NUESTRA PRINCIPAL META

El creyente en Cristo tiene un propósito fundamental en este tránsito hacia su patria celestial. No se trata de convertirse en un ser moralista, ni en un ejecutor de buenas obras, como si esas actividades pudieran ayudarlo a lograr el fin deseado. Más bien, su objetivo habrá de enfocarlo en caminar el día a día inspirado en la palabra que llegó a creer. El mundo ofrece muchas distracciones, pero la falsamente llamada iglesia engaña enormemente. En el nombre de Cristo se han hecho guerras, se han desarrollado odios y resquemores, con la bandera del moralismo y del celo evangélico. Urge indagar en la esencia de la vivencia cristiana, para extraer su contenido en forma refinada.

Cristo vino como la luz al mundo, aunque también como Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). El Dios que se hizo hombre no procuró jamás la conquista de todos los corazones en la tierra; supo desde un principio que Judas lo había de entregar, de manera que lo escogió como diablo para que cumpliera el consejo del Padre. Dijo un ay por el que lo entregaría, pero lo enfatizó en el contexto de que todas las cosas debían ir conforme el Padre lo había dictado. Nosotros que intentamos seguir su estandarte no podemos abaratar su evangelio bajo la premisa falaz del argumento ad populum. La cantidad no debe importarnos, no refleja autoridad alguna en el cometido del propósito evangélico.

Si miramos a los profetas encontraremos un sendero común referido a la soledad. ¿Sólo yo he quedado? -preguntaba Elías. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? -demandaba Isaías ante el Todopoderoso. Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto. Jesús mismo habló de la manada pequeña, de los muchos llamados dentro de los cuales había pocos escogidos. Nos aseguró que lo que era imposible para los hombres (el reino de los cielos o la salvación eterna) era posible para Dios. Nuestra meta debe comprender la soledad como premisa, el aislamiento del mundo como fundamento de santidad, así como el diálogo con el Creador y con sus seguidores.

Hemos de comprender que no somos mejores que los que marchan hacia su fatal destino, sino que solamente tenemos esa conciencia que ve la diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte eterna. Por supuesto, ese detalle nos viene como obsequio divino, ya que la salvación toda pertenece al Señor. ¿Por qué Dios no quiso salvar a toda la humanidad de la catástrofe del infierno? Sus razones tendrá, pero sabemos solamente que el contraste nos ayuda en la apreciación de la bondad conferida. El impío aparece en escena para que el justo valore la medida del obsequio recibido.

Claro está, la iglesia apóstata se ha encargado del desprestigio de los que pertenecemos al redil del Evangelio de Cristo. Lo malo que hacen unos lo pagamos todos, ante la mirada acusatoria y lógica que el mundo hace. Doctrinas contradictorias, profanas, que engañan a los asistentes al foro eclesiástico, permean las almas difuntas de los muertos en vida. Al mismo tiempo traen ganancias deshonestas a los que propician cuanta herejía se expone desde los púlpitos de la religión espuria.

Nosotros somos diferentes por causa de la luz del Evangelio, no por razones que nos sean propias. El mérito religioso engaña la mente, como el ritual realizado semana tras semana camufla engaños perniciosos. Si tan solo leyéramos la palabra divina podríamos recuperar la sensatez de la doctrina de Cristo: vino a lo suyo, a la redención de todo el pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. La Biblia enfatiza en que nuestra redención no se debe a obras de ningún tipo, sino a la sola voluntad soberana de quien nos eligió. No que Dios haya previsto y por anticipación valoró nuestras cualidades, ya que se ha escrito que Dios no encontró quien lo buscara, ni siquiera un solo justo, ni quien hiciera lo bueno.

De allí que lo despreciado del mundo, lo vil y lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. Esta verdad nos conduce a la humildad suprema, al agradecimiento sin límite. No puede llevarnos a la oferta incondicional del Evangelio, a la exhibición de un Dios pordiosero que mendiga almas. Dios quiso que el mundo fuese como es, malévolo y sacrílego, para mostrar su piedad basado solo en su voluntad. Leemos del amor eterno del Altísimo por Jacob, como del odio eterno por Esaú. Esto lo hizo sin miramiento en sus obras, buenas o malas, sino solamente por la voluntad de quien elige.

Por supuesto, de inmediato comienzan las dudas y los reproches contra ese Dios que se muestra injusto. Injusto se dice porque no amó a Esaú sino solamente a Jacob, pero la respuesta bíblica no esperó siglos para aparecer sino que dice de inmediato que el hombre no es nada ni nadie para altercar con su Creador. Se escribe que somos como ollas de barro en manos del alfarero, destinadas para usos diversos. El Señor dueño del barro hace como quiere, sin tener consejeros y sin inmutarse porque lo critiquen. No existe otro evangelio sino el revelado en las Escrituras, pero sí que aparecen los intérpretes privados para proponer herejías (opiniones propias).

En la medida en que nos adentramos en el Evangelio de Cristo comprendemos la distancia que de las Escrituras mantienen de las sinagogas de Satanás. Todo aquel que pregona un evangelio extraño pasa a ser catalogado como anatema (maldito) junto a su falso mensaje. La democratización del anuncio de salvación demuestra su abaratamiento para congraciarse con la opinión de los muchos. De esa manera se vitaliza la falacia ad populum que tanto daño hace a las multitudes. Pero que las masas vivan guiadas bajo el argumento de cantidad no debe impacientarnos a nosotros. Seguimos como Elías pensando que quizás solamente hemos quedado unos pocos, pero en la visión de Juan reseñada en el Apocalipsis él contó gente de toda lengua, tribu y nación.

Poco importa que no los conozcamos a todos, que supongamos que nadie oye a nuestro anuncio. El Dios Eterno ha prometido que su palabra no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él se ha propuesto. A unos da vida eterna, pero a otros añade mayor condenación. Mantengámonos asidos del lomo del libro sagrado, aferrémonos a la esperanza bienaventurada de la salvación provista. Esa redención no fue potencial sino actual, no depende de quien quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Si ya hemos evidenciado que su misericordia nos ha tocado, estemos contentos y sigamos con pie firme para no trastabillar en este maravilloso recorrido hacia la patria eterna. Somos ciudadanos de los cielos, no de este mundo; por esa razón el mundo nos odia, pero los cielos nos reclaman como herederos de una promesa ineludible.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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