La Biblia predice que los tiempos previos a la manifestación del gran inicuo, cuyo advenimiento es por obra de Satanás, estarán señalados como época de anomia. La falta de sindéresis en cuanto a la ley, no solamente a la divina sino también a la humana, será el marco general para que se instaure un gobierno mundial que intente ofrecer orden en el caos. Bajo ese cristal, vemos muchas aristas que concuerdan con un mismo objetivo: el desconcierto como un genérico. Ya el foco de la discusión no estaría dado en cuanto a la doctrina bíblica, sino más bien en relación a si se valida o se condena el matrimonio gay, el aborto, así como diversos delitos llamados de género. Gente que se cree gallina, perro o gato, gente que dice ser mujer aunque tenga testículos.
La guerra ya deja de ser un signo atroz para convertirse en una militancia forzada de los espectadores. Unos apuestan con más o con menos odio hacia el bando contrario. Se aprueban leyes que generan controversia entre los afectados, pero la energía se disipa en los comentarios a través de diversas plataformas digitales. De esta manera emerge un pragmatismo de subsistencia en el que tienen lugar los puntos de contacto que concuerdan, en tanto se olvida lo que en materia doctrinal nos ocupaba y aislaba. Se piensa que mientras la doctrina separa la pragmática nos une.
Si antes el protestante no se ocupaba de los asuntos de fe de los católicos, ahora se unen unos y otros ante la aplastante noticia de la bendición papal a la unión homosexual. En este momento al protestante le preocupa el papa, al que antes consideraba una imagen del Anticristo. La barrera doctrinal que tenía contra el católico romano se disipa, para dar paso a un dibujo colorido de puntos de convergencia contra el mal general. Si Roma bendice las parejas del mismo sexo, ya Inglaterra había hecho lo suyo cuando permitía que dos lesbianas contrajesen matrimonio eclesiástico en una iglesia anglicana.
Precisamente, la primera gran ruptura oficial contra Roma se ofició en Inglaterra cuando el rey quiso divorciarse. De esta forma se constituyó en la cabeza de la iglesia, así que eso en sí mismo no puede contarse como parte de la Reforma. Pero el mal se ha generalizado de tal manera que uno llega a ver con agrado cuando alguien lee la Biblia, sin que importe mucho qué es realmente lo que cree. He allí el peligro, el descuidar la doctrina para refugiarse solamente en asuntos de moralidad. Ambas cosas son objetivamente importantes, pero estamos viviendo una época en que la doctrina se ha puesto de lado bajo el pretexto de amar a Dios con el corazón sin que lo comprendamos con la mente.
Feminismo, liberalismo y progresismo, se suman al humanismo de Arminio. La teología de Arminio pasa como antropocéntrica, ya que cada quien decide su destino eterno en tanto Dios solamente se limitó a hacer posible la vida eterna. Eso se tiene como una contradicción con la base bíblica de la teología de la redención, ya que en las Escrituras se demuestra con creces que Dios reclama todo para Sí mismo. Él es el que hace todas las cosas, el que crea el bien y el mal, el que bendice y maldice, el que ama y odia, aún antes de que las personas hayan sido formadas.
Pero hay quienes todavía luchan contra esas palabras duras de oír de las Escrituras. Esos son descendientes de aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que no resistieron en sus oídos el sonido de la voz del Señor Soberano que decía: Ninguno puede venir a mí, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Tampoco toleran las palabras del Espíritu: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí (odié). ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia…De manera que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 11-18).
No son pocos los que dan coces contra el aguijón, diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Es decir, ¿por qué inculpa al pobre de Esaú si lo odiaba aún antes de formarlo? La respuesta de los humanistas arminianos descansa en que suponen que Dios vio el futuro en el corazón de cada persona y por eso actúa de esa manera. Si eso fuera de esa forma, habría que concluir que los que se salvan lo hacen de suyo propio, cosa que Dios vio desde antes y por eso los ayudó. No existe ningún texto bíblico que apoye semejante contradicción con la Escritura, así que ese razonar proviene del deseo de resistir a un Dios que suena excesivamente soberano. Recuero a un pastor que decía: Dios es soberano, pero no tan soberano. Bien, esas palabras son patadas de ahogado, ya que el mismo Jeremías anunció: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? El profeta Amós, por su parte, aseguró en forma de pregunta retórica: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no yaya hecho? (Amós 3:6).
Vivimos tiempos difíciles, con gente tramposa que arrebata la alegría de la fe de los santos. El mundo parece tener la actitud de las aves que comen la semilla del camino, el ahogo de los espinos que quitan el aire y el sol de las plantas pequeñas. Muchos que dicen creer en el Evangelio dan muestra de tener raíz de poca profundidad. Solamente la semilla que cayó en tierra abonada dio fruto oportuno, como bien indicó el Señor: Por sus frutos los conoceréis; de la abundancia del corazón habla la boca. En otros términos, el que confiesa el verdadero Evangelio de la soberanía absoluta de Dios, ese que predicó Jesús en Juan 6 y en todo su ministerio, es un verdadero creyente. El que no tolera ese Evangelio no podrá predicarlo, si acaso lo anuncia timoratamente y bajo sus propias contradicciones.
La anomia parece extenderse con fuerza, como para que no pensemos que algún día se va a retractar. Los espacios conseguidos bajo la agenda del mal no serán devueltos fácilmente. Tal vez eso nos indica que el tiempo final se aproxima, cuando llegue el inicuo o abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel. Ese hombre de pecado que intentará una vez más, como lo hiciera Nimrod, establecerse contra Jehová. Hemos de velar y orar, para que seamos tenidos por dignos de escapar de la espantosa época que viene sobre los que moran en la tierra.
César Paredes
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