Pablo consideró todo como pérdida, por causa del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Perdió todo, consideró lo aprendido antes de su conversión como algo que no vale, más allá de que aprovechó su conocimiento de la ley y de lo que había leído para ilustrarnos en lo concerniente a la fe de Cristo. Quedó satisfecho de haberse separado de su propia justicia en cuanto a la ley, ya que hubo alcanzado la justicia de Dios en la fe de Cristo (Filipenses 3:7-9).
La salvación de un pecador transforma su corazón, como un fruto inmediato de su regeneración. ¿No es esa la conversión? Hubo un arrepentimiento (una metanoia) que supone una mente transformada: ya Dios cobra vigencia como Ser Soberano, en tanto la criatura humana no es más que barro en manos del Alfarero. Dios nos da el don de la fe, entre tantas cosas propias de la gracia. El falso dios en quien habíamos creído se desvanece, para dar paso forzado al conocimiento conforme a la sabiduría de Dios. Existe un celo de acuerdo con la ciencia, así como hay un celo que no es conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).
Ciencia es conocimiento, por lo cual Isaías dijo que por el conocimiento del siervo justo éste salvaría a muchos (Isaías 53:11). Algunos judíos manifestaron celo enorme por el Dios de las Escrituras, pero olvidaron la ciencia (ese conocimiento del que hablaba el profeta Isaías). Pablo escribe en Romanos 10 que siente dolor por esos parientes según la carne, que conocen mucho de las Escrituras y poseen un gran celo por ese Dios revelado, pero que carecen de conocimiento.
El Dios-hombre Mediador viene a ser una piedra de tropiezo para no pocas personas. Ese Jesús hizo todo en la cruz, salvó actual y eficazmente a todo su pueblo de sus pecados, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). No rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), así que mantuvo su doctrina por siempre (Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. Todo lo que el Padre me da viene a mí, y yo no lo echo fuera: Juan 6: 44 y 37). De esta manera afirmamos que la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, como afirmara Jesucristo (Juan 10:1-5). Por lo tanto, ya no será posible creer que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción.
Jesucristo establece la diferencia entre cielo e infierno; su trabajo eficaz hizo viable y real la salvación actual de todo su pueblo. Por supuesto, la predicación del evangelio cumple varios propósitos, siendo el principal de ellos el de alcanzar esas ovejas por medio de la palabra de vida. Al mismo tiempo, esa predicación genera mayor condenación en los que rechazan el evangelio de Cristo. Pero entonces, ¿por qué Dios condena a Esaú? ¿Por qué condena a los que antes endureció para que no crean? ¿Por qué predicamos a los que han sido destinados a tropezar en la roca que es Cristo? (1 Pedro 2:8).
La Biblia ha dado la respuesta y nos dijo que no nos compete contender con el Creador. Él tiene autonomía para hacer con la misma masa de barro un vaso para honra y otro para deshonra. Este asunto generó al principio un gran dolor en el apóstol Pablo, pero por igual nos soltó el contenido de su revelación y llegamos a aceptar esa doctrina de Jesucristo que es conforme al resto de las Escrituras. Los que siguen con comezón en el alma, con el escozor por razón de su vano libre albedrío, tienen problemas para conciliar la paz con el Eterno. Algo parecido les ocurrió a aquellos judíos referidos por Pablo, los cuales tenían un gran celo por Dios pero no conforme a ciencia.
Ellos mezclaban gracia con obras o tal vez obras con gracia, pero de nada les servía. Escaparon del conocimiento del siervo justo del que hablara Isaías. Prefirieron seguir aferrados a la tradición de su religión aprendida, considerando ese otro conocimiento como de valor no rechazable. Pablo, al contrario, consideró como pérdida todo lo aprendido bajo los pies de Gamaliel, todo el error conceptual que el judaísmo mal aprendido enseñara sobre el Mesías. Israel esperaba un libertador del yugo político al cual estaban sometidos, pero les llegó Jesucristo que hablaba del valor del alma más que del mundo. El pragmatismo religioso judío repudiaba tales enseñanzas, así que terminaron crucificando al Señor valiéndose de la ayuda del imperio romano.
El verdadero creyente se arrepiente en la conversión, deja a un lado su creencia errónea que no es conforme a ciencia. Abandona el celo por Dios que subyace solo en su práctica religiosa equivocada; ahora conoce que aquellas cosas creídas estuvieron erradas. De lo contrario, hubiese seguido en su viejo camino. Después de la regeneración no se puede continuar con la vieja creencia errónea del falso evangelio. El evangelio anatema o maldito es todo aquel conocimiento falaz en cuanto a la doctrina de Cristo. Si alguien dice creer pero se molesta por las palabras de Jesucristo, ya que chocan con lo que supone debería ser Dios, entonces está dando fruto digno de perdición.
El celo moral y religioso de nada sirve si viene acompañado de falsa doctrina. Allí no hay ciencia o conocimiento, allí no reposa el conocimiento del siervo justo. Fijémonos que el Señor habló de manada pequeña, de los pocos escogidos, de que él es quien elige. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo ordena; habló en parábolas para que no lo comprendieran totalmente quienes no deben comprenderlo. La Escritura habla con creces de la soberanía de Dios, del endurecimiento que realizó sobre el corazón del Faraón, de cómo se lo dijo a Moisés antes de que ocurriese. Dice ella que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).
Sabemos que la salvación condicionada en cualquier actividad del pecador es considerada como pérdida y sin conocimiento. El hombre murió en delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque al verdadero Dios. El hombre natural tiene como locura las cosas del Espíritu de Dios, no puede discernirlas. De manera que si alguien supone que su capacidad intelectual, su astucia o su humildad hicieron posible aceptar a Cristo, está dando muestras de que no conoce el evangelio. Es el Espíritu el que hace nacer de nuevo, no por voluntad de varón sino de Dios. Pero Él no hace nacer de nuevo a todo el mundo, sino solamente a los elegidos del Padre. Lo hace, por supuesto, por medio de la predicación del evangelio.
La justicia de Dios revelada en el evangelio, de acuerdo a Romanos 1:17, consiste en conocer que Dios es justo y quien justifica al impío, por medio de Cristo como su justicia (Romanos 3:21-26). Si no tenemos tal conocimiento estableceremos nuestra propia justicia, la de las obras buenas que podamos hacer. Eso es idolatría, sería una religión antropocéntrica que coloca a Dios como si fuera el genio de la botella. Ignorar esa justicia de Dios y su soberanía absoluta, implicaría asumir que algo en nosotros mismos hemos hecho como prerrequisito para obtener la justicia de Dios. Sería un celo sin conocimiento.
César Paredes
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