ese calificativo en las Escrituras, conlleva un rango de ignorancia con atrevimiento pernicioso. Si no oramos y velamos de acuerdo a lo que nos dijo el Señor, no tendremos la sabiduría de Dios para discernir las mentiras del enemigo de las almas.

Pedid y se os dará, ha dicho Jesús. Cuando pedimos recibimos, si rogamos por pan no recibiremos un escorpión. Lo que Dios hace por nosotros lo hace las más de las veces bajo el mecanismo de la respuesta a la oración que hagamos. Nos dejó ese legado, una enseñanza oportuna para ejercitarnos en ella. La oración secreta será recompensada en público. ¿Cuánto tiempo suma la eternidad? ¿Cuánto tiempo pasamos al día en comunión íntima con Jesucristo? Fuimos llamados de las tinieblas a la luz, se nos dio un regalo inconmensurable cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Ahora nos corresponde ejercitarnos en la fe, por medio de la palabra viva de las Escrituras y a través de la oración o comunión con Dios.

Al igual que Elías deberíamos permanecer en la presencia de Dios. A partir de la convicción de esa comunión con el Señor se determinará lo que seremos. Dios es Santo, pero nosotros tenemos el privilegio de llamarlo Abba Padre. Eso también somos, hijos de Dios con la habilitación suficiente para ejercer el rol de miembros de su estirpe. Poseemos la asistencia gratuita del Espíritu Santo, el que nos ayuda a pedir como conviene. La oración no consiste en declarar ni ordenar que sucedan cosas, como si actuásemos bajo la praxis del oficio de la Nueva Era. Eso queda para los diablos, para aquellos que se jactan de espiritualidad efectista, que pretenden recibir admiración con su palabrerío.

La doctrina de Cristo constituye el eje del Evangelio. Sin su doctrina no existe nada que nos sustente, de acuerdo a lo que Jesús enseñó: Cuando el Padre os enseñe, una vez que hayan aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Pero aquel que camina en sus senderos de perdición, aún su oración se le cuenta como abominación (Proverbios 15:8). El hombre de mal, que no tiene la fe de Cristo, no es escuchado por Dios en sus oraciones. Sus sacrificios se le computan como abominación. Donde no hay sentido del pecado ni de arrepentimiento, ni lamento ni intención de cambio, ¿cómo puede haber aceptación del Señor? Otro texto lo corrobora: El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad! (Proverbios 21:27).

Las buenas acciones no expían la culpa del pecado, por lo que la religiosidad de millones de personas dentro de la cristiandad quedará sepultada junto a sus errores. El Señor les dirá en el día final: Nunca os conocí. El engañador que pretende por sus actos religiosos rendir tributo al Todopoderoso, sin haber sido llamado de las tinieblas a la luz, será semejante a Esaú, al Faraón o a Caín. La humanidad se divide en dos partes, de acuerdo a la Biblia: las ovejas y las cabras. También se menciona otra metáfora de esta división: los árboles buenos y los árboles malos. Jesús ha dicho que él colocaría su vida por las ovejas (recordemos que éstas se subdividen en perdidas y encontradas). Todas las ovejas perdidas serán conseguidas por el buen pastor; los árboles buenos son los únicos que dan buen fruto. Ese fruto que procede del corazón se conoce por lo que la boca pronuncia: De la abundancia del corazón habla la boca. ¿Qué es lo que pronuncia cada creyente redimido, como árbol bueno que es? El Evangelio verdadero. El árbol malo, en cambio, pronunciará siempre el evangelio anatema, esa mezcla entre verdad y mentira. Los árboles malos tienen apariencia de piedad, se dan a los ritos, a las acciones místicas, intentan buscar pruebas de su espiritualidad a través de los falsos dones especiales de hoy día.

Juan nos recomienda probar los espíritus para ver si son de Dios. Se entiende que el creyente no se extravía en medio de los espíritus demoníacos, sino que habla con personas humanas. Por lo tanto, esa prueba se refiere a las personas que conocemos, ya que dependiendo del Evangelio que confiesen se develará el contenido de sus corazones. El falso creyente tiene cuesta arriba reconocer la soberanía absoluta de Dios, puede ser que incluso la confiese pero por sus argumentos colaterales saldrá a la luz su desvarío doctrinal. La mezcla de lo bueno con lo malo resulta abominable para Dios.

Se deduce que somos de la verdad y amamos la verdad. Recordemos que Jesús tuvo discípulos que degustaron su palabra y sus milagros, pero que no resistieron la evidencia de la soberanía divina. Ellos murmuraron y dijeron que esa palabra era dura de oír (Juan 6: 60). No son pocos los que se dan a los ministerios eclesiásticos, pero de nada les sirve para sus almas si se resisten a la doctrina del Señor. En Juan 6 leemos que Jesús insistía en que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajese. En Juan 17 leemos que el Señor no rogó por el mundo por el cual no vino a morir, sino solamente por su pueblo (los que el Padre le dio y le seguiría dando). Todo esto va de conformidad con el resto de las Escrituras, como es el caso de Mateo 1:21, por ejemplo.

Llegar a conocer al buen pastor pasa por ser la mejor de las suertes que pueda experimentar ser humano alguno. No en vano Pablo aseveró que tuvimos suerte en Cristo (Efesios 1:11, según la versión Reina Valera Antigua). Ahora colocaron herencia, pero recordemos que en la antigüedad la herencia era echada por suertes (la Kleronomía). Los turnos del sacerdocio antiguo tocaban según la suerte echada mediante una piedra pequeña llamada Klerós, como señala el griego de la Septuaginta. Pablo nos habla de esa suerte nuestra de haber sido escogidos desde la eternidad para esta redención tan grande.

Somos muchas cosas al mismo tiempo, todas ellas muy buenas. Vivamos bajo el incentivo que nos obsequia el sabernos poseedores de tantas maravillas, solamente porque fuimos escogidos por el Padre. No hubo nada en nosotros, excepto pecado; pero Dios tuvo misericordia de muchos y estamos incluidos. Lo que Dios no quiso desde el principio no debemos reclamarlo, pero sí continuar con ahínco esta carrera que tenemos hasta que lleguemos a las moradas celestiales. Por cierto, también poseemos la ciudadanía del reino de los cielos.

César Paredes

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