SACRIFICAR ALABANZA A DIOS (SALMOS 50)

Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 de Juan 2:22-23). El establecimiento de la paz con los que no tienen la doctrina de Cristo señala el anatema de los que se dicen cristianos de religión. Estos no se ocupan de lo que Cristo dijo en toda su doctrina, sino de lo que hizo por su pueblo extendiendo dicho favor a toda persona en general. Por esa razón establecen un beneficio universal en la muerte de Cristo, pero como muchos no lo aceptan dicen que la virtud de su muerte se actualiza en todos los que de buena voluntad lo aceptaron.

Vamos viendo cómo se mezclan las cartas para hacerlas del mismo montón, como si cada una de ellas fuese extraída de las Escrituras. Si los Solo Jesús niegan la trinidad, se busca el punto de coincidencia para afirmar que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

En un principio no fue así, más bien se nos encomendó sacudir el polvo de nuestras sandalias en esas casas donde la doctrina del Señor no aparece bien recibida. Incluso se habla de ciudades enteras donde no se recibe lo que el Señor dice. Pero la insistencia arminiana marca la pauta con el afán de convertir almas para Cristo. La persuasión sicológica viene como bandera para que a baja voz, mientras la supuesta iglesia ora, el predicador invite como si fuese la última oportunidad que su dios da a los asistentes. En el fondo, un piano entona un himno suave, melodioso, como si fuese una treta de Hollywood de acuerdo al guion establecido para una película.

Luego se levantan algunos, los más sensibles y dicen recibir a Cristo. La feligresía se emociona, dice amén, mientras los ayudantes de turno se acercan para crear la hermandad de oficio con la felicitación y la ayuda para que comiencen a orar.

Esos nuevos conversos guardarán las fechas de su conversión a Cristo, pero eso sí, jamás darán cuenta del verdadero evangelio sino del anatema que les enseñó desde el principio que Cristo murió por todos y que el Espíritu pudo vencer la pereza que en ellos había. Eso nos lleva a pensar que ese Espíritu vencedor resultó un fracasado en los otros que no aceptaron ni dieron un paso al frente. Para resolver ese tema teológico, trasladan el fracaso del Espíritu a la renuncia de aquellos pertinaces que no fueron persuadidos bajo la rutina del show montado en la reunión.

Vemos que bajo este esquema hay algunos que sí vencieron su propia desgana, mientras otros siguieron atrapados en su incredulidad. Ha triunfado el eslogan teológico que dice que Dios salvó a los que sabían querían salvación. A los otros los abandonó en su propio endurecimiento. Uno se da cuenta de que los renuentes no fueron persuadidos por el Espíritu Santo, en cambio los dóciles al Espíritu cooperaron para que la salvación se convierta en un trabajo sinergístico. Hubo colaboración con el Espíritu y por eso el gozo de recordar la fecha y el nombre del predicador que procuró su trabajo para sacar esa alma del infierno.

Estos son los que al transcurrir décadas insisten en que fue gracias a tal o cual misionero que ellos fueron alcanzados para Cristo. Poco les importa si tales personas no creen en la doctrina de Cristo, si andan tras el extraño, ya que el testimonio en el cual confían gira en torno a la moralidad del predicador. Piensan que el anatema se da cuando la mala conducta empieza, olvidando que Pablo se mantuvo incólume en cuanto a su fe de fariseo, si bien consideró su vida entregada al celo de Dios como una pérdida.

Andan tras el extraño los que se dicen creyentes pero caminan tras la doctrina de los que reciben nuevas revelaciones de Dios. Carecen de la doctrina de Cristo los continuacionistas, los que todavía reciben dones especiales como el de lenguas o de profecía que vaticina el futuro, añadiendo a la Escritura que ya fue sellada. Son vanagloriosos y mentirosos los que escuchan a los nuevos apóstoles, como si ellos hubieran cumplido con el requisito de ver a Jesús. Al parecer, el Apocalipsis que describe una ciudad con puertas alusivas a los doce apóstoles se equivocó, ya que los nuevos apóstoles necesitarán una modificación de la arquitectura de la nueva ciudad. Yerran todos los que suponen que las enseñanzas de Cristo giran en torno a la moralidad del creyente, como si el cuerpo general doctrinario del Señor pudiera pisotearse en algún punto.

¿Qué decir de los que le dicen bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo? ¿Acaso el Señor ha cambiado su criterio y su inspiración de las Escrituras? El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9). La doctrina esencial de Jesucristo consistió en que él moriría en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). En Juan 17:9 Jesús ora solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de los primeros apóstoles. Dijo en forma expresa que no rogaba por el mundo, es decir, que no moriría al día siguiente por la gente por la cual no pidió. Su muerte y su ruego contienen un mismo objeto y los mismos sujetos de su oración. Todo lo demás es herejía, falsa enseñanza, esperanza vana, doctrina de indoctos e inconstantes que tuercen para su propia perdición.

Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta prerrogativa la tenemos todos aquellos que el Padre ha llamado en su tiempo eficaz, siempre por medio de la predicación del evangelio. Eso lo aseguró Jesús en su oración en el Getsemaní, de acuerdo a Juan 17: por los que han de creer por la palabra de ellos (sus discípulos). Es decir, la palabra incorruptible de la que refiriera el apóstol Pedro, incontaminada, sin interpretación privada. Ese es el Evangelio puro y simple, el no anatema reseñado por Pablo. Por lo tanto, somos más que vencedores porque a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

Fuimos amados por Dios (conocidos por Él), predestinados, hechos conformes a la imagen de su Hijo, fuimos llamados, justificados y glorificados. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene la carga semántica de tener comunión íntima. Se ha escrito en Génesis 4:15 que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. El Señor dijo que había conocido solamente a su pueblo (Amós 3:2, pese a que Él es Omnisciente), en tanto a otros les dirá: Nunca os conocí (Mateo 7:23, a pesar de su Omnisciencia). Pablo escribió: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), en el sentido de tener comunión íntima con ellos; al impío, en cambio, el Señor le reclama: ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? (Salmos 50:16). El que sacrifica alabanza honrará a Dios, y el que ordena su camino Dios le muestra su salvación.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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