Isaías refiere al conocimiento del Hijo de Dios, a quien llama el siervo justo, para poder ser justificado (Isaías 53:11). Si no conocemos a Jesucristo, ¿cómo podemos invocarlo si no creemos en él? ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? -se pregunta Pablo en Romanos 10:14. Cualquiera puede decir tener fe aunque pudiera ignorar el sustento de ella, la verdadera esencia (Hebreos 11). La gente asegura creer en Dios, pero lo mismo hacen los paganos del mundo, llamando dios a lo que no lo es (Romanos 1).
Nosotros, los que nos llamamos creyentes en Cristo, entendemos que Dios envió a su Hijo en semejanza de hombre, con la idea de redimir a todo su pueblo de sus pecados. Eso lo aseguró un ángel en la visión que tuvo José, a quien le fue dicho cuál sería el nombre que habría de colocarle al niño por nacer. Sería llamado Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de una manera muy especial al mundo, razón por la cual él había venido a morir por ese mundo. Pero no nos confundamos con el término, ni le demos mayor extensión que la que su contexto permite. Hablaba con un maestro de la ley, así que le estaba advirtiendo que no creyera que Dios amaba solamente al pueblo judío o de Israel, sino que también hacía lo mismo con las gentes (los gentiles), a quienes los judíos daban por llamar el mundo.
Parte de esta doctrina se enfatiza en el día previo de la muerte de Jesús. Estaba orando en el huerto de Getsemaní y clamaba al Padre agradeciendo por aquellos que le había dado. Explícitamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Bien, fue Jesús el autor de esas dos frases, la de Juan 3:16 y la de Juan 17:9; en ambas se menciona la palabra mundo. Hemos de estar atentos a este contexto, ya que si tomamos ese vocablo como si tuviese un mismo referente caeríamos en una contradicción: la contradicción de la rebeldía del Hijo, que no moriría por el mundo que el Padre amaba. Eso no puede ser posible sino en una mente retorcida que busca una interpretación privada de las Escrituras.
Para conocer al Hijo de Dios conviene acercarse a su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dejó a sus discípulos. Bien sabemos que el Nuevo Testamento contiene abundante información de lo que Jesús enseñó, así como el Antiguo Testamento también ilustra acerca de ese siervo justo que vendría. El apóstol Juan describe en su evangelio ciertas escenas en las que Jesús enseñaba a muchos discípulos. En el Capítulo 6 de ese evangelio vemos con claridad lo que aconteció ante la multitud que lo seguía como su Maestro. Ellos se espantaron de su doctrina, no la pudieron asumir y prefirieron dejarlo e irse de su lado. Hoy en día hay muchos que rechazan su doctrina pero que no se van, sino más bien se quedan merodeando para confundir a los que muestran interés en las enseñanzas de Jesucristo.
En tal sentido, dicen conocer a Jesucristo pero ignoran su cuerpo de enseñanzas; dicen amar a Jesús con el corazón, aunque no aceptan en su intelecto lo que Jesús enseñó. Bueno, sigue la confusión entre corazón y mente, cuando son dos metáforas de una misma acción: la de comprender lo que Jesús dijo y la de asumir como un todo su doctrina. Conviene leer a Pablo en asuntos de doctrina, quien expone el caso de Jacob y Esaú, diciéndonos que esa es la forma en que Dios ha mostrado su elección: 1) la hizo desde antes de la fundación del mundo; 2) no miró la obra humana, ni buena ni mala, sino que simplemente actuó como un Elector libre; 3) no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer.
Por supuesto, esa enseñanza se pasa por alto en las sinagogas de los supuestos creyentes, y también se interpreta de manera diversa para desviar el sentido unívoco que conjuga con el resto de las Escrituras. La soberanía absoluta de Dios no es bienvenida en el reino del libre albedrío humano, por lo cual se habla de paradojas, de conciliación, despreciando que Dios sigue siendo el Despotes descrito por Pedro en una de sus cartas. En realidad no tiene consejero, no tiene nadie quien le diga qué haces; el Señor gobierna aún en los pensamientos de los hombres, haciendo que el corazón del rey se incline a cuanta cosa Él ha deseado. En el libro del Apocalipsis vemos una escena en la que Dios coloca en los corazones de los que gobiernan la tierra el dar el poder a la bestia (Apocalipsis 17:17), para que se cumplan todas las palabras de su consejo.
Ese siervo justo nos convenía de esa manera, ya que si fuese por obras todos estaríamos condenados. El cuento de que Cristo murió por todos, sin excepción, de que hizo posible la salvación para toda criatura humana, proviene del pozo del abismo. No tiene respaldo bíblico, excepto que se miren los textos fuera de sus contextos. La expiación es el pago por el rescate del alma, el sacrificio que hizo Jesucristo en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), al dar él su vida por las ovejas y no por los cabritos (Juan 10).
La Biblia dice que Dios justifica al impío, de manera que nos justifica por medio del sacrificio de su Hijo. Jesucristo ha sido llamado la justicia de Dios, nuestra pascua, ya que sin esa justicia no podríamos tener redención. Muy malo para Judas, para Caín, para el Faraón de Egipto, para cualquier otro réprobo en cuanto a fe, como todos aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Así que resulta en otra gran mentira el decir que ya Dios hizo su parte, que el diablo ha votado en su contra, pero que ese empate lo resuelve cada quien levantando la mano a su favor.
Nosotros no tenemos sino nuestra propia maldad o nuestro propio pecado; nada bueno hubo para que Dios se fijara en nosotros. De allí que nos gloriamos en la cruz de Cristo, nos apegamos a su doctrina y anunciamos su evangelio. Pero el evangelio tiene su anti-evangelio, que sería la enseñanza anatema de los falsos maestros. Existe un modelo teológico que está siendo aceptado en todo lugar, como una mala hierba que se propaga por doquier, lo cual ha hecho que muchos predicadores de la verdad trastabillen y lo acepten como otra manera de creer la verdad. Sin embargo, conviene denunciarlo si queremos predicar todo el consejo de Dios. Hablo del Arminianimo/Pelagianismo, una enseñanza que dice que Dios miró a través del tiempo para ver quién iba a creer. De esa manera Dios elegiría a cada uno de los que creerían, ya que se dio cuenta de que algunos lo aceptarían mientras otros lo rechazarían. Esto implica que el hombre cayó en el jardín del Edén pero no murió, sino que se enfermó de pecado. Es decir, todavía quedaría algo de bueno en el corazón humano por lo cual Dios tuvo en consideración darle una nueva oportunidad. Esto va contra las Escrituras que dicen que todos están muertos en sus delitos y pecados, que fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás. La Escritura añade que Dios miró y vio que no había justo ni aún uno, que no había quien lo buscara (al verdadero Dios), ni quien hiciera lo bueno. Añade la Biblia que la justicia humana se asemeja a los trapos de mujeres menstruosas.
En otros términos, para el otro evangelio el ser humano está en capacidad de elegir a Cristo, ya que si así no fuera Dios sería injusto. Eso es lo que enseña el arminianismo y su doctrina legendaria el pelagianismo. Hay pastores que predican la gracia soberana, pero que hablan de la posibilidad de la salvación dentro de la doctrina arminiana y pelagiana. Ellos se colocan como ejemplos, ya que dicen que anteriormente ellos fueron arminianos y ahora han creído en la soberanía de Dios. Por lo tanto, computan la época de su arminianismo/pelagianismo como parte del período de redención. Yo me pregunto, ¿por qué salieron del arminianismo o del pelagianismo? No hacía falta salir, ya que en su decir fueron salvos en ese tiempo.
Al parecer no han entendido que la doctrina errónea no salva a nadie, como Pablo aseguró de la maldición de todos aquellos que predicaban un evangelio diferente al que calificó de anatema. El mismo apóstol tuvo como pérdida todo su tiempo de fariseo, de guardador de la ley de Moisés, diciendo que ahora nada más procuraba sino la excelencia de Cristo. Tener como pérdida su tiempo de fariseo ejemplar implica que él mismo reconocía que no era salvo en esa época. Pero estos nuevos pastores se congracian con el evangelio anatema y se colocan como argumento de validación, al decir que ellos fueron arminianos y que ahora que creen en la gracia soberana son salvos, como antes lo eran. Eso es un galimatías doctrinal fermentado.
Pablo nos ha dicho que antes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), caminando en el sendero del príncipe de la potestad del aire. ¿No es andar de la mano con ese príncipe el caminar en otro evangelio? La doctrina que se opone a la doctrina de Cristo es sencillamente una doctrina del anticristo. Ese espíritu opera todavía en los hijos de desobediencia, así que conviene arrepentirse y creer el evangelio de Cristo, si en verdad hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido de Él (Juan 6:45).
No hemos de creer que existe salvación en un evangelio que proclama a voces que la predestinación divina es repugnante (Jacobo Arminio), que declara que un Dios que hace tal cosa es simplemente un diablo (John Wesley), que alguien que elija es por igual un tirano (John Wesley). Tampoco hemos de creer que hay salvación en el corazón de un predicador que anuncie ante sus feligreses que su alma se rebela contra quien coloque la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Spurgeon). Quien colocó esa sangre a los pies de Dios fue el Espíritu Santo que inspiró a Pablo a escribir su Carta a los Romanos. Entonces, mucho cuidado con los camuflados, con aquellos que se engalanan ante sus oidores y asambleas, los que le dicen bueno a lo malo y a lo malo llaman bueno. Ocúpate de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; buen consejo para nosotros en estos tiempos de anti-evangelios.
César Paredes
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