TRIBULACIÓN, TRIBULO, SUFRIMIENTO

El tribulo era un tipo de maquinaria utilizada en la agricultura durante la Antigua Roma. Su nombre latino da origen a nuestro vocablo tribulación. El tribulo consta de unas púas que permiten incrustarse en la tierra, a medida en que unidas a un engranaje comienza a dar vueltas, cuando un caballo o un toro lo va halándolo. Se dice que muchas personas fueron sometidas a sufrir un cruel tormento con instrumentos parecidos al tribulo. Los romanos utilizaron ese invento como parte de sus armaduras en los carruajes de guerra, para lograr hacer daño al enemigo con las incrustaciones de las puntas de los tribulos empleados. Al cristiano se le ha advertido sobre la necesidad de pasar por muchas tribulaciones, de manera que ya podemos imaginar la dimensión del sufrimiento del creyente.

El apóstol Pablo afirmó que ya no vivía él, sino Cristo en él. Esa fusión de dos seres en una carne parece semejante a la concepción bíblica del matrimonio y constituyó una de las metas del célebre predicador de los gentiles. En la historia del apóstol se pueden contemplar las calamidades que le tocó vivir, quizás en claro cumplimiento de las proféticas palabras dadas por Jesús a Ananías (Hechos 9:16), las cuales dicen: …porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. De manera que Pablo fue enseñado por Jesús para padecer por causa de su nombre.

Algunos seguidores de Cristo desean ser como Pablo, aunque otros puedan escandalizarse al saber que un héroe de la fe siempre estará sometido a pruebas glorificantes, de las cuales debe dar cuenta ante el Destinador de su programa narrativo. En el verso anterior del texto citado, Jesús le dice a Ananías que Pablo era un instrumento escogido. Se demuestra que los guiones o programas narrativos generales o de uso han sido preparados para que nosotros andemos en ellos. El apóstol confirmaba las palabras de Jesús, cuando al pasar por Listra, Iconio y Antioquía dijo a los hermanos: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22b).

Las tribulaciones para la grey cristiana, preparadas desde los siglos, constituyen un instrumento valioso para la depuración de los vicios de la carne que siguen incrustados en la vieja naturaleza humana. El hombre interior se va renovando de día en día, tomando nuevas fuerzas como las águilas, en ascenso igual que la luz de la aurora, hasta que el día aparezca perfecto. Sin embargo, esas mismas tribulaciones espantan a muchos, cumpliéndose en ellos también el propósito para el cual fueron enviadas, como lo explica la parábola del sembrador. La semilla sembrada en pedregales, recibida con gozo, pero sin raíz, como planta de corta duración, se pierde al venir la tribulación por causa de la palabra, ya que los portadores de esa semilla tropiezan (Marcos 4:16-17).

La tribulación puede ser preciosa para el que cree de veras, mas para los que no creen la palabra misma les viene a ser tropiezo. Dice Pedro que los que se vuelven desobedientes también fueron destinados para tal fin (1 Pedro 2:8). La desobediencia en el que dice creer lo acerca al símil de la planta que crece en pedregales, en espinos o junto al camino. Algunas veces la semilla misma es comida por las aves (Satanás quita la palabra sembrada en sus corazones); en otras ocasiones cae en pedregales produciéndose una planta sin raíz profunda, quemada por el sol (las tribulaciones); en otros episodios la semilla queda atrapada en los espinos y se ahoga, por lo cual no puede dar fruto (los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y las codicias de variadas cosas). Pero hay semilla que cae en buena tierra, para brotar, crecer y dar fruto bueno. Jesús afirmó que él era la vid y que su Padre era el labrador. Si el Padre es el labrador entonces él es quien prepara la buena tierra para que dé frutos a granel. Soberanía absoluta del Creador en su administración de la salvación y de todo el vasto universo.

El profeta Samuel conoció al Dios eterno, habiendo sido escogido desde niño para el servicio a Jehová, con quien mantuvo diálogo a lo largo de su vida. Su madre, cuando dedicaba su hijo a Dios, profirió unas sabias palabras recogidas en la Biblia: Jehová mata, y da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y enriquece; abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirma sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos (1 Samuel 2: 6-9).

