DE LA BASURA AL ORO (EFESIOS 6:12)

La Biblia compara al creyente con un soldado de la fe, vestido con la armadura correcta para poder entrar en batalla. Esto no es jamás una opción sino una realidad que debemos encarar. La religión que profesamos como creyentes conlleva un alto costo: batallas, caídas y heridas, pero por igual se nos garantiza el triunfo en tanto peleamos la buena batalla. Pedro fue zarandeado como el trigo, Pablo fue abofeteado por Satanás, Jesucristo fue injuriado y crucificado, si bien todo iba conforme al plan de Dios. Al igual que Job, cuyos hijos perecieron, en tanto un fuerte viento sacudía la casa.

Las palabras de Job en sus calamidades nos vienen como una gran enseñanza. Dice la Escritura que Job no pecó en todo esto que le aconteció, sino que dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21). Este texto goza de una profundidad teológica que nos sirve de mucho en la vida, ya que Job siempre tuvo en su mente la idea del Dios soberano, pese a que Satanás le causó tropiezo. Sin Él, sin su voluntad, Satanás no puede actuar. Esto debemos tenerlo en cuenta cuando nos confrontemos con las adversidades en este mundo que sirve de principado a Satanás.

Pablo pasó muchos trabajos duros en su evangelización, recibió azotes, prisiones, sufrió naufragio y fue calumniado. Sabemos que para entrar al reino de Dios hemos de pasar por muchas tribulaciones. Nuestra fe en Cristo nos cuesta mucho en esta vida, si bien nos garantiza la vida eterna. El que pierda su vida por causa de Cristo, gana la vida eterna; el que pretenda salvarla evitando los riesgos de andar con Jesucristo, la perderá.

La lucha contra principados y potestades de las regiones celestes presupone una conquista sobre el mal. Tenemos enemigos de gran poder, los que rigen el mundo de las tinieblas, de la sinrazón, de la ilógica, de los que militan en la falsamente llamada ciencia. Somos llamados a ganar con argumentos esas disoluciones de Satanás, aunque en ocasiones vemos que el demonio posee a las personas. En tiempo de Jesús así sucedió, de manera que el Señor también tuvo la tarea de expulsar demonios. Recordemos al endemoniado de Gadara, el cual sufría grande malestar. Los demonios le rogaron a Jesús que no fuesen enviados todavía al abismo, sino que preferían poseer el cuerpo de unos cerdos que aparentaban cerca.

No siempre existe la posesión demoníaca, pero a menudo vemos la influencia de los demonios en el carácter de las personas. Satanás usa dardos encendidos contra nuestros pensamientos, gobernando con ellos nuestro ánimo hasta doblarlo. La depresión viene como consecuencia de ese pensar continuo en la fatalidad; sabemos que somos más que vencedores, de acuerdo a las Escrituras. Por esa razón se nos ha recomendado pensar en todo lo que sea amable y de buen nombre, en lo que es digno de alabanza, en lo que tenga alguna virtud. Se nos pide dejar a un lado la ansiedad y el afán, llevar todos nuestros pensamientos ante Cristo Jesús. La paz de Dios nos cubrirá y nos guardará, de manera que podamos huir incluso de los pensamientos suicidas.

Elías tuvo lucha terrible y deseó la muerte, por lo cual pidió a Dios que le quitara la vida. La respuesta fue el sustento con sueño y alimento, de acuerdo al relato bíblico, por medio de ángeles. Los ángeles son mensajeros de Dios, ministros de su bonhomía para los que somos miembros del cuerpo de Cristo. Ellos existen y no necesariamente tenemos que verlos, si bien algunos hospedaron ángeles sin que lo supieran. Dios ha querido en su voluntad eterna e inmutable hacernos pasar por este mundo de aflicción, para que seamos sustentados en la batalla. La lectura y meditación en la palabra de Dios nos da fuerza en el intelecto, así como la oración constante nos alienta en la avanzada del terreno que pisamos.

