EL MANA O EL PAN DE VIDA

Los milagros de la Biblia muestran el ejercicio de la voluntad divina en plena operación, así como también la mirada de esperanza del hombre en la operatividad de su Creador.  Un paralítico tiene muchos años sin poder andar, espera el evento anual del movimiento de las aguas por parte de un ángel del cielo, pero no tiene opción por cuanto otros enfermos se prefieren a sí mismos y le dejan abandonado;  nadie en su sano juicio iba a perder esa opción de lanzarse al estanque de Betesda para encontrar su salud, por lo cual ese paralítico solitario no tenía quien le ayudara a sumergirse en el estanque. Es obvio que si había llegado hasta las inmediaciones de la piscina de la salud había sido con la ayuda de algunos amigos o de algunos familiares cercanos, pero la gente no tenía ni la fe que él poseía, ni la paciencia para encargarse del trabajo que implicaba meter a una piscina a persona que había perdido el movimiento de su cuerpo, en una competencia entre enfermos menos defectuosos. Se necesitaba amor, cariño, afecto, paciencia y fe, mucha fe.  La fe necesaria para mover la voluntad de ayuda a nuestro prójimo.

Jesús sabía que ese paralítico aguardaba por un milagro y se acercó hasta él, conversando, hablándole, haciendo la pregunta de rigor: ¿Quieres ser sano? Para una mente apurada esta interrogante suena redundante, innecesaria, casi irónica; pero el Hijo de Dios quiso enseñarnos por medio de esa inquisición que nosotros debemos ser específicos en nuestras oraciones, en nuestras conversaciones con Él. A veces pedimos bendiciones, pero no decimos qué tipo de bendición queremos.  Eso no implica que no la recibamos, sino que no las discernimos una vez recibidas.  Mucha más alegría tiene el alma cuando se entera de que aquello por lo cual oró fervientemente lo ha recibido de manera particular. 

Es indudable que la petición específica no puede ser el producto de un capricho humano, como si pretendiéramos manipular la voluntad del Padre con los deseos intrascendentes de nuestros corazones.   La oración específica tiene que girar en torno a la voluntad suprema de un Dios que todo lo ha previsto, que se complace en perdonar, que se pasea por el estanque de las aguas del milagro, que nos pregunta si realmente queremos aquello por lo que estamos pidiendo.  ¿Qué quieres que te haga?, preguntó Jesús una vez a un ciego.  Quiero que me abras los ojos, le respondió el ciego.  Sin embargo,  podemos agradecer que no a todas nuestras específicas peticiones Jesús haya respondido conforme a nuestra voluntad, pues si tal fuera el caso estaríamos metidos ahora en problemas más profundos de los que estamos.  En ocasiones añoramos un cambio específico en nuestras vidas o en nuestras circunstancias, pero ese cambio no llega.  Sufrimos porque creemos que no somos oídos, que Jesús ha dejado de amarnos, que nuestros pecados nos han alcanzado.  Pasa el tiempo y al vernos en unas circunstancias diferentes por las que hemos pedido, encontramos que el Señor tenía razón al no respondernos aquellas peticiones. Por eso la pregunta hecha al paralítico y al ciego, con aparente redundancia, cobra vigencia en nuestras vidas y en medio de nuestras necesidades. ¿Qué quieres que te haga? ¿Quieres ser sano? Equivale a que se nos diga: ¿realmente deseas, necesitas, te conviene aquello que me estás pidiendo?  No importa nuestra premura, el Señor siempre se dará su tiempo para charlar con nosotros y hacernos entender si aquello por lo que pedimos realmente nos conviene. Cuando el mar embravecido se levantaba contra la barca, el Señor dormía.  ¡Maestro, despierta que perecemos!, le gritaron sus discípulos, pero el Señor antes de reprender a las aguas les reclamó a ellos preguntándoles por qué temían tanto, y por qué tenían tan poca fe. 

