La naturaleza humana es contraria y enemiga de Dios, aunque el Verbo hecho carne haya penetrado la historia y se haya manifestado para que muchos podamos alcanzar la vida eterna. A las personas que han sido alcanzadas por el acto supremo y soberano de la misericordia de Dios, se les ha dado el Espíritu de Dios, llamándolos hijos de Dios. Por intermedio de ese Espíritu se puede clamar ¡Abba, Padre!, así como recibir su testimonio en nuestro espíritu para conocer que somos hijos de Dios.
Hay algunas características que se desprenden del otorgamiento del Espíritu a los que somos hijos de Dios (Romanos 8), como resultado de que el Espíritu mismo vino como una garantía dada a los hijos, por lo cual ello presupone ciertas pruebas.
Pruebas:
1- Por vía en contrario, los que son de la carne piensan en las cosas de la carne. Eso implica un estado del ser, una conducta de la naturaleza humana. Se está en la vanidad y se milita en ella, se es del mundo y se convive integrado a él. Sin embargo, como contrapartida, los que son del Espíritu, (piensan) en las cosas del Espíritu. El énfasis está centrado en el verbo pensar, como una actividad del ser. Si se es de la carne, se piensa en cosas naturales de la carne, pero si se es del Espíritu, se piensa en cosas naturales del Espíritu. Un estado lleva a la muerte, el otro otorga la vida. De la carne sólo se cosecha destrucción, del Espíritu se cosecha vida eterna. Los hijos de Dios estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Juan 17).
2- Si se tiene el Espíritu de Cristo, se es de Él. No se nos dice que estamos en Él, pues la idea de ser pertenece a la de la esencia, mientras que la del estar puede ser transitoria. Se está en un sitio un tiempo, se está en otro después, pero ser supone permanencia: somos seres humanos, no estamos un tiempo como seres humanos y otro tiempo como animales. Simplemente somos seres humanos, como estado permanente. De manera que el que ES de Cristo, tiene el Espíritu de Cristo.
3- Por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne. Esa es otra consecuencia inevitable del hecho de ser hijos de Dios. No es a la inversa: hacer morir las obras de la carne para ser aceptados por Dios. No, pues no sería posible ya que en nuestra propia naturaleza reina el pecado. Esto se traduce en una lucha continua y sostenida hasta la muerte: queriendo yo hacer el bien descubro que el mal está en mí. Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; no obstante, hay otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros, en mi naturaleza humana. Muchas veces hacemos aquello que aborrecemos, no aquello que queremos hacer en nuestra nueva naturaleza, la del Espíritu. De manera que ya no somos nosotros quienes hacemos lo indebido, sino el pecado que mora en nosotros (Romanos 7).
4- Los que somos guiados por el Espíritu de Dios, somos hijos de Dios. Somos guiados desde el temor al pecado a la libertad en Cristo, del castigo eterno a la vida eterna, de la separación eterna de Dios a la comunión por siempre. Somos guiados a toda verdad, a guardarnos de los indoctos e inconstantes; guardados para crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Somos guardados de la práctica del pecado, de manera que no somos tocados por el maligno.
5- Hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual pasamos a ser hijos de Dios, para que podamos llamarle Padre (¡Abba Padre!). Por eso se nos dice mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Esta cualidad conlleva la contrapartida de que el mundo no nos conoce. Pasamos a ser extraños para el mundo, locos, enajenados, ilusos. Pero por esta vía de la adopción hemos salido de la práctica del pecado –cometemos pecado, pero no lo practicamos y no nos sentimos a nuestras anchas con eso. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6).
6- El Espíritu testifica a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Allí entra el cúmulo de las oraciones contestadas, pues Dios se deleita en las oraciones de su pueblo. Hay un testimonio en nuestras vidas por el cual sabemos que todas las cosas nos ayudan a bien, pues hemos sido llamados según su propósito. De manera que por ese testimonio tenemos confianza al pedir cualquier cosa según su voluntad agradable y perfecta, no gravosa. Al saber que Él nos oye tenemos las peticiones hechas. El testimonio del Espíritu también se traduce en el entendimiento inmediato de lo que está bien y lo que está mal; por ese testimonio vamos siendo separados más y más de la militancia con el mundo. Por ese testimonio nos damos cuenta de que la amistad con el mundo es enemistad para con Dios. Pero eso es algo interno, de adentro hacia afuera; no es una práctica de afuera hacia adentro, como si pudiéramos hacerlo en nuestras fuerzas.
7- Gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. En otras palabras, aguardamos la venida de Cristo, o nuestra partida a un hogar mejor. Deseamos estar con Él, y gemimos por no querer seguir atrapados en la cápsula del mundo. Gemimos porque reconocemos que aún estando en el mundo no somos del mundo. Esa es la esperanza a la cual hemos sido sometidos, esperanza de la salvación, esperanza opuesta a la vanidad en la cual ha sido sometido el mundo entero. Sabemos que todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero vivimos en esa esperanza.
