Hablar de Satanás siempre genera expectativas. Muchas veces uno es criticado por mencionar a un personaje que supuestamente es el resultado del imaginario popular. Cachos y colas, ojos rojizos, colmillos, fuego devorador que sale de la boca, patas de cabra, una guadaña en su mano y con habilidades para hacerse invisible cuando quiere, con los que se ilustran algunos de los atributos creados a través de los siglos en el imaginario colectivo religioso. Estos atributo han figurado algunas veces como didáctica en el teatro medieval, otras como respuesta a la libre caracterización del inspirado arquetipo del mal. Sin embargo, como quiera que la persona de la que hablamos está descrita en la Biblia, resulta conveniente examinar lo que la Escritura dice acerca de sus cualidades, sus maquinaciones y su personalidad.
Querubín protector, según Ezequiel, Lucero-hijo de la mañana-, relata Isaías. La persona viviente que engañó a Eva, tuvo deseos y planes, habiendo cometido el gran error o su primer pecado cuando dijo en su corazón: subiré al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios, allí levantaré mi trono…(Isaías 14:12-15). Jesucristo dijo de él que era un mentiroso, y padre de mentira. En él no hay verdad alguna, y por su falsedad es un doloso y un pseudo, alguien que imita con mala intención, uno que se disfraza como ángel de luz (2 Corintios 11:14). El gran acusador de los hermanos, en cita de Apocalipsis 12, también señalado en el libro de Job, capítulo 1. Nos acusa ante Dios y ante nuestra conciencia; ante nosotros mismos tiene cierta ganancia porque todavía militamos en la vieja naturaleza, por lo cual anhelamos la plenitud de la redención final. Satanás ante Dios es un fracasado, dado que el Todopoderoso nos ve escondidos en Cristo en Dios.
El relato bíblico que muestra su caída lo hace en múltiples sentidos, al punto de que los judíos le llamaban el señor de las moscas o Beelzebú, el nombre de una deidad adorada por los de Filistea. Las moscas siempre andan donde hay mal olor, en las podredumbres y contaminaciones, lo cual dice también de su actividad como malefactor y asesino. Satanás ha venido a este mundo para robar, hurtar y matar, para encerrar en sus prisiones de ignorancia y de tinieblas a sus seguidores, sean estos conscientes o inconscientes seguirlo.
También se le dice diablo (el diaballo), el que arroja cosas alrededor de los seres humanos, el que lanza mentiras y malas intenciones hacia nuestros corazones. El verbo griego bállo significa arrojar, lanzar, y el prefijo diá quiere decir alrededor de, a través de, de manera que el diablo es el que lanza los dardos de fuego contra los creyentes para debilitarnos en la fe, el que proyecta calumnias ante nuestra conciencia, el que arroja toda suerte de mentiras contra nuestra mente, dado que su esencia lo presenta como un acusador y calumniador. Con tales muestras ha llegado como nuestro enemigo y adversario, la serpiente antigua que engaña al mundo entero (Apocalipsis 12:9). Tiene el atributo de ser el dios de este siglo (siglo significa mundo), ante el cual funge como su príncipe; Juan y Jesucristo lo llaman el maligno (Juan 17:15 y 5:18): no ruego que los quites del mundo sino que los guardes del mal (o del maligno, como también acepta la traducción), expresión usada en la oración intercesora de Cristo poco antes de su crucifixión.
Posee otros títulos: tentador, gran dragón, príncipe de la potestad del aire, príncipe de los demonios. Por su fuerza y poder (y porque Dios lo instruyó) sembró en el corazón de la raza humana la duda acerca del carácter de Dios, cuando dijo en el Edén: no moriréis, sino sabe Dios que el día que de él comáis serán abiertos vuestros ojos sabiendo el bien y el mal. Satanás no actúa solo, sino que utiliza a sus demonios (daymons, o fuerzas espirituales), utiliza a los humanos que le sirven, y muchas veces a los que han sido liberados de sus prisiones (los discípulos de Jesucristo) cuando son entrampados en sus maquinaciones. Pero las más de las veces utiliza a su propio pueblo que le sirve bajo la ceguera espiritual que ha infligido en los que se dejan arrastrar por las corrientes de este mundo, por el deseo de los ojos, de la carne y la vanagloria de la vida. Poco le importa que le ignoren, que digan que él no existe, que es un mito, que se computa como pobreza intelectual el creer en su realidad, pues esa es la forma por vía en contrario de intentar suprimir la gloria que Dios merece, al desviar la atención hacia las atracciones de su principado. De esa manera él también busca y consigue a ratos su propia gloria, aunque sea por el argumento a contrario sensu, de manera que cuando se le niega a él se desatiende la advertencia divina acerca de él.
