El trabajo de Cristo en la cruz generó la absoluta justificación de todos a cuantos representó. No fue un trabajo potencial, como afirman muchos que manifiestan un evangelio antropocéntrico; más bien fue un trabajo actual y eficaz, como asegura la Biblia. En Mateo 1:21 tenemos una declaración efectiva para asumir la excelencia del trabajo de Jesucristo. El ángel le dice a José en su visión que debería colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, ya que él salvaría a su pueblo de sus pecados. El significado del vocablo Jesús es Jehová salva.
Fijémonos que no dijo que salvaría al mundo, o a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo. Ese pueblo está conformado por todos los creyentes en su fe, los cuales nos son engendrados por voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Dado que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), se entiende que el ser humano posee una incapacidad natural para acercarse o desear a Dios. Él sigue siendo sin atractivo para el alma natural y caída, por lo cual se hace imperativo el nuevo nacimiento que da solamente el Espíritu Santo. Él sopla de donde quiere.
Recordemos por igual lo que nos dice la Carta a los Romanos, que Dios endurece a quien quiere endurecer pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. En tal sentido, se nos ha dicho que Jacob fue amado sin mérito alguno en él, pero que Esaú fue condenado sin miramiento en sus obras (Romanos 9:11-13). Dios el Padre imputó los pecados del pueblo elegido (desde antes de la fundación del mundo: Efesios 1) a Jesucristo, su Hijo, dándonos a cambio la justicia derivada de él (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18).
La inocencia de Cristo significa que él fue el Cordero sin mancha, la ofrenda eficaz por el pecado de todo su pueblo. Pese a que nosotros seguimos pecando fuimos declarados justos en Jesucristo; la Biblia nos advierte que no pequemos más, ya que Dios a quien ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Así que si pecamos, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:7-9). Y él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, Esteban, el diácono que se convirtió en un mártir, vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios, por lo cual luego pudo exclamar: Señor (referido a Jesús), no les tomes en cuenta este pecado (Hechos 7:59-60).
Nosotros no nos vamos tras la locura del pecado (Salmos 85:10), sino que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Colosenses 2:13). No dice que nos perdonó algunos pecados, sino todos los pecados. Por eso es que estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por Jesucristo (Romanos 5:9). Preguntamos: ¿Quién es el que condenará? Si Cristo es quien murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros, ¿Quién es el que nos separará del amor de Dios? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:34-39).
Dios no demanda doble pago por el pecado, ya que habiendo su Hijo pagado todos los pecados de su pueblo su pueblo será salvo en el día del poder de Dios. Ya Jesucristo sufrió por nuestras faltas, así que nosotros le debemos a él todo lo que somos. Si tratamos de matar las obras de la carne en nosotros, si tratamos de alejarnos de los rudimentos del mundo, lo hacemos bajo su voluntad y por el afecto que nos genera. Nunca lo hacemos para ganar su afecto o para recibir su perdón, ya que por gracia hemos sido salvos y no por obras. Pero la santidad es el camino a seguir una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Antes, cuando andábamos bajo la influencia del príncipe de este mundo, éramos incapaces de comprender las cosas del Espíritu de Dios, y nos parecía una locura.
Esa incapacidad nos fue quitada por la gracia divina y de esa manera llegamos a creer. Dios nos habilitó por medio de su palabra y por la actividad de su Espíritu, así que no hubo obra nuestra que fuese eficaz para conseguir esta dádiva y este don perfecto. El Señor Jesús cumplió toda la ley divina, de manera que su perfección lo convirtió en la justicia de Dios y por ende en la pascua de todo su pueblo que vino a redimir. Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte (al diablo), para librarnos a todos los que por el temor de la muerte estuvimos durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:14-15).
Decir que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte es eficaz solamente en los que creen, significa que la diferencia entre cielo e infierno subyace en nosotros mismos. Implica una salvación por la obra de creer, de levantar una mano, de ser más listo que otro, de comprender lo que nos parecía locura mientras a otros les sigue pareciendo locura porque no pueden comprender. Implicaría que nos atribuyamos la capacidad de comprensión sobre las cosas del Espíritu de Dios. Eso negaría las Escrituras.
En cambio, asegurar que el trabajo eficaz de Jesucristo consiste en el perdón actual y no potencial de todos los pecados de su pueblo, implica que él aplacó la ira de Dios por medio de su muerte satisfactoria. Aquel cordero que Abraham vio trabado en un zarzal es el símbolo del Hijo de Dios que habría de morir por nuestros pecados. Ese Jesús es la Simiente prometida cuando se dijo: En Isaac te será llamada descendencia (simiente). No habla de muchas semillas, sino de Cristo. Por eso se escribió: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmos 32:1).
Se ha escrito que fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). No tenemos de qué jactarnos sino de la cruz de Cristo, ya que fuimos salvados por la ley de la fe de Jesús. Esa fe es también un regalo de Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La sangre sería una señal para el pueblo de Dios, sobre las casas en que estaba colocada. Dios vería la sangre y pasaría por alto el castigo, de manera que la plaga enviada no destruyera lo que es de Dios (esto aconteció en Egipto, con el Israel que Dios rescató, como un inicio de la pascua: Éxodo 12:13).
Aquella sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo en la cruz, lo cual hace que Dios pase su castigo por encima de nosotros que ya fuimos redimidos por su sangre. La sangre no se colocó en todas las casas, lo cual dejó a Egipto (símbolo del mundo en la Biblia) por fuera de la redención. Asimismo, Jesús en la noche previa a su sacrificio, cuando estaba en el huerto de Getsemaní, oró al Padre diciéndole que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). El trabajo de Jesús fue eficaz y por esa razón vio el fruto de la labor de su alma (Isaías 53:11), y quedó satisfecho.
César Paredes
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