Claro que el Señor va a responder en medio de las circunstancias del embravecido mar, calmando los vientos y las aguas, haciendo grande bonanza, pero antes de que eso suceda Él volverá a conversar con nosotros y nos va a hacer que miremos a lo más profundo de nuestro corazón,  para que conozcamos cuáles son nuestras carencias y temores.  En medio de su charla, el mar seguirá agitado, si bien nosotros escuchamos su voz y el rugido del mar queda en segundo plano. Ahora ere ruido ya no interesa tanto, sólo su voz que habla a nuestra conciencia, recordándonos que somos  hombres de poca fe.  La fe es un ideal, una meta muy elevada, hacia la cual vamos escalando día a día.  Mientras más fe tengamos, nuevos problemas aparecerán que le forjarán su robustez.  La fe es no solamente un instrumento de lucha, sino una meta bastante elevada. La fe no es un objeto tangible sino la gran confianza que podamos depositar en la bondad eterna de Dios.  Es la seguridad de que Él va a responder en el momento oportuno, haciendo grande bonanza en derredor nuestro.  Los creyentes estamos llamados a ser héroes en medio de la jauría del mundo, así como lo fueron todos aquellos de la galería de la fe, presentados en Hebreos. El heroísmo de Moisés, de Elías, de Gedeón, de David, de tantos otros personajes bíblicos, se yergue como un paradigma de motivación y confianza. Tenemos luchas similares a las de Josué, a las de Sansón, a las de Abraham, a las de Pedro y Juan.  Hemos de hacer un recorrido donde se vindique nuestro potencial de fe, por medio de las pruebas glorificantes que nos conducen a la ciudad celestial.  No es de todos la fe, pero la fe es un don (un regalo) de Dios, pues es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Acercarse a Dios presupone un ejercicio de abstracción muy fuerte.  La razón básica estriba en que no le vemos cara a cara, como vemos a un vecino nuestro.  Por eso el autor del libro bíblico nos recuerda que es necesario creer que le hay. Aunque suene contradictorio está expresado de esa forma; si nos acercamos a Dios es porque suponemos que Él existe, pero se nos dice que esa suposición no basta, pues hay que creer que es real. La razón por la cual se nos hace esa proposición es porque no le vemos físicamente, entonces nuestro ejercicio o esfuerzo es mucho mayor. ¿Estás ahí, Señor?, pareciera ser la pregunta que hace nuestra alma en medio de la tempestad del mundo.  Ese es nuestro primer acto de fe, creer que Él nos oye, que está allí mismo, escuchando nuestra voz.  Ah, pero en todos los relatos bíblicos se nos muestra que la oración no es un monólogo. Si tenemos la urgencia de hablar con Dios, sepamos que Él también desea hablarnos.  En ese hablar nos preguntará una y otra vez acerca de lo que queremos, de si realmente lo consideramos necesario.  Una vez iniciado el diálogo, el Espíritu Santo nos guiará en los trámites del discurso, cuando interpreta la mente de Dios –pues Él la conoce muy bien- para traernos su palabra.

En medio del complicado mundo vamos aprendiendo obediencia y temor reverente.  Al mismo tiempo, nos entrenamos en el campo de la fe, pues sin fe es imposible agradar a Dios.  De manera que no es cuestión de ponerle fe a las cosas, o de dar saltos al vacío, lo cual resulta nulo por sí mismo. No pensemos que nos vamos a lanzar desde un edificio bien alto y en ese salto al vacío vendrá un ángel del cielo a impedir que nos hagamos daño.  El punto radica en que la fe la da Dios, pues es un don de Dios, una dádiva; pero esa fe que nos es dada viene en un paquete completo, con los elementos necesarios para crecer, para robustecerse, para inflarse. Esos elementos son las luchas y pruebas en que andamos a diario, como participantes del ejercicio de la confianza en Dios. En medio de esas tormentas somos llamados a confiar en un Dios que parece dormido, como Cristo en la barca, pero que está consciente del peligro que acecha y nos reclama la fe para reprender las tempestades levantadas en el mar. 

En ocasiones esos mares están solo en nuestra mente; otras veces son redimensiones de una realidad tangible, pero siempre aparecen como problemas que tienen solución. Recordemos que se nos dijo que no se nos dejará ser probados más de lo que podamos resistir, y que juntamente con la prueba (o la tentación) nos dará la salida.  Tenemos la decisión de ser felices en medio de las circunstancias de la vida: para eso se necesita valor, confianza en quien sujeta nuestra mano, la esperanza del paralítico de Betesda, quien esperaba que una mano misericordiosa le ayudara a entrar al estanque. 

