NUEVO AÑO, NUEVOS PROYECTOS

Termina un año y es como cerrar un período, para mirar lo alcanzado como si se hubiesen hecho promesas por cumplir. El fin de la jornada nos lleva a expectativas novedosas, bajo la promesa de que en breve cambiaremos ciertos hábitos hasta convertirnos en mejores personas. Incluso dentro de las filas del cristianismo, muchos se convencen de que habrán de mejorar en cuanto a su inversión del tiempo. Algunos llegan a prometerse que leerán la Biblia entera en este nuevo año que comienza, que llevarán una agenda donde escribirán sus peticiones de oración a Dios, para mirar al final del tiempo lo que les ha sido contestado.

Son metas particulares de los que así piensan y actúan, nada malo por necesidad. El problema siempre se presentará al ciclo culminado, con un saldo rojo porque en materia de pecado el creyente siempre tiene de qué hablar. Todos cometemos errores, día tras día, errores de comisión y errores de omisión, ya que dejar de hacer lo bueno también se considera un acto errado. Errare humanum est, sería lo mismo que pecar es un asunto humano. La naturaleza nuestra está vendida al pecado (Romanos 7), sometida a la ley del pecado que gobierna nuestros miembros; solo nos queda dar gracias a Dios por Jesucristo, quien nos librará en breve de este cuerpo de muerte (hablo del cuerpo del pecado).

Pablo nos exhortó a presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Jesucristo, de manera que no podemos suponer que el apóstol estuviera molesto con la carne física del cuerpo humano. Eso lo dejamos para los gnósticos, que consideran que un Dios puro no pudo habitar carne impura. El apóstol habla del cuerpo de muerte, ese que muestra su reflejo en las acciones pecaminosas de nuestra vida. David afirmaba que había sido formado en maldad, y que en pecado lo había concebido su madre. No hablaba de adulterio o de fornicación en sus padres, sino del pecado heredado de Adán, nuestro padre común.

Esa naturaleza nuestra nos empuja hacia el suelo, da rienda suelta al ojo, a la vanidad y al mundo. Por más que procuremos mantenernos erguidos, ¿quién es aquel que no peca? Solo los locos del movimiento de santidad creado por la secta de John Wesley pueden decirnos que han conseguido días y semanas completas sin pecar. Resulta indudable que no han comprendido ni un ápice de lo que dicen las Escrituras al respecto. La contaminación en el Edén trajo consigo la muerte, no solo la física sino la eterna. La muerte eterna es la paga del pecado, pero el regalo de Dios es la vida eterna en Jesucristo.

¿Por qué razón no todos los humanos alcanzan la vida eterna en Jesucristo? Resulta innegable que muchos han muerto sin siquiera conocer del sacrificio de Jesús en la cruz. Son muchos los que aún viven en esta tierra y no han escuchado nada sobre el Hijo de Dios. Se nos encomendó la predicación del Evangelio, hasta lo último del mundo. Eso hemos hecho desde que aquellos doce apóstoles encomendados para tal fin arrancaron con el anuncio. Pero aún en aquel tiempo de su apostolado fueron pocos los que oyeron, dado que no hubo otro mecanismo de instrucción sino la predicación del Evangelio.

Dios no envió ángeles del cielo para que sobrevolaran las naciones y anunciaran a viva voz lo que Jesús había alcanzado en la cruz. Esa tarea del anuncio fue encomendada al ser humano, solamente, así que ha sido realizada la tarea con todas las limitaciones temporales conocidas. Al mismo tiempo hubo y hay todavía persecución, obstrucción al anuncio predicado; la burla está a la vuelta de la esquina, junto a la respuesta de los herejes que tuercen la doctrina de Jesús. Un sinnúmero de contratiempos se suman al esfuerzo desplegado por los que intentamos cumplir con la gran comisión. Otros sin escrúpulos procuran extraer provecho económico de esta faena, piden ayuda monetaria para poder realizar la tarea que se nos exige: hacerlo gratuitamente. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mateo 10:8).