La Biblia deja entendido que el diablo también sirve a los planes de Dios, bajo cuya permisión y restricción actúa. Esto implica que podemos resistirle hasta que huya de nosotros, los que de Cristo somos, ya que él fue vencido en la cruz bajo el sacrificio del Mesías por su pueblo escogido desde los siglos. Recordemos que Jesús vino a buscar lo que se había perdido, vino a pagar el rescate por muchos (en palabras del profeta Isaías), que clavó el acta de los decretos que nos era contraria en la cruz, y exhibió y despojó públicamente a las potestades, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:14). En un texto de Efesios leemos que Jesús subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres, con lo cual se implica la derrota definitiva de Satanás. Por eso se nos recomienda someternos a Dios, resistir al diablo, para que huya de nosotros. Al estar sometidos a Dios, Satanás temblará en el nombre sobre todo nombre.
Habiéndose expresado juicio en su contra -el cual fue predicho en el libro del Génesis-, la obra de Cristo cumplió con el cometido de derrotarlo en forma definitiva (Juan 12:31; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8; etc.). Satanás sigue actuando en su mundo como príncipe, pero cumple al pie de la letra el guión preparado desde los siglos por quien todo lo gobierna, por su Hacedor, pues aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16). El diablo quita del corazón de los oyentes la palabra, para que no crean y se salven, ciega por igual el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Conocemos que tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos, pero no será posible pues tenemos el Espíritu de Dios como arras o garantía de la pertenencia a Dios. Fuimos comprados, adquiridos, adoptados, por lo cual podemos llamarle Abba Padre. Juan nos entregó la palabra inspirada, diciéndonos: mirad cual amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios.
Satanás no es hijo de Dios, es hechura suya, es parte de su creación, pero no es un hijo redimido. A su primer pecado fue condenado y desde su estatus superior arrastró consigo a un tercio de la población angélica celestial, y se le permite actuar en contra de los creyentes hasta cierto punto (como en el caso de Job), bajo control absoluto del Altísimo, con el propósito de que se cumpla la Escritura, cuando dice porque no cesará la vara de la iniquidad sobre la heredad de los justos, no sea que estos se vuelvan al mal (Salmos 125:3). Satanás constituye un motivo para que busquemos a Dios como refugio eterno, se convierte en el estímulo por excelencia para mantenernos en oración y en vigilia, por cuanto excita la naturaleza pecaminosa humana para exhibir su maldad. El diablo no es más que otro instrumento de Dios para fines mucho más nobles que los el maligno tiene en mente.
Como Cristo nos enseñó en su oración del Getsemaní, debemos pedir al Padre que nos libre del maligno. Y sabemos que esa oración será oída, respondida, estando garantizada, dado que se se nos ha dicho que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo. El mundo pasa y sus deleites -aún Satanás pasará- pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. A pesar de su gran inteligencia, de su gran poder espiritual, de sus terribles maquinaciones, de su capacidad inherente para disfrazarse como ángel de luz, a pesar de ser el más prominente de los espíritus malos, su orgullo lo llevó a ser solamente el señor de las moscas, y nada tiene en los hijos de Dios, aquellos cuyos corazones han sido perdonados y cubiertos sus pecados. Satanás fue expulsado del lugar especial que tenía en el cielo, sigue siendo un engañador que ofrece mucho, da poco y quita todo. Cuando acuse a nuestra conciencia debemos recordar que él tiene un terrible futuro que le aguarda, y sabe que le queda poco tiempo. ¿Adónde iremos, sino a la presencia de Dios, para buscar refugio ante el acecho malévolo? Sus calificativos simbólicos asustan, pero somos llamados a resistirle bajo la promesa de que huirá de nosotros, muy a pesar de ser llamado león rugiente, gran dragón y serpiente antigua.
César Paredes
retor7@yahoo.com
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