El Padre proveyó un maná de vida, pan del cielo, como les fue dado a los israelitas en el desierto.  Ese maná, real provisión para aquellos hombres de la historia, era también una previsión de lo que acontecería.  Era el anuncio del verdadero pan del cielo, el pan de vida, como lo dijera Jesús.  Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Son numerosas las promesas estampadas en la Biblia, pero para que se hagan realidad en nuestras vidas es necesario creerle a Dios en lo que refiere a Jesucristo.  El círculo se estrecha, como Jesús dijera: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Antes había dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le echo fuera…Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

La consecuencia inmediata cuando Jesús dijo todas estas reflexiones acerca del pan de vida y de la voluntad del Padre, de que nadie podría ir a Cristo si el Padre no lo hubiere enviado, fue la molestia general en muchos de sus discípulos.  A la mayoría de ellos les pareció dura de oír esa palabra.  Por eso Jesús, que conocía lo que murmuraban, les preguntó si estaban ofendidos por lo que acababa de anunciar, referente a la voluntad del Padre en relación a quién podría ir a Jesucristo.  Jesús ratificó que las palabras que había hablado eran espíritu y eran vida; les recordó que había algunos de ellos que a pesar de haber participado del milagro de los panes y los peces no creían. Le habían seguido en parte por el alimento, en parte por lo espectacular del milagro, en parte por lo esperanzador de su palabra. Pero no querían que les hablara acerca de la predestinación. Ellos se querían sentir libres, con la libertad para seguirle o para rechazarle. Pero Jesús enfatizó en que ninguno podía ir a Él si el Padre no lo traía, si no era bajo la voluntad de Dios.

Como Jesús sabía que algunos de ellos no creían les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Después de la intranquilidad inicial, Jesús les ratificaba la causa de la molestia, lo cual se convirtió en un enojo que hizo que desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  Jesús no se puso lastimero, ni mendigó un alma casi ganada, sino que desafiante dijo a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros…No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le había de entregar: Juan 6).

La claridad del Señor nos enseña que nosotros tenemos que estar conscientes de que fue por la voluntad del Padre, manifestada desde los siglos, que nos escogió para salvación.  El Cristo sanador, solamente sana al paralítico de Betesda y deja a muchos enfermos en su mala condición.  Lo sana un día sábado, para quebrantar la literalidad de la ley de Moisés, en la cual vivían los escribas y los fariseos que se habían olvidado del sentido o espíritu de la ley.  Sabemos que la letra mata, mas el Espíritu vivifica. La voluntad de Jesús que perdonó a una ramera y le dijo ni yo te condeno, vete y no peques más, contravenía la letra de la ley de Moisés que ordenaba apedrearla. Una voluntad que nos manda a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien en lugar de mal.  Es la misma voluntad de un Señor que no miró las buenas obras –que eran ningunas- del ladrón en la cruz para perdonarlo, y para ofrecerle que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso. Un Jesús que acaba con las supersticiones acerca de a dónde van las personas que mueren creyendo en Él. Con razón el apóstol Pablo exclamaba que para él el vivir era Cristo, pero el morir era ganancia, pues tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual era muchísimo mejor. Esteban también lo supo, cuando vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre. 

Muchas doctrinas extrañas circundan las iglesias; no les basta la ley y el testimonio, sino que quieren emociones, experiencias suprasensoriales y decretos de milagros. Se ha creado una estructura de gestos, de música, de sonidos que llaman angelicales, con el fin de crear la atmósfera para que se manifieste el Espíritu. La Biblia no nos conmina a nada de eso, dado que no se necesita crear atmósferas especiales para que se manifieste la presencia de Dios.  El Padre se manifiesta en quien Él quiere, sin el teatro que hace la gente. Esa actividad bastante dudosa que hacen los hombres para encontrar a Dios, la procuran para encontrar un Cristo a su medida. Ese no es el verdadero pan del cielo. El verdadero maná ha sido revelado en las Escrituras y no hay otro método sino la misma palabra de vida (Juan 6).

La soberanía de Dios es un tema tratado sin restricciones en las Escrituras. Son las personas infiltradas en la Iglesia las que han tratado como tabú esa doctrina.  A ellos les parece dura de oír esa palabra. ¿Si Jesús le preguntó a aquel grupo de discípulos, ¿esto os ofende?, y al instante se fueron, ¿por qué nosotros vamos a torcer las Escrituras para que estos no se ofendan? El que tiene ofensa en esto tendrá que irse con el grupo de discípulos que prefirieron seguir su camino antes que creerle a Jesucristo.  A aquellos les pareció dura esa palabra que enseña que el Padre es el que escoge quiénes han de venir a Jesús: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.  A los ofendidos por esa palabra bíblica no les queda otro camino que irse y distanciarse de Jesús.  La iglesia no puede estar preocupada por los Judas o por los fariseos que buscaban adaptar la ley a su voluntad interpretativa.  Sigamos el ejemplo del Maestro, y digamos nosotros también con Él: ¿esto os ofende? ¿Queréis vosotros iros también? Al asumir la actitud mostrada por el Señor tendremos paz, pues bástale al discípulo ser como su maestro.

César Paredes.

retor7@yahoo.com

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