EL MUNDO COMO REFERENCIA

Con la entrada del cristianismo en la historia humana, el mundo se dibuja como la contraparte de lo que significa la divinidad. En la época del Antiguo Testamento Dios se había manifestado de diversas formas, pero de manera exclusiva con la revelación a sus profetas. Estos escritores bíblicos estuvieron centrados en el Israel como nación, ese pueblo escogido para ser abanderado con el conocimiento del Altísimo. La tendencia humana condujo a aquella nación al engreimiento, creyéndose los únicos escogidos del planeta.

Con la llegada del Mesías prometido, Israel lo rechazó. La interpretación de Cristo ante el maestro de la ley llamado Nicodemo, nos abrió la perspectiva a nosotros los del mundo gentil. Ahora acontecía endurecimiento en parte para con Israel, a fin de que nosotros (las demás gentes del planeta) fuésemos injertados en el tronco del olivo. Esa metáfora de Pablo nos alivia, al mismo tiempo nos advierte que no seamos engreídos y que no subestimemos a las ramas desgajadas. Pablo nos dice que ha acontecido endurecimiento en parte para con Israel, pero que esa gente sigue siendo amada por causa de los padres.

Es decir, no debemos ser duros contra Israel, no debemos ensoberbecernos. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que aquellos que niegan a Cristo son declarados como anatemas. En otros términos, Dios se encarga de amar a Israel y nosotros debemos bendecir a ese pueblo, pero Dios se encarga de castigar a ese Israel endurecido. No nos toca a nosotros darles el castigo que Dios haya querido darles, sino que nos compete desearles bendición. Al mismo tiempo, como creyentes en Cristo, sabemos que no existe una bendición mejor que desearles que acepten o reciban al Señor Jesucristo. He allí la tensión que vemos al bendecir a Israel.

Con todo lo dicho, tanto a aquel Israel espiritual del Antiguo Testamento como a nosotros los creyentes en Cristo, que en alguna medida también hemos sido llamados el Israel de Dios, nos ha competido diferenciarnos del mundo. El mundo como referencia nos deja una huella duradera, la del pecado como impronta de la caída del hombre. Son muchas sus atracciones que se nos meten por los ojos, que nos toca en la vanidad de la vida, dado que la ley del pecado nos gobierna, como lo asegura Pablo en Romanos 7. En tal sentido, se nos ha conminado a matar las obras de la carne, a santificarnos -que no es otra cosa que separarnos del mundo. Cristo oró por nosotros diciéndole al Padre que no nos quitara del mundo sino que nos guardara del mal.

Seguimos sumergidos en la cultura que nos engloba, en los denominadores comunes que la historia humana ha trazado como si fuese parte de nuestro ADN. El segundo Adán también tiene su ADN, por lo cual la lucha nos gobierna como si sufriéramos un conflicto genético. La competitividad entre los dos ADN nos confunde a ratos, oramos bajo una mezcla de deseos, muchas veces sin saber pedir lo que convierte. El Espíritu Santo traduce nuestros sentimientos pero nos ayuda a que las peticiones salgan conforme a lo que Él considera justo para nosotros. Todo aquello que glorifique al Padre se entiende como sano y virtuoso, por esa razón somos invitados a pensar en todo lo que es justo, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud alguna.

Los medios audiovisuales con sus redes sociales parecen ser el motivo bajo el cual somos impulsados a existir. Jamás la historia ha descrito una generación tan egocéntrica, donde la gente hace intentos de alcanzar la mejor fotografía para publicarla, a la espera de los likes que puedan darle. Por supuesto que esas acciones obedecen al mundo como referencia, también a la promesa de Satanás de que seríamos como dioses. En las iglesias o templos cristianos se observa una escenografía similar a la de los templos de Satanás. Pareciera que estuviésemos en un Rock Café, frente a guitarras eléctricas, micrófonos con cornetas de altos decibeles, baterías ruidosas y cantores de alabanzas alambicados al mejor estilo de las bandas que intentan copiar. Pareciera que vivimos bajo el fuego extraño de la alabanza que no agrada al Todopoderoso.

Pero existe una repetición automática, una copia de todo lo que sucede afuera, en los perdidos mundanos. Sin embargo, pareciera por igual que la cristiandad no se ha dado cuenta de que las paredes de sus templos son una extensión de la carpa que contiene el mundo. Lo único que pudiera salvar a la gente de tal estupidez es la palabra divina. Volver al texto legítimo, sin el embrujamiento de la palabra fosilizada manchada de religión. Algo parecido sucedió en la época de la Reforma Protestante, los creyentes volvieron a los originales, se vertió la Biblia a sus lenguas vernáculas, se enfatizó en la vida bajo la ley y el testimonio. Ciertamente, la Reforma no fue perfecta pero ayudó a la historia a corregirse en muchos sentidos, en especial en cuanto a la interpretación o hermenéutica.

La paradoja de la comunicación nos entrampó, ya que hoy se ha saltado de la exégesis hacia la eiségesis, donde lo primario consiste en dar una interpretación privada a lo que la Biblia ha dado a conocer como público. Pareciera que vamos caminando en consonancia con las proposiciones mundanas tanto en el plano ético como en la praxis religiosa. Ahora tiene cabida la bendición homosexual, el oficio religioso ecuménico, la unión de la humanidad bajo el talante de no importa la doctrina si nos unimos bajo el amor.

Nos urge amar la ley de Dios, meditarla todo el día, como hacía el salmista. Ese salmista que también tuvo tiempo de gobernar una nación, de salir a la guerra contra los enemigos, de construir un hogar como cualquier otro ser humano. La meditación en el Señor en forma total no nos exime de hacer nuestros trabajos diarios, como lo haría cualquier otro mortal. La Biblia nos incita a reconocer a Dios en todos nuestros caminos, dado que en Él vivimos, nos movemos y somos. Nos dice por igual que nada acontece sin su consentimiento y voluntad, que Él es el autor de todo lo que nos pasa.

En el libro de Job encontramos la ilustración sobre Satanás, el Acusador de los hermanos, el tentador por excelencia. Pero allí se nos muestra que Dios lo dirige y lo controla, de manera que hemos de abrir los ojos del entendimiento para comprender con Jeremías que no podemos decir que sucedió algo que el Señor no mandó. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo; Él es quien da la vida y la quita, quien hace el bien y crea el mal. Otro profeta se pregunta: ¿Quién puede huir de su voluntad? Su alma deseó e hizo. Todo lo que quiso ha hecho Jehová, el mismo que tiene en sus manos al corazón del rey para inclinarlo a todo lo que Él quiere.

La presencia del Dios soberano en nuestras vidas hará que nos sacudamos del mundo por un buen rato. Permitirá la comprensión de lo que acontece en el planeta, nos inducirá a pensar que las señales del fin se muestran al unísono. De esta forma confiaremos más en sus predicciones, en toda su palabra que no fallará jamás. Estemos atentos a lo que dicen esas hermosas líneas de las Escrituras, ya que ellas dan testimonio del Hacedor de todo cuanto acontece. En las páginas de la Biblia está escrito cómo hemos de vivir todos aquellos que decimos amar al Señor que nos ha salvado de la ira venidera que caerá sobre los que moran en la tierra. La salvación pertenece a Jehová.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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