EL LOGOS ANTIGUO

Jesucristo fue descrito como el Logos que ha existido desde el principio, la razón pura y la lógica suprema de todo cuanto existe. Por él fueron creadas todas las cosas, y sin él nada de lo que existe sería. Por igual, en el desierto, Dios hizo caer el maná del cielo, un pan especial que servía de alimento al pueblo hambriento. Ese maná escondido de Dios, que aparece contrapuesto a las cosas sacrificadas a los ídolos, fue el suministro para el viejo pueblo de Israel en su caminata sobre la tierra árida.

Pan del cielo, dijo Cristo, el verdadero maná que vino primero como metáfora de lo que ocurriría después. Algunos rabinos hablaban del último Redentor (pues el primero fue Moisés), el cual aparecería como el maná del cielo. Bien, Jesús dijo de sí mismo que él era el verdadero pan de vida (Juan 6:32). No fue Moisés quien dio el pan del cielo, sino Jehová el Padre es quien da el verdadero pan del cielo. Es decir, Jesucristo como Logos es el verdadero Maná caído del cielo. Su palabra nos alimenta, como maná escondido (Apocalipsis 2:17); está escondido porque el mundo no puede verlo, porque ese alimento especial viene como una exclusividad para el pueblo escogido de Dios.

La Biblia puede ser un libro público, con múltiples impresiones a través de los siglos, pero aunque muchos la lean y la estudien solamente pasa a ser maná del cielo para aquellos que participan de la fe de Cristo. Esa fe que se muestra exclusiva para los que el Padre llama, de allí que el Señor le haya dicho a Juan en su Revelación que él daría el maná escondido al que venciere. Ese Logos antiguo siempre ha existido, pero no todos participan de él. Una vez que se predica la palabra, quien la oye y quien la haya aprendido demostrará que ha sido enseñado por el Padre (Juan 6:45). La demostración se evidencia por el conocimiento de la palabra sembrada en tierra abonada por el Padre, como lo anuncia la parábola del sembrador.

El maná escondido pasa como el alimento del justo, viene como el Evangelio que solamente el pueblo de Dios puede entender. El alma que ha sido resucitada podrá valorar ese maná escondido o reservado para ella, con la presencia del Espíritu Santo habitando su vida. No hay presencia de ese Espíritu Divino sin mediación de la palabra o Logos. De igual manera, no hay palabra que pueda ser comprendida sin la operación del nuevo nacimiento ejecutado por el Espíritu Santo.

Curiosamente, aquellos israelitas se quejaron de que solamente tenían maná del cielo para comer. Por esa razón Dios les envió codornices como castigo por cuanto los israelitas murmuraron y desearon haber muerto en Egipto donde comían carne. Jehová les envió tantas codornices como castigo que causó la muerte de muchos, quedando una especie de cementerio con el nombre de tumbas del apetito (Números 11:18-34). Esto hizo Jehová para que el pueblo aborreciera esa comida y hasta se les saliera por sus narices, como castigo por la queja continua que tuvieron contra Moisés y contra el Señor.

La ilustración derivada de ese relato nos viene como un útil de armonía espiritual. Hay gente que no se sacia con la palabra de Dios, con el maná del cielo que es Jesucristo. Esas personas que poseen tal espíritu insaciable necesitan probar el alimento del mundo, se la pasan recordando lo que tuvieron en Egipto (una metáfora del mundo hostil y de la esclavitud al pecado). Dios les da la medicina adecuada, hasta que saciados algunos perecen, si bien otros aprenden del castigo y se enderezan.

La abundancia de comida en Egipto vino acompañada de esclavitud, de trabajo serio y continuo de la población sometida al Faraón. En el mundo podemos tener riquezas (la abundancia del pan) pero siempre seremos esclavos del pecado, de la vanagloria de la vida y de los deseos de los ojos. Recordemos siempre de dónde nos sacó Jehová, por dónde nos ha traído, para que no nos volvamos quejumbrosos entregados al anhelo de volver a la necedad del pecado. El mundo no puede amarnos, porque el mundo ama lo suyo; a nosotros nos odia, como odiaron al Señor.

La práctica de la iglesia naciente de entregar a Satanás a aquellos hermanos que se volvían al pecado, pudiera ser una ilustración de lo que decimos. El hecho de ser agobiados por el pecado repetido viene como un azote del diablo contra los hijos desobedientes. Aquel hermano de Corinto sufrió amargamente, hasta que Pablo pidió tener misericordia de él y que fuera reincorporado a la iglesia. Cuando no se discierne el contenido de la palabra (el maná del cielo), se puede causar malestares en muchas personas del cuerpo de Cristo. Eso sucedía con la cena del Señor tomada indignamente (sin comprender su significado), pues comían de esa manera juicio para ellos mismos.

Jesús como pan de vida se nos presenta para saciarnos de su palabra, ya que él es el Logos (Juan 1); el que a él va nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Cristo da vida a los mortales pecadores, como verdadero pan da vida a todo aquel que lo coma. Acá está la metáfora de nuevo, ya que no es el pan físico de la cena del Señor el que da vida, sino la palabra como Logos que él representa. Precisamente, él lo aclaró: no solo de pan (físico, de harina) vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Esta enseñanza aclara que nuestra confianza no debe apoyarse en nuestra provisión sino en Dios y su palabra.

La palabra de Dios conocida debe guardarse con nuestra comprensión y obediencia. El que no obedece a Dios es castigado (porque Dios azota y castiga a todo aquel que tiene por hijo). Ha sido un privilegio el que hayamos comprendido la palabra divina, el que hayamos sido invitados a participar de la adopción hecha por el Padre; por esa razón el privilegio contrae deberes y la obediencia viene como lo primero que el alma debe hacer: sujetarse al Señor. Difícil nos resulta con el atractivo del mundo, ya que hemos vivido para él, hemos sido formados en sus esquemas, bajo la idolatría propia del hombre como centro de todas las cosas.

Pero si aprendemos a vivir del Logos como el pan del cielo dado a su pueblo, iremos descubriendo las delicias del cuidado divino, de la comida celestial que como diaria provisión se ha de tener. El maná no se podía guardar para otro día, excepto en la previsión del día de reposo. De la misma manera no podemos acumular el servicio a Dios para el día siguiente, sino que un día a la vez vamos nutriéndonos de la palabra y de la fe que por medio de la oración cultivamos. Quiero decir que aunque oremos hoy por el mañana, en ese día que viene seguiremos orando; lo que hicimos ayer quedó atrás, cada día trae su propia actividad de piedad por realizar.

Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8). Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El perdón significa la remoción de la culpa y del pecado, así como de su castigo. Nuestro pecado fue transferido al Señor en la cruz, pero a cambio obtuvimos su justicia eterna. Bajo esa seguridad judicial habitamos todos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz; bajo ese Logos eterno estamos cobijados todos los que el Padre eligió y ha llamado oportunamente.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario