EL ENCUENTRO CON JESÚS

Dios hizo al hombre y le habló en forma audible. Adán pecó, pese al contacto inmediato con su Creador. Siglos más tarde, hemos sido informados por el apóstol Pedro que el Cordero de Dios estuvo ordenado como tal desde antes de la fundación del mundo. Es decir, Adán debía pecar para que Jesús se manifestara como el Salvador de su pueblo. El plan de Dios se ve entretejido en las Escrituras, sin que se haya detallado como un esquema de un libro, como una bitácora de viaje. La lectura de la Biblia pasa por el convenio del intelecto del lector y el auxilio del Espíritu Santo, para que se pueda descubrir el fondo de su propósito.

Por supuesto, en el área del intelecto habitan también la gramática del texto, junto a su contexto, el resto del escrito para comparación e interpretación. Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia propone un encuentro con Jesús, diciéndonos que por medio de su palabra nos viene la fe. En cuanto a este tema hemos de tener en cuenta lo que particularmente se dice al respecto: que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8), que sin fe resulta imposible agradar al Señor (Hebreos 11:6).

Esa fe que viene por el oír (Romanos 10:17), y el oír por la palabra de Dios, implica la predicación del Evangelio. Así se desprende del verso que precede al señalado, que dice que no todos obedecieron al evangelio, pues ¿quién ha creído a nuestro anuncio? En tal sentido, la predicación del Evangelio nos viene como el medio que usa Dios para colocar su fe en los corazones de los que son su pueblo. Cada cual que predica no es más que un ministro de ese Evangelio por medio del cual otros creerán. Jesucristo es el sujeto de la Escritura, su autor indudable, el Verbo hecho carne, el que da los materiales necesarios a sus evangelistas. Un evangelista es todo aquel que predica el Evangelio del Señor, el que realiza la tarea que nos ha sido encomendada a cada creyente. Obedecemos a Dios si predicamos este Evangelio que nos fue ordenado en una gran comisión, bajo la garantía de la autoridad de Jesús.

Judíos y Gentiles somos el objeto de esa predicación, para que oyendo podamos creer, como en efecto hemos hecho millones de personas a lo largo de la existencia humana. El evangelio es eterno (Apocalipsis 14:6), de manera que junto a la caída del hombre aparece su anuncio: primero en el símbolo de Dios al sacrificar animales para cubrir la desnudez humana; en segundo lugar, cuando se le anuncia a la serpiente acerca de la enemistad de su simiente con la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Conoceríamos más tarde que existe una simiente prometida a Abraham de la cual Pablo habla diciéndonos que la expresión en Isaac te será llamada descendencia (simiente) se refiere a Cristo como el prometido.

El Salmo 19 en su verso 4 nos habla de esa palabra divina que salió por toda la tierra, como voz de Dios. La creación misma nos predica del Altísimo y de su obra ordenada por medio de su voluntad manifiesta, haciendo aquello que no existía para demostrarnos su poder y grandeza. Juan nos enseña que ese Creador también es el Verbo hecho carne (Juan 1: 1-3). Todas las cosas por él fueron hechas, añadiéndonos que en él estaba la vida como luz de los hombres, y que las tinieblas no prevalecen en esa luz. Jesús es la verdadera luz que alumbra a todo hombre, la que vino al mundo (Juan 1:9). La ironía de ese relato se devela en el hecho de que el mundo fue hecho por Jesucristo, el mismo que lo desconoció cuando vino a esta su creación (Juan 1:10).

Para conocer a Jesús basta con escuchar su palabra y recibirlo como el Hijo de Dios. Los que lo reciben demuestran que no han sido engendrados por Dios. En realidad, la salvación es por gracia, de manera que llegan a creer en Jesús todos aquellos que son enseñados por el Padre y que han aprendido de él (Juan 6:45). El que recibe a Jesús demuestra que ha sido engendrado por Dios, no por voluntad humana. Ese es el nuevo nacimiento que Jesús le explicaba a Nicodemo (Juan 3:3). No se trata de tener genealogía o descendencia de Abraham, ni de poseer parientes de valía teológica, ni mucho menos de presentar buenas obras como señal de justicia ante Dios. Nuestras obras son como trapos de inmundicia, carentes de judicialidad ante el Todopoderoso Juez Justo de toda la tierra.

El primer nacimiento humano es terrenal, el segundo debe ser espiritual. Pero en este nacer de nuevo no puede intervenir voluntad humana alguna sino solamente la divina. Con el primer nacimiento demostramos que hemos sido concebidos en pecado y que tenemos que pagar su costo: la muerte eterna. Nuestra vida demuestra que hemos sido concebidos en iniquidad, siendo transgresores desde el vientre de nuestras madres (en pecado me concibió mi madre: Salmo 51). Nuestra naturaleza pecaminosa nos señala como hijos de ira. Nicodemo se quedó sorprendido con las palabras de Jesús, ya que él pensaba que por ser descendiente de Abraham sería computado como limpio ante Dios. Los fariseos se la pasaban convirtiendo gente a su judaísmo, pero se habían olvidado de la verdadera circuncisión del corazón. Habían ignorado las palabras de Ezequiel, las que hablaban del cambio de corazón de piedra por uno de carne. Ese precisamente era y es el trabajo del Espíritu Santo, que sopla de donde quiere como el viento, que hace de acuerdo a la voluntad del Padre Eterno.

Urge el nuevo nacimiento, el nacimiento de lo alto, aquel que viene por un poder sobrenatural demostrado por el Espíritu. De esa manera sabremos que hemos sido llamados con llamamiento santo y en forma eficaz, en Cristo Jesús. El Señor también lo dijo en otros contextos; tenemos su prédica reseñada en Juan 6 ante la multitud que lo seguía maravillada por sus milagros de comida (panes y peces). Él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; si el Padre lo traía él no lo echaría fuera, sino que lo resucitaría en el día postrero (Juan 6:44). En Juan 6:37 el Señor anuncia otra premisa importante y fundamental: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. La síntesis derivada de esas dos premisas fundamentales es que la voluntad humana no tiene lugar en el conocer a Jesús, a no ser que la voluntad divina primero se manifieste.

Por supuesto, esos discípulos que seguían a Jesús, de acuerdo a lo reseñado en Juan 6, razonaron y dedujeron que aquellas palabras eran duras de oír. No habiendo sido llevados por el Padre a Cristo se retiraron con murmuraciones (Juan 6:60-61). Jesús supo que sus palabras habían ofendido a aquella gente que insistía en seguirle, pero en ningún momento modificó su discurso. Más bien ratificó todo lo dicho con una pregunta retórica: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61), añadiendo un poco después el resumen de lo que a ellos les había molestado: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

Conocer a Jesús pasa igualmente por conocer su doctrina; estas enseñanzas de Jesucristo manifiestan la doctrina del Padre, tarea que ejecutaba el Hijo de Dios de manera perfecta (Juan 7:16-17).

La doctrina tiene relevancia en el acto de conocer a Jesús, tanto la tiene que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que el que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; en cambio, el que persevera en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 1:9). Pablo recomienda a Timoteo ocuparse de la doctrina (1 Timoteo 4:13-16). Asimismo, Pablo dio gracias a Dios por los romanos que habían obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fueron entregados (Romanos 6:17). Conocer a Jesús pasa por reconocer su doctrina como verdadera y útil para nuestra redención.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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