8- El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad: nos orienta en el entendimiento de las cosas espirituales, nos lleva a toda verdad, nos redarguye y se contrista cuando fallamos. Por igual, intercede por nosotros y en nuestras oraciones nos permite pedir lo que nos conviene, aunque muchas veces no lo sepamos hacer. El Espíritu es la garantía de que somos de Cristo, por eso el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Como consecuencia lógica de su intercesión, del hecho mismo de ser hijos, se nos dice que hemos sido conocidos (en el hermoso sentido de la comunión del Padre con nosotros) desde antes de la fundación del mundo, hemos sido predestinados para salvación, para ser conformes a la imagen de Cristo. De igual forma, hemos sido llamados a ser parte de su iglesia, de su pueblo; hemos sido justificados por lo cual tenemos paz para con Dios, y finalmente hemos sido glorificados. Pero se agrega que nosotros ya estamos sentados con Él en los cielos. Ese misterio puede ser duro de entender, pero es una realidad. Recordemos que Dios está fuera del tiempo, el tiempo como una cualidad dada a este universo. Dios no se puso una camisa de tiempo a sí mismo para sujetarse y envejecer. El es eterno e inmutable, y nos colocó la dimensión de la temporalidad en nuestro mundo.
Grandes consecuencias:
1. No hay quien nos acuse, pues Dios es el que justifica. El acusador de los hermanos, Satanás, no puede sino señalar lo que ante los ojos de Dios ya no existe, dado que el acta de nuestros decretos que nos era adversa fue clavada en la cruz de Cristo. Por eso Él dijo: Consumado es, o pagado es.
2. No hay quien nos condene, ya que Cristo murió, resucitó e intercede por nosotros a la diestra del Padre; Jesucristo hizo posible todo esto en la cruz, la cual es locura para los que se pierden.
3. No hay quien nos separe del amor de Cristo, aunque vengan circunstancias adversas reconocemos que todo está controlado hasta el más mínimo detalle por su soberanía. Por eso se nos declara que somos más que vencedores. ¿O es que acaso no vamos a entender de una vez que nosotros, simples criaturas, hemos nacido en este mundo por la sola voluntad del Padre? Todas las circunstancias propicias para nuestra aparición en escena han sido actos previstos desde los siglos para nosotros. Visto así, cada acto diario, cada evento o elemento de los eventos, es precioso, en tanto constituye parte de la voluntad suprema de Dios para con nosotros. Aún eso que llamamos azar, no lo es sino por eufemismo, por causa de desconocer las variables y razones de lo que ocurre.
4. Ni siquiera la muerte nos puede separar de la relación con Dios; una relación pensada desde los siglos por Él, una relación iniciada para nosotros y en nosotros en un momento histórico, cuando se nos dio la claridad de su verdad por medio del nuevo nacimiento. Por eso se nos dijo que era necesario nacer de nuevo, pero se nos advirtió también que esto no podría ser por voluntad nuestra, sino por voluntad del Espíritu. Y sabemos ahora que Dios conoce la voluntad del Espíritu, el cual actúa conforme a la voluntad de Dios mismo, la voluntad del Padre (Romanos 8:27).
En toda la Escritura vamos a encontrar incontables maneras y pruebas que demuestran nuestra pertenencia al Dios de los siglos. Pero se trata de una pertenencia con una relación de diálogo muy personal. No se trata de ser parte de un todo, sino de seguir siendo identidades individuales que conformamos una familia interrelacionada con el Dios vivo, por el puro afecto de su voluntad, por el solo hecho de que Él se propuso desde los siglos escogernos como pueblo, para hacer notorias las riquezas de su gloria. De esta forma nos hizo como vasos de misericordia y nos llamó de las tinieblas a la luz, mostrando su gracia absoluta para con los que Él ha querido hacer beneficiarios de su gracia.
De manera que cuando ataque la angustia y se nos recuerde nuestras miserias, tengamos presente estas pruebas irrefutables de nuestra pertenencia al reino de Dios. Una pertenencia o militancia que no depende de nosotros en nada; simplemente hemos sido llamados, llevados, seducidos, por la palabra del evangelio. Una vez en el evangelio entendemos que hemos sido simplemente objetos de la misericordia de Dios. El impacto de su gracia nos lleva a bendecir su nombre y a mostrar ante nuestro prójimo el cambio que se está operando en nuestro ser. Un cambio substancialmente consumado, aunque un cambio relativamente activo, en tanto dure esta dualidad de la vieja y nueva naturaleza en nosotros. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo…(Romanos 7:24).
César Paredes
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