ALABAR A DIOS

ALABAR A DIOS

Va bien con nuestra alma el alabar a Dios, muy bien, por lo tanto alabemos a nuestro Dios. Poco importa que el mundo ignore al Creador, que lo malinterprete, que lo tenga por objeto o animal, que le dé el nombre de algún demonio. Sí, al impío dijo Dios que él no tiene que tomar en su boca la palabra divina, así que animémonos a tomarla nosotros como un derecho inalienable, como una dicha de regalo. Grande es la fidelidad del Señor, su misericordia no posee ni una sombra de duda, cada mañana la vemos en nuestra disposición para la vida. A los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

Todo lo que respire bendiga el nombre de Jehová, cuya gracia nos impulsa en medio de este mundo insano. Si abrimos el noticiero, o cualquier medio digital, si escuchamos a los que van al abasto, a los que hacen cualquier cola, siempre oiremos quejas y palabras de mal gusto. No tienen seguridad, pero poseen conciencia de quién es quién. Ellos saben que en nosotros está la paz de Jehová, que hemos nacido del Espíritu, aunque no hayan jamás leído al respecto. El testimonio del Señor se deja ver en nuestra actitud para vivir, parar confrontar la maldad y para asumir la alegría de la vida.

Tenemos una perfecta sumisión a su palabra, sabemos que los ángeles descienden para socorrernos, que nos defienden, porque así está prometido en la palabra inquebrantable de las Escrituras. Nos sumergimos en la dulce oración, ante el trono de nuestro Padre donde depositamos nuestra ansiedad sobre quien nos cuida. Nuestra alma ha encontrado alivio al inclinarnos, sabemos que lo más bajo que caeremos será a los pies del Todopoderoso y que jamás lo haremos ante los pies de ningún humano. De rodillas ante Dios, no ante los hombres.

El espíritu ansioso ve que Dios se apresura a socorrerlo, cobra alivio al reconocer la presencia de quien dio su vida hasta el martirio por extendernos su justificación. Hemos sido salvados por gracia, no por obras que pudiéramos tener; si alguien supone que su obra ayudó, entonces tiene de qué gloriarse. Sepa esa persona que Dios no compartirá su gloria con nadie, que desde la eternidad se propuso darle la gloria de Redentor a su Hijo, que Adán tenía que pecar en el Edén para que se manifestase aquel Cordero ordenado para nuestro provecho (1 Pedro 1:20).

Recordemos que no todos los seres humanos fueron ordenados para vida eterna, sino que los hay también para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Por eso compartimos el gozo con el Señor, y poseemos un ánimo que el mundo desconoce. Jesucristo es la fuente de cada bendición, como manantial de aguas tranquilas y vida eterna. El impío huye sin que nadie lo persiga (Proverbios 28:1), pero el justo está confiado como un león. La conciencia atormenta al hombre de maldad, lo hace huir hacia sus terrores, como sucedió con Caín. Su pensamiento vive en el futuro plagado de calamidades, o en el pasado bajo el recuerdo de sus injusticias y aunque se ufane de ellas existe siempre una espada de Damocles que lo amenaza. El rostro del Señor está en su contra para que tropiece con sus enemigos, para que lo gobierne quien está contra él (Levítico 26:17).

El que ha sido justificado por la fe de Jesucristo habita cual león fortalecido, sin temer a ninguna criatura. Como león fuerte no se aparta para huir de nadie (Proverbios 30:30). Si tememos a Dios no tendremos temor de nadie más, no solo seremos protegidos por ángeles, sino que sabremos que nuestro Señor está presto mirándonos. Aunque nuestra lucha sea intrincada con huestes de demonios, con principados y potestades, no tememos a los antros del mal. Simplemente comprendemos que el mundo anda conforme a su príncipe tenebroso, deseoso de complacerle y en odio natural contra los que somos amados por Dios. El mundo nos odia porque no somos de él, porque el mundo ama lo suyo, pero confiamos en aquel que ha vencido al mundo. El espíritu de cobardía, de temor y susto no nos gobierna, ya que el Señor nos ha otorgado el espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7-9).

Lo que diga el hombre y lo que amenace el demonio no lo tememos, no nos descorazonamos por sus amenazas. Ante una eventual derrota en aquello que nos propusimos lograr, sabemos que Dios no ha muerto y que sus planes se cumplen. Tal vez no sean los mismos planes que hemos concebido, por lo tanto de seguro serán mejores. Seguimos oponiéndonos a los errores de los falsos maestros, a la doctrina diabólica de la expiación universal, al engaño de los mentirosos que dicen bien a lo que es mal y llaman malo a lo bueno.

Poseemos el dominio propio que provee la doctrina del Evangelio, para comprender todo el consejo de Dios. Nuestra confianza se fundamenta en que hemos sido escogidos por el Padre de acuerdo a su propia voluntad, habiendo sido formados como vasos de misericordia y no de ira. ¿A qué hemos de temer? Dios es quien justifica, Cristo intercede por nosotros ante el Padre. El Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene, y si oramos conforme a la voluntad divina tenemos aquellas cosas que hayamos pedido. Por eso decimos Jesús, precioso Jesús, por la facilidad de confiar en él. Allí tenemos confianza y paz, junto a él hemos probado la respuesta a nuestras plegarias y nos animamos a volver a su trono a cada momento.

Dios repudia el fuego extraño como alabanza a su nombre, de manera que no debemos ser ligeros en esta actividad. Tenemos los Salmos para memorizarlos o para recitarlos, incluso se cantan en algunas congregaciones. Podemos escribir himnos que describan y exalten su doctrina, su manera de ser. Pero cuando nos incorporamos a buscar una música que nos dé ánimo, el centro de la adoración ha cambiado de Dios al hombre. Ciertamente hay sonidos que dan alegría, pero ella debe ocurrir no por ese estímulo sensorial sino por el contenido de su letra que siempre ha de honrar al Todopoderoso.

La doctrina del creyente ha de fijarse como el eje sobre el que gira su alma, el ancla con la que sostiene quieta su nave. Esa doctrina la enseñó Jesucristo con insistencia, para que nos ocupemos de aprenderla y aceptarla. Sin ella, la alabanza resulta hueca porque a Dios no le agrada que le adoremos sin reconocer lo que nos ha enseñado. Sepamos quién es el Señor para que adoremos de pura conciencia, mostrándonos deseosos de aprender más y más de su grandeza.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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