CASTIGO Y CONFIANZA

Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, asegura Hebreos 10:31. Como alguien arrestado por la justicia, como cualquier criminal conducido hacia el patíbulo, bajo la sentencia de condenación, la ira divina viene a ser asunto de terror, donde la misericordia ha escapado huyendo a lo lejos de las manos del Todopoderoso. Sí, caer en las manos del Dios vivo se tiene por horrendo, ya que no existe paz para el impío. La desnudez del pecado muestra la carga de la justicia en contra del que falla ante la ley de Dios.

El que niega la deidad del Hijo y su eterna relación con el Padre, tiene por inútil su oficio. La sangre del pacto de gracia ha de ser tenida como pura, con respeto absoluto. Sin embargo, hay quienes la pisotean menospreciando la paciencia del Señor, teniendo como fábula el evangelio de Cristo. Recordemos que la venganza pertenece al Señor, como respuesta a las pasiones humanas. Menos mal que Dios juzga a su pueblo, para no dejarlo por fuera de su gracia eterna e infalible.

Si Dios predestinó desde la eternidad a quienes habría de amar con amor eterno, lógico es que le pertenezca la venganza y dé el pago al que pisotee su sangre. Creemos firmemente lo que dijo Jesucristo respecto a sus ovejas, que no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Entonces, ¿qué es un apóstata? Es simplemente alguien que profesa ser creyente pero que no ha sido redimido. Solamente es un no escogido para salvación que puede apostatar, como también fue escrito que el diablo intentará engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos.

No existe impedimento para la advertencia contra la apostasía, como tampoco un buen padre de familia debe impedir la admonición a su pequeño al cruzar una calle plagada de automóviles. Lo sostiene de la mano pero le dice que no se suelte; lo conduce certeramente pero le indica que siga con prudencia. El padre no piensa jamás soltar la mano del pequeño hijo pero eso no le imposibilita para la advertencia. La Escritura hace lo mismo con nosotros, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero.

Fuimos iluminados por el Espíritu para ver nuestra impureza, hemos sido tocados por el Todopoderoso para comprender nuestra impotencia. Hemos escuchado de la justicia del Hijo para comprobar nuestra injusticia natural. Tenemos al alcance la manera de luchar en este mundo hostil, la oración y la palabra divina. Si oramos de manera constante tendremos una recompensa grandiosa, habiéndosenos dicho que seremos galardonados al rogar al Padre. Hemos de creer que Dios está allí en el sitio de nuestra oración, que nos oye y por lo tanto nos recompensa.

Esa respuesta está conectada con la salvación eterna. La gracia divina garantiza la recompensa, como si la plegaria en sí misma no bastase con ser gratificante de manera suficiente. Se nos da más y más como añadido al hecho de orar, de conversar con nuestro Padre. El que ha sido llamado por su gracia ha sido conformado a la imagen de su Hijo. Entonces, ¿para qué pecar si el pecado solo trae degradación? ¿Por qué celebrar el pecado? Nada menos inteligente para un hijo de Dios que recrearse en la maldad.

Si pensamos en la grandeza divina, en el socorro oportuno que recibimos de la mano de quien nos amó con amor eterno, entenderemos que se nos prolongará la misericordia del Señor. Tal vez habremos de sufrir algunas aflicciones que provienen de la mano de Dios, ya que como a hijos se nos trata y por lo tanto recibimos castigo y azote como parte del amor de Dios. No solo hemos recibido una promesa de vida eterna, sino la vida misma como un reflejo de la eternidad que nos aguarda.

El Señor se manifestará y vendrá a esta tierra para traer juicio y quebranto contra los que la destruyen. Él dijo que vendría otra vez, nos habló de señales del fin. Vivimos en una época en que las señales parecen sobrar, la repetición de los signos anunciados nos alertan de la prontitud de su venida. El mundo se ríe de nosotros, nos habla de la tardanza del Señor. Cuando decae el consumo de su palabra aumenta la influencia del mundo en nosotros. En la medida en que consumimos más de la presencia del Señor, el mundo se achica y se muestra vencido.

Al esperar la venida del Señor se demuestra la paciencia de los santos. El mundo anuncia conspiraciones, pandemias, controles sociales, avisa de una cárcel global donde se honrará al autómata. Una marca en la mano o en la frente, un número que signará a los adquiridos por Satanás. Los que se saben hijos del maligno hacen esfuerzos por desencadenar males sin número, en especial contra los que reconocen como hijos del Altísimo. Este es su mundo, se dicen a sí mismos, por lo tanto nosotros sobramos en su espacio. En alguna medida eso es cierto, ya que la Escritura ha dicho que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros pertenecemos al Señor. La iglesia no pertenece al mundo, a menos que se entregue como espectáculo de vergüenza. En dado caso, eso no podría llamarse iglesia de Cristo.