La Biblia habla de la dignidad de las personas para recibir el Evangelio. Los discípulos habían recibido gratuitamente el don de hacer milagros, así que el Señor les exigía que lo ejecutaran en forma gratuita. Lo mismo valía para la palabra de vida recibida, el Evangelio del Señor; era un regalo que les había dado Dios, así que se exigía que lo expusieran gratuitamente. El contraejemplo por excelencia viene dado por Simón el Mago, quien le propuso a los apóstoles en forma impía que le otorgaran el don de hacer milagros para él imponer manos a los demás. Intentó pagar dinero a cambio del don del Espíritu, pero recibió una reprimenda rotunda que lo dejó callado hasta nuestros días.

Esa dignidad se refería a la hospitalidad para con el evangelista, si se le manifestaba civilidad, cortesía, amabilidad. Por lo tanto, no fueron enviados a los prostíbulos, a las casas de juegos de azar, a los sitios impropios donde lo santo no debe ser dado a los perros ni las perlas echadas a los cerdos. Hay gente que es grosera, ante los cuales resulta preferible callar. El Evangelio nos viene como una proposición decente, pero incluso los recintos que fungen como iglesias pueden manifestarse groseramente contra aquellos que llevan la doctrina de Cristo. En esos casos es mejor salir de sus lugares, dado que nuestra paz se volverá a nosotros y aquella gente resultará culpable de juicio en peor forma que lo fueron Sodoma o Gomorra (Mateo 10:15).

Claro está, los que se oponen a la doctrina de Cristo están descritos en estos pasajes, no solamente los groseros que no quieren oír el Evangelio, sino aquellos que diciéndose hermanos rechazan groseramente el cuerpo doctrinal del Señor. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; os he enseñado todo el consejo de Dios, refirió Pablo en otro aparte. Vengo a enseñar la doctrina de mi Padre, aseguró Jesús; cuando el Señor les exponía la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, los discípulos que se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces se fueron murmurando, diciendo que nadie podía oír semejante enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

Que sea propicio el propósito para el nuevo tiempo que llega, de manera que tengamos en mente el renovarnos. Hagamos votos para estudiar la doctrina del Dios soberano, el que no tiene consejero, el que hace como ha querido desde siempre; que podamos decir con Jeremías que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Que digamos con el profeta Amós que el mal que sucede en la ciudad lo ha hecho Jehová. Solo entonces, cuando hayamos asimilado tales verdades doctrinales expuestas por el Espíritu Santo en las Escrituras, enseñadas por Jesús ante los discípulos, repetidas por los escritores de la Biblia, habremos comprendido la dimensión de lo que fue escrito para nosotros.

De todas formas, entendamos que nuestro anuncio va en tinajas de barro, como si fuésemos ovejas ante los lobos que asesinan al mensajero por causa del mensaje. Nuestra comparación con las ovejas alude al espíritu humilde que hemos de tener, sin que pretendamos hacer daño alguno, dado que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos. Dependemos de Jehová, sin que nos apoyemos en nuestra propia prudencia. El mundo odia a Cristo y ama lo suyo, por lo tanto no nos amará con el mensaje del Evangelio. Pero siempre se nos garantiza que habrá alguien digno de recibirnos, para que compartamos esta buena noticia. Entendamos una vez más que esa dignidad no está basada en los actos de misericordia de la gente, en obras de la ley, sino en la tierra abonada por el Padre donde la semilla caerá y crecerá dando fruto por doquier. Hay una dignidad en quien nos recibe, pero existe la nuestra para que podamos escapar de la hora de la prueba que se yergue sobre los moradores de la tierra; esa dignidad se compone entre tantas cosas de la acción de velar y orar. En resumen, que nuestro propósito para estos nuevos tiempos incluyan la oración eficaz del justo, el acto de la vigilia o el velar con ojo avizor, para reconocer los espacios donde nos movemos. Que se incluya por igual el estudio de la doctrina de Cristo, en toda su dimensión, el hecho de la santificación (que no es más que la separación del mundo, con sus deseos y vanagloria). Que podamos entender que ya nos queda poco tiempo y que la venida del Señor o nuestra partida con él se acerca cada vez más.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasobeaniadedios.org

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