Los creyentes en Cristo somos señalados como aventureros de una religión. A cada rato se nos reclama por la Segunda Venida de Cristo, se nos compara con los de la religión hindú, con los budistas y mahometanos, aún con muchos más, diciéndonos que Jesucristo se ha tardado en volver como había prometido. Al mismo tiempo se nos dice que ese Mesías puede compararse con tantos otros de los que prometen volver, pero transcurridas centenas de años no llegan. El desaliento puede correr si nos comparamos con los religiosos de otros dioses, pero nuestra fe nos gobierna y seguimos en silencio. Tal vez al callarnos se tape la boca de los que blasfeman, como hizo Jesús ante quien le preguntó qué era la verdad. El Señor guardó silencio y dejaron de preguntarle.
Nos espera la corona de la fidelidad, de la victoria, como símbolo del triunfo que seguimos. Nuestra alma estará con Cristo, por quien fuimos comprados con sangre. Esto molesta a los que no son del grupo de redimidos, o a los que todavía el Señor no ha llamado. Se nos dice que Dios no puede morir pero que nuestro Dios murió en la cruz; les respondemos que Jesús el hombre-Dios fue quien murió, que como Dios no muere, porque como hombre fue sometido al juicio de la ley divina. Aunque no cometió pecado fue hecho pecado por su pueblo, por eso recibió el castigo de nuestras rebeliones.
Eso es demasiada teología para ser digerida por quienes poseen un estómago delicado, aquellos que tienen por locura las cosas del Espíritu de Dios. Sus burlas continúan, no sin antes señalarnos de indoctos, de alocados, de insensatos fanáticos que evitamos razonar. Bien, cualquiera que los oye puede irse con ellos, puede abandonar el barco de la fe, si se conmueve por la persecución que hacen sus palabras. Sin embargo, los que hemos sido escogidos como herederos del Señor permaneceremos inconmovibles, no por fanatismo religioso sino por la convicción de la fe.
Resulta de poco provecho dar razón de lo que es la fe, ya que para el que desee conocer sobre este tema que lo busque en las Escrituras. Allí se nos dice que la fe es la certeza de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Ah, pero cada religión espera algo y dentro de ellas existe gente que confía en sus dioses y promesas. Bueno, es cuestión de que los sigan si así desean, o de que nos comparen con ellos, pero no por eso el incrédulo se convencerá de lo que es nuestra fe. Así que resulta inútil darse en explicaciones específicas ante la gente que nos consulta solo con el ánimo de señalarnos como ilusos.
No se ve el mismo fervor contra las otras religiones, sino que buscan a los cristianos como chivos expiatorios para demostrar que los ateos tienen toda la razón a su favor. Nosotros seguimos esperanzados en el testimonio de los antiguos, creyendo que el universo fue constituido por la palabra de Dios. Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Creemos en la omnisciencia y omnipotencia de Dios, con suficiente sabiduría para hacer aquello que ha hecho. No necesita corregir nada de lo que hizo, no tiene consejero ni quien detenga su mano. Todo cuanto quiso ha hecho.
En este punto, muchos de los que se dicen cristianos trastabillan, con el alegato de que lo malo lo ha hecho el diablo. Pero la Escritura nos enseña que aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4). La física básica nos educa en relación a la obra creada: todo es energía y ella se conserva por medio de la transformación de la materia. De manera que un principio de ciencia subyace en la creación: hay una preservación de lo hecho. Las plantas y los animales se reproducen conforme a un principio legal científico que les fue instaurado.
Confiamos en que la salvación propuesta para los elegidos del Padre se mantendrá por siempre. El Señor nos ha dado vida eterna (Juan 10: 28), sus misericordias duran de manera sempiterna, de eternidad a eternidad (Salmos 103:17). Sabemos por igual que el dominio del Señor es eterno, que no acabará (Daniel 7:14), así como nuestra salvación durará por siempre (Isaías 40:8).
No nos dejamos arropar por las palabras de los desesperados que no tienen esperanza, ni por sus llantos cuando lamentan su mirada hacia la muerte. Cada quien que asuma su sistema de vida, pero nosotros los creyentes también asumimos la nuestra. Nuestro evangelio revela la justicia de Dios, de ese Dios justo que justifica al impío. El trabajo exclusivo de Jesucristo en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21) garantiza el llamado eficaz por parte de Dios a través de la predicación del evangelio. Esa buena noticia lo es para el que es creyente, para el escogido del Señor desde antes de la fundación del mundo, de manera que ese evangelio quedaría como la promesa divina para salvar a su pueblo y para otorgarle todas las bendiciones relacionadas con la redención.
El Cordero de Dios estaba preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo para levantar de los muertos a los escogidos (1 Pedro 1:20); por esa razón, sabemos que Adán tenía que pecar, para que se manifestara Jesucristo como el Redentor. De lo contrario, si Adán no hubiese pecado, ese Cordero hubiese sido ordenado inútilmente desde antes de la fundación del mundo. Dios en su sabio consejo así lo ordenó, de forma que el pecado entrara en el mundo por el pecado del primer hombre, para que la consolación y esperanza siguieran el propósito establecido para ellas.
Los cristianos sabemos que el evangelio no consiste en la información del nacimiento y la muerte de Cristo, ni en su asunción a los cielos; tampoco se refiere a sus hechos milagrosos, a sus prodigios o a sus palabras de sabiduría enseñadas. Más bien, la buena noticia consiste en anunciarnos que nuestro mejor trabajo sigue siendo inmundo ante el Dios de toda justicia, por lo cual nos convenía esa ofrenda por el pecado hecha por el Gran Sumo Sacerdote que no necesita ofrecer por sus propios pecados.
Dios ha ordenado salvar a su pueblo por medio del mensaje del evangelio, revelándoselo a todo su pueblo en el tiempo oportuno. Los que siguen al buen pastor no se irán jamás tras el extraño, tras el evangelio anatema, ni seguirán nunca a los que predican fábulas artificiosas (Juan 10:1-5). Los creyentes confesarán siempre el verdadero evangelio, nunca el maldito (Gálatas 1:8-11). El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.
César Paredes
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