Noé se introdujo en el arca construida para guarecerse del diluvio, suponemos que las olas del agua golpeteaban el navío en forma constante. Pero dentro, Noé no tuvo temor sino confianza plena porque la palabra del Dios soberano se cumplía a cabalidad, de acuerdo a lo dicho. A Jonás, en cambio, le tocó habitar el vientre de un pez gigante, asunto desagradable para el profeta rebelde. Tenemos dos ejemplos claros en estos personajes: Noé obedeció a Dios de principio a fin en relación a la construcción del arca, pero Jonás quiso responder huyendo de su asignación.

Noé sufrió burla de sus contemporáneos, mientras Jonás cavilaba sobre la futilidad de ir a Nínive. No debemos huir de nuestras responsabilidades, ya que sufriremos las consecuencias inmediatas de la desobediencia a Dios. Satanás trabaja sobre nuestros pensamientos, haciendo que miles de ideas perniciosas se crucen en nuestra cabeza para entretenernos con ellas. Mientras nos ocupamos de sus acechanzas intentando desentrañarlas, nos agobia el sofoco del pesimismo. No se trata de darnos a los pensamientos positivos, como si con ese ejercicio pudiésemos cambiar las circunstancias, sino de centrarnos en la palabra de Dios antes que nada.

Esa palabra viene como lámpara para nuestros pies, alumbrando al sencillo. En tanto ella nos gobierna se disipan nuestras dudas, cobramos valor y abandonamos la cobardía y temor ante el mundo. No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7). No hemos de ser pusilánimes o cobardes, como si nos invadiera la falta de valor para confrontar los retos. Hemos de predicar el evangelio en oposición a los falsos maestros, para denunciar sus errores, para reprobar el pecado humano, para deshacer argumentos falaces contra la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo el que nos produce el poder de lo alto en nosotros, el que nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

Con esa garantía en la oración, tendremos lo que habremos pedido por cuanto se ha hecho conforme a la voluntad de Dios. Mediante ese poder podemos resistir las tentaciones de Satanás, como buenos soldados de Jesucristo. Los falsos maestros son los enemigos más acérrimos del evangelio, porque andan metidos en el corral de las ovejas intentando trasquilar su lana y dañarlas a granel. Mediante el poder divino que nos es dado resistiremos esas asechanzas del enemigo número uno de los creyentes, con el amor de Dios buscaremos siempre la gloria del Señor y no la nuestra. El dominio propio se refleja por lo que sostenemos como doctrina del Evangelio, al igual que mantenemos una sobria conducta, una debida moderación y pureza en todo cuanto hagamos de hecho o de palabra. De esta manera no nos rendiremos ante las potestades espirituales de maldad.

En medio de esta lucha, nuestra fe es probada como el oro, para sacar toda impureza (1 Pedro 1:7). Por igual, el bieldo está en la mano del Señor y limpiará su era, recogerá su trigo en el granero pero quemará la paja en fuego (Mateo 3:12). Toda impureza o basura nos es quitada mientras somos purificados por el fuego. Pese a que Satanás comenzó con Adán en el Edén, y pese a que continúa con los que somos de Cristo, no podrá enjuiciarnos ni condenarnos, ya que hemos sido justificados por la gracia del Señor. Por esa razón el diablo anda con mayor ira, buscando a quien devorar. Él tiene a los suyos, los que por siempre lo seguirán, sea que vayan de voluntad o que caminen engañados; pero su mejor presea sería atrapar a uno de nosotros para atormentarnos en esta vida (pues en la otra no nos tendrá jamás). Por lo tanto, seamos prudentes, estando firmes, para no caer en las asechanzas del enemigo de las almas. Pobre de los habitantes del mundo que habitan entre semejantes enemigos: el diablo y sus principados y potestades, con mucho poder para provocar calamidades sobre los que lo siguen. Tenemos una promesa de victoria sobre nuestros adversarios espirituales, en tanto vamos transitando hacia la patria celestial. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, si bien las más de las veces nos topamos con gente que habita el mal y posee el mal en sus corazones. Sepamos siempre que nuestras oraciones tienen gran alcance para esa batalla que en principio es espiritual. Al saber que el pecado no es una abstracción sino que se concreta en carne y sangre por igual, la Biblia nos recomienda a no andar en los caminos de los prevaricadores, a no sentarnos en sus mesas y sillas (Salmos 1).

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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