El profeta Jeremías fue otro hombre de aflicción reseñado en las historias de la Biblia. Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz; ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos y me rodeó de amargura y de trabajo. Habiendo aprendido de la enseñanza directa de su Señor y Dios, Jeremías nos recomienda esperar en SILENCIO la salvación de Jehová. Añade: Bueno le es al hombre llevar el YUGO desde su juventud. Que se siente SOLO y CALLE, porque es Dios quien se lo impuso. En su experiencia de vida el profeta había aprendido a comprender que todo evento que acontece en la faz de la tierra y del universo entero ha sido previsto por la grandeza de su Dios. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3).

El profeta Amós tuvo un ministerio corto. Era ganadero, boyero y ovejero, pero fue ajeno al cuerpo de profetas profesionales. Dentro de su corto oficio profético lo expulsaron de Israel, después de un cisma teológico, por lo que continuó en su oficio anterior con los rebaños y ganados. Su libro recoge el mensaje de Dios para su pueblo, por lo tanto el profeta tuvo que aprender a conocer a ese Dios, el cual le había llamado para ese encargo laboral: profetizar ante el pueblo de Dios. Exclama el profeta con la autoridad conferida lo siguiente: Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? ¿Rugirá el león en la selva sin haber presa?… ¿Caerá el ave en lazo sobre la tierra, sin haber cazador? ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿HABRÁ ALGÚN MAL EN LA CIUDAD, EL CUAL JEHOVÁ NO HAYA HECHO? (Amós 3:1-6).

Esa claridad profética se ha perdido en nuestros días de democracia eclesiástica. El pueblo gobierna y se dice que voz del pueblo es voz de Dios. A esa blasfemia se nos ha acostumbrado, de tal forma que ahora podemos llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Estos escritos proféticos narran la soberanía absoluta de Dios. También narra este tema el resto de la Biblia, pero como cirujano experto el predicador contemporáneo aísla los textos y los separa, para presentar un evangelio cómodo, amplio y benevolente. A menudo se presenta en los púlpitos de las iglesias, así como en los libros de teología, a un Dios mendigo. Un Dios que suplica y sufre por las pobres almas rebeldes, que está dispuesto a abaratar la buena nueva de salvación para calmar su depresión. De esta manera se nos dice que Dios no quiere estar solo, sino que nos necesita. Dios no nos necesita, pero quiso hacernos objeto de su misericordia y quiere comunicarnos su amor y su afecto. Entendamos que Él es suficiente y soberano, hace como quiere y fuera de Él no hay quien salve. No en vano el apóstol Juan pudo comprender y enseñar el gran amor dado por el Padre para con nosotros, para que seamos llamados hijos de Dios.

El que ha sido escogido por el Padre para ser objeto de su amor habrá de reconocer el gran favor que se le ha hecho, el de ser llamado hijo de Dios. No resulta prudente colocar la carreta delante del caballo, suponiendo que le hacemos un favor a Dios al reconocerle como tal. El que anda en eso es un antropocéntrico que procura entronizarse bajo la pretensión de decidir su destino y el del mundo. Una teología errática que ha invertido el discurso profético, presenta a Dios como el que solicita los mendrugos de pan que el hombre pretende darle, siempre y cuando actúe como el genio de la botella. Sería éste un Dios que hace números de magia para agradar a la galería, que busca ser reconocido como Dios. Un Dios manipulable bajo las cadenas de oración (nada más simbólico que ese nombre cadenas para ilustrar la pretensión moderna de atar a Dios), bajo la teología de Arminio, revierte el orden profético establecido desde Génesis hasta Apocalipsis.

No en vano fue escrito hace siglos: Mi pueblo fue destruido, porque le falta entendimiento (Oseas 4:6). Mi pueblo fue llevado en cautivo, porque no tuvo conocimiento (Is.5:13).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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