Nosotros nos preguntamos con frecuencia: ¿A quién iremos? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna.

Iremos al Señor y cuando partamos de este mundo estaremos en el cielo, el que según la Biblia se describe más como un lugar espiritual. Es considerado el sitio donde reside Dios y se asocia con la vida eterna y la comunión con Él. La Biblia enseña que aquellos que aceptan a Jesucristo como su Salvador y siguen sus enseñanzas tienen la promesa de la vida eterna en el cielo. La fe en Cristo es clave.

¿Qué pasa si uno trata de seguir las enseñanzas de Cristo, pero falla a veces? La Biblia reconoce que todos cometemos errores. A pesar de los fallos, la enseñanza cristiana sostiene que la gracia de Dios es redentora. Arrepentirse y buscar la rectitud resulta fundamental. Cualquier creyente puede preguntarse alguna vez cuál sería el pecado imperdonable, según la Biblia. Según la Biblia, el pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. Esto implica rechazar deliberadamente la obra del Espíritu Santo, que revela la verdad sobre Jesucristo.

Siempre Dios disciplinará a sus hijos bajo la actitud de un Padre amoroso. Las formas de castigo mencionadas incluyen corrección, enseñanza y permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus acciones. La interpretación puede variar según las creencias y tradiciones teológicas. De allí que convenga el estudio de las Escrituras, la comprensión de la doctrina de Jesús, como un todo general, para que podamos sustraer la materia prima para poder interpretar con acierto lo que nos sucede.

La Biblia destaca la santidad y la justicia de Dios, por lo que la expresión Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo sugiere que enfrentar la ira divina puede ser una experiencia aterradora en virtud de la pureza y la perfección de Dios. En el contexto de Hebreos el autor está enfatizando la importancia de mantener la fe y no alejarse de Dios, ya que desviarse podría tener consecuencias graves. La frase refleja la idea de que estar en desacuerdo con la voluntad de Dios o rebelarse contra Él puede llevar a consecuencias temibles. Es importante recordar que las interpretaciones pueden variar y dependen de las creencias teológicas de cada persona.

Jesús afirmó que el Padre era bueno, y que solamente Él era bueno. Esta confesión proviene de su profundo conocimiento en la larga y eterna relación con Él. Como Hijo pudo comprender el afecto compartido, así que le fue fácil someterse a la voluntad en una relación continuamente afectiva. Solamente una vez, cuando moría por los pecados de su pueblo, pudo sufrir la soledad absoluta por la ausencia del Padre. Leemos su célebre expresión en el madero: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue el momento más terrible de Jesucristo, el instante en que se vio solo y abandonado por quien más lo había amado desde siempre.

Esa soledad provino como consecuencia de cargar nuestros pecados, de hacerse pecado para recibir todo el castigo que merecía su pueblo escogido. Nosotros no pasaremos jamás por tal sendero, si bien comprendemos lo que significa la soledad en el mundo. Pero nunca entenderemos la soledad que jamás ocurrirá a nivel de nuestro espíritu, ya que el Señor nunca nos abandonará y estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para los creyentes, encontrar confianza en Jesucristo forma parte central de nuestra fe. La enseñanza cristiana sostiene que a través de la fe en Jesucristo y su obra redentora las personas pueden encontrar perdón, gracia y reconciliación con Dios. La confianza en Jesucristo implica creer en su divinidad, aceptar su sacrificio por el perdón de los pecados y seguir sus enseñanzas.

El estudio de la doctrina del Señor sirve como eje de la fe en Cristo, ya que no podemos seguir a alguien a quien no conocemos. Cristo es mucho más que el nombre de una persona, es mucho más que su condición de Hijo de Dios, puesto que su trabajo en la cruz lo convirtió en la justicia de Dios, en el Redentor del pueblo que se propuso salvar (Mateo 1:21). Si usted estudia el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, si llega a entender la esencia de lo que Jesús quiso enseñar, la confianza en Jesucristo le proporcionará consuelo, toda vez que descubra que usted es hijo de Dios. De lo contrario, si surge animosidad en contra de esa enseñanza de Jesús, tendrá que alejarse murmurando bajo la idea de que esas cosas descritas son difíciles de oír, y dirá que nadie podrá comprenderlas. La confianza en Jesucristo no es necesariamente compartida por todas las personas.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario