El evangelio se manifiesta en forma simple, como la fe de Abel. Aquel primer hombre asesinado creyó a Dios y le llevó una ofrenda propicia y excelente. Su alusión al Cordero que habría de ser sacrificado por los pecados de su pueblo le costó la vida de manos de su hermano de sangre. Su muerte continúa hablándonos (Hebreos 11:4). Hoy día, ese evangelio permanece escondido para muchos, los que tienen el entendimiento entenebrecido por la manipulación del dios de este mundo.
Decir que las lenguas tomaron sus variaciones cuando se configuraba una torre cuyos edificadores pretendían hacerse un nombre, alejados de Dios en incumplimiento del mandato de esparcirse para llenar la tierra, puede traer la consecuencia de una burla por los que se llaman intelectuales. Eso nos llevaría el calificativo de seres mitológicos, por militar en una creencia dogmática inferior. Pero llegar a decir que la materia va hacia formas complejas, pese a que venimos de seres inferiores gracias a una evolución que se da porque sí, sin Ingeniero detrás de ella, nos merecería un aplauso de los intelectuales que se burlan por causa de nuestra fe pura y simple.
De inmediato nos despojan con el argumento de falsa autoridad, diciéndonos que los títulos que otorgan universidades de prestigio autorizan a los más doctos a desacreditarnos. Hablan de intentos fallidos hasta llegar al homo sapiens, dicen que hubo muerte antes de que la Biblia hablara de la caída del hombre. Es decir, que esos intentos por aparecer la humanidad en la tierra permitieron la muerte de miles de personas cuyos restos fósiles testifican de esa hipotética realidad.
Para ello cuentan con argumentos de autoridad como el carbono 14, la radiación emitida y medida, pero nada hablan de que su sistema de medición sea relativo. El creyente tiene esa lucha en los predios intelectuales donde a veces debe concurrir. La amplitud cultural del ámbito universitario pareciera complicar la vida de los hombres de poca fe. La confianza de Abel se fundamentó solamente en el sacrificio del Cordero que habría de venir, en tanto la ofrenda de Caín emergía de sus propias obras. He allí la gran diferencia entre esos dos hermanos biológicos, cuyas almas hablan desde dos posiciones opuestas.
Abel creyó en un evangelio puro y simple, en tanto Caín siguió la huella de la serpiente en el Edén, convirtiéndose en un hijo del maligno (1 Juan 3:12). Jesucristo hizo todas las cosas (Juan 1:3), así que no hubo experimento evolutivo que ocasionara la muerte antes del pecado entrado al mundo por Adán. Por lo tanto, aquellos registros fósiles de que tanto habla la falsamente llamada ciencia, se muestran como evidencia falaz. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las señala como locura. Nosotros los que hemos llegado a creer, hemos sido marcados como los objetos de burla del mundo.
Esa burla pudiera ser vista como un tipo de muerte en forma lenta. Al igual que Caín asesinó a su hermano, estos hermanos de la humanidad biológica asesinan a los que profesamos la fe de Cristo. Somos como ovejas llevadas al matadero cuando damos testimonio de la luz. Nuestro salvoconducto en los predios del mundo viene a ser el evangelio antropocéntrico. Si nos presentamos en nombre del evangelio anatema, la crítica disminuye y aparecen algunos aplausos. Al contrario, si nos aferramos a lo que la Biblia dice, seremos ridiculizados en grado extremo.
La iglesia pagana recibe a sus hijos para instruirlos en el otro evangelio, de manera que sus fieles gozan de renombre en todas las áreas del saber humano. Ellos tienen sus teólogos que recitan la evolución como paradigma científico, otros hablan de una creación evolucionista. Por igual, los conceptos duros de la fe cristiana se muestran metafóricos de épocas oscuras, como bien se califica al infierno de fuego en un sentido simbólico. El Dios de amor no puede crear un lugar de tormento eterno, así que tampoco pudo predestinar nuestros destinos desde antes de la fundación del mundo.
Al parecer, la ofrenda de Caín sigue teniendo vigencia en la teología contemporánea. Las obras hablan por sí solas, colocando a Dios como árbitro que no se inmiscuye en el sagrado libre albedrío humano. Pero eso no podría llamarse mito o ilusión, ya que toca lo más sagrado del corazón del hombre: su ego y sus obras libres. De allí que surge la tesis de la meritocracia espiritual, un arquetipo con el cual pareciera nacer cada hombre natural. El Cristo que vino a morir en la cruz debería ser visto como el Dios Salvador que vino a ofrecer salvación a toda la humanidad, sin excepción, para que pueda ser tenido como justo y equitativo.
Así como se ve el creacionismo como una tesis desarticulada de la razón, se ve la redención como una realización potencial antes que actual. Se nos conmina a creer en una evolución que tiende a la complejidad de la matería, afirmándonos que el universo siempre ha estado allí, que Dios es una invención humana junto a todos los mitos. Pero las hipótesis evolucionistas que cambian cuando se ven obsoletas no desestimulan la fe espuria en la falsamente llamada ciencia.
Pareciera haber un intercambio entre la hipótesis de la evolución y la fe genérica que asume un evangelio diferente al de las Escrituras. En otras palabras, la fe de Caín se recibe con bienvenidas en el territorio del ateísmo y del negacionismo de las Escrituras. Los que perecen en su insistencia de la negación de las doctrinas del evangelio, no serán recibidos en el reino de los cielos. Pero eso no debe importar mucho a quienes de entrada niegan una vida después de esta vida, a los que suponen que venimos del mono, a los que excusan sus conductas basados en los males de la infancia, a los que se vuelven creyentes de que la religión cristiana es opio para los pueblos.
No en vano esas tres doctrinas vinieron juntas: marxismo, freudismo y evolucionismo. A partir de entonces la humanidad dio un giro hacia su propio abismo, sin saber que con ello también cumplía las profecías de las Escrituras: la maldad aumentada en estos últimos tiempos. Sin Dios como Creador, con la excusa del trauma infantil que brinda el psicoanálisis, bajo la creencia del materialismo histórico marxista, el nuevo hombre ha tenido que dar paso a su desenfreno, ya que no tiene que rendir cuentas a una Deidad que le reclamará por sus malas acciones.
La burla a los que creen en la Biblia como norma de fe, el descrédito intelectual contra los que profesamos el evangelio de Cristo, ha insistido en proporcionarnos desventura en este mundo. Pero nosotros seguiremos hasta el final, ya que vanidad y solo vanidad es la falsamente llamada ciencia y el evangelio sin conocimiento (Romanos 10:1-4; Isaías 53:11). El fin de todo el discurso, como dijera el autor del Eclesiastés, consiste en creer y temer a Dios, guardando sus mandamientos. Sabemos que esos mandamientos no son gravosos, ya que consisten en amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los apóstoles anunciaron una salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo (Mateo 1:21 y Juan 17:9). El que llega a creer no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).
César